La pintora mallorquina que deslumbró a Rubén Darío

Se cumplen 150 años del nacimiento de Pilar Montaner, mujer avanzada a su época y con una excepcional producción artística

Palma“Los olivos que tu Pilar pinta son ciertos, / Son paganos, cristianos y modernos olivos / que guardan los secretos deseos de los muertos / con gestos, voluntades y poses de vivos”. Esto es lo que escribió el poeta Rubén Darío dirigiándose a Joan Sureda, el hombre de la pintora Pilar Montaner. Recordamos la vida y la obra de esta artista excepcional, avanzada a su tiempo, cuando se cumplen 150 años de su nacimiento, el día 13 de abril de 1876.

Vino al mundo en Palma, hija del militar y aristócrata Jaume Montaner y de Elvira Maturana, uruguaya, a quien las costumbres de los mallorquines le parecían un poco extravagantes: “Comen pastelitos de hierba”, decía; es decir, cocarrois. La madre murió cuando apenas era una niña y ella se educó en un internado religioso, en Madrid. Pero sentía nostalgia del mar y pidió al padre volver a Mallorca.

Su marido, Joan Sureda, a quien ella decía “Noñín”, sería decisivo en su trayectoria. Era el heredero de la familia propietaria del palacio dicho del Rey Sancho, una parte del conjunto de la cartuja de Valldemossa, que fue su hogar hasta que llegó la ruina económica y la perdieron. Ella quedó embarazada catorce veces y tuvo once hijos, solo cinco de los cuales le habrían de sobrevivir. De manera semejante al poeta Joan Alcover con sus escritos, la tragedia familiar marcó la vida de Pilar Montaner, hasta el punto de adentrarse en una pintura cada vez más oscura.

Montaner retrató constantemente a sus hijos. Sobre todo a Jacobo, su preferido, poeta y firmante con Jorge Luis Borges y Fortunio Bonanova del Manifiesto del Ultra, de 1921, y a Elvira, de quien parece que Borges se enamoró en su estancia en Mallorca. Ambos morirían muy jóvenes. Una de sus obras más conocidas representa a los hijos pequeños, con las niñeras. Pintarlo fue un trabajo de Hércules: no había manera de que los niños estuvieran quietos, no todos al mismo tiempo.

Los ‘locos Sureda’, como se les conocía por su comportamiento poco convencional, compartieron largos –y caros– viajes por toda Europa, en los que ella conoció a los grandes maestros de la pintura. Si mientras tanto quedaba embarazada, daba a luz allí donde fuera y continuaban aquellas expediciones. En 1906, hizo también un viaje, a Madrid, con otro pintor y amigo, Antoni Gelabert. Cosa verdaderamente insólita, en aquella época, que una mujer anduviera por el mundo con un hombre que no era su marido.

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Salvar el ‘Parado’ de Valldemossa

Pilar Montaner salía a pintar por los parajes naturales de Valldemossa, montada en una burra y con los útiles encima. También recogió vistas de Palma, algunas en compañía de Gelabert. Su primer cuadro, en 1899, fue el retrato de Madò Calafata: una mujer ciertamente peculiar, que quería llevar al archiduque Luis Salvador al juez porque el príncipe le decía “Juana Ana”, y ella nombraba Joanaina. En una de sus excursiones, se encontró unos soldados que se bañaban con sus caballos y los pintó. Ellos no querían salir del agua por nada del mundo, ya que no llevaban puesto el uniforme... ni nada.

El popular Parado de Valldemossa muy probablemente se salvó de la desaparición gracias a Pilar Muntaner. Ella veía que no existía eso que ahora llamamos relevo generacional: morían aquellos que lo conocían y los jóvenes se inclinaban por cosas más ‘modernas’, lo cual, relata ella, supondría “olvidarlo y no volver a cantarlo. ¡Esto nunca!”, se dijo, y pidió al vicario –y organista– que lo fijara por escrito. Santiago Rusiñol, uno de los ilustres visitantes de los Sureda, se vistió con el atuendo tradicional mallorquín y bailó con la pintora una de aquellas danzas tradicionales.

El padre, Jaume Muntaner, pidió a Joaquín Sorolla, entonces ya un pintor famoso, que diera clases a su hija. Él, no muy convencido, puso unas condiciones complicadas, que fueron aceptadas. Por supuesto, tuvo que recibir la enseñanza separada de los alumnos varones. Su talento convenció a Sorolla, que dijo a Joan Sureda: “Encárguese usted de los niños, que aquí hay pintora”. “¡Pilar: si no pintas, te condenarás!”, le había advertido su colega Pedro Blanes Viale.

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Joan Sureda dio por buena aquella sentencia de Sorolla. Claro está que no se encargó él de cuidar a los hijos, para eso ya estaban las mujeres a su servicio. Pero escribía a la mujer: “Tú pinta. No pierdas minutos en otras cosas. Harás cosas grandes que serán el orgullo y vida de nuestros hijos. ¿No ves, Pilar mía, que toda mi vida está dedicada a tu gloria?”.

Aquello se volverían reproches, cuando las cosas no fueron tan bien. En su diario, hacía recuento de todo lo que había gastado en clases de pintura, viajes, invitados, y todo aquello subía a la cantidad, astronómica, de 150.000 duros: “Sin mí, Pilar no habría sido sino una mujer como todas”. En cambio, ella continuaría defendiendo al hombre ante los hijos: “No os quejéis, hijitos míos queridos, los pocos que me quedáis, de la conducta de vuestro padre como mal administrador (...). El dinero no da la felicidad, sino, muy al contrario, trae muchísimos disgustos”.

Con tantos huéspedes ilustres como pasaron por su casa en Valldemossa, un caso peculiar fue el del poeta nicaragüense Rubén Darío, en 1913. Parece que Darío se enamoró platónicamente de la artista. O no tan platónicamente, porque habría llegado a cogerla, en un momento determinado, por la cintura. Ella lo habría detenido, solo con la mirada y con dos palabras: “Rubén, Rubén”.

Aunque los frailes hacía un siglo que no estaban en la cartuja –el Estado la había confiscado y vendido–, a Darío parece que aquel entorno le despertó la vena mística, esta que ahora parece que vuelve a estar de moda. “¿Por qué no he sido cartujo?”, se preguntaba en voz alta, con insistencia. Pues bien, coincidía que Joan Sureda se había hecho a medida un hábito de cartujo para ser enterrado con él, y Pilar Montaner lo sacó de una cajonera y invitó al poeta a ponérselo. La complicación fue, después, conseguir que se lo quitara. Ella lo retrató vestido con aquel hábito.

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Los olivos pornográficos

La confianza de Darío con la pintora era tal que le pidió que leyera ella primero las cartas que le llegaran: “Si son noticias malas, no me lo diga”. Una vez estaba a la entrada del claustro, sentado con la pintora, a quien cogió la mano, mientras oían el dulce canto de un payés. Aquel momento mágico se rompió al aparecer Sureda, haciendo una ruidosa entrada. “Ya viene el inquisidor”, lamentó el poeta.

Darío fue a ver pintar a Montaner sus célebres oliveras, que no debieron ser muy de su agrado. Al volver a casa, aseguró a su hombre, gritando: “¡Pilar está loca! ¡Yo quiero almendros en flor!”. Si bien debió cambiar de opinión, como atestigua su célebre poema. En tan alta consideración tenía Darío a la pintora, que afirmó que debían tratarla siempre de usted, ya que era una archiduquesa. En su novela El oro de Mallorca aparece como “la castellana María”.

Otro visitante muy destacado de su casa, de los que hubo un buen puñado, y de los más ilustres, fue el filósofo y escritor Miguel de Unamuno, de quien también hizo un retrato, y que parece que se quedó fascinado por ella, a quien califica de “excelente y emocionada pintora” y a quien dedicó el libro Caminatas y visiones españolas, donde refleja sus paseos por la isla.

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Las olivas de Pilar Muntaner no eran tan solo este motivo tantas y tantas veces repetido por los pintores en Mallorca. Ella iba mucho más allá. En aquellas formas retorcidas encontraba sueños, delirios y erotismo. Descubría imágenes pornográficas. A veces, para comprobar que no se estaba volviendo loca, lo consultaba con una amiga de confianza o con su marido: “¿Qué ves, en aquella oliva?”. “Un hombre con todas las vergüenzas en alto”, respondía Joan Sureda. No eran imaginaciones suyas. Al menos, no solo suyas. Eran, decía ella, “muy apropiados para volcar en el lienzo todos los impulsos y emociones secretas del corazón”.

Pero Pilar Montaner no fue tan solo sus paisajes, ni sus retratos. A pesar de sus críticas al arte del momento, al que acusaba de “engañar al público”, su genialidad la llevó a hacer incursiones, incluso, con las formas abstractas, que nunca llegaron a ser expuestas. Ella ni tan solo firmaba sus obras, ni les ponía título: cuando se acercaba una exposición, tenía que hacer una visita para añadir el nombre a todos los cuadros.

Sus últimos tiempos Pilar Montaner los vivió, escribía, “rodeada de tantos recuerdos y bagatelas que evocan la vida de tantas vidas desaparecidas”, dando de comer a una ratoncita blanca y ciega. Había dejado de pintar: solo hacía, de vez en cuando, algún dibujo con carboncillo. Murió el 23 de septiembre de 1961. Quizás ahora, 150 años después de su nacimiento, estaría bien que los mallorquines pudieran conocer la obra, en parte desconocida y que se encuentra mayoritariamente en colecciones privadas, de esta artista avanzada a su tiempo.

El retrato de Maura que no se le parecía... porque era Unamuno

No podía ser que una mujer pintase tan bien. En 1917 hizo una exposición en la mítica Sala Parés, en Barcelona. El día de la inauguración, varios visitantes entraron en la galería y se quedaron asombrados ante sus cuadros: “¡Esto es un pedazo de pintor! ¿Cómo no se conocía a este hombre?”. Ni de lejos se les ocurría que fuera un pedazo... de pintora. Otras observaciones no eran tan elogiosas: las había que percibían que el retrato de Antoni Maura no se le parecía en nada. Lógico: porque no era Maura sino Unamuno. Ni siquiera se miraban el catálogo.“Cuesta de creer”, escribía el periodista Francisco Madrid, “que las pinturas de Pilar Montaner sean de una mano femenina”. Sus cuadros, afirmaba su colega Antonio Ballesteros de Martos, eran “de una virilidad, de una pujanza, de una intensidad que en nada parecen ser hijas de un temperamento femenino”. Cuando se constituyó en Palma la Asociación de Artistas Pintores, ella era la única mujer entre los diez fundadores.

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Información elaborada a partir de textos de Maria del Carme Bosch, Patricia Veiret, Isabel Peñarrubia Marquès, Antoni Janer Torrens, Luis Ripoll y R. Perelló Paradelo, Carlos ‘Coco’ Meneses, Pedro de Montaner, Josep Capó Juan, Miquel Àngel Ballester, Ángeles Caso y Màrius Verdaguer, las memorias de Pilar Montaner, el epistolario de Pilar Montaner y Joan Sureda, el documental La pintora sin rostro de Jaume Carrió y Luis Ortas con guion de Verónica Sáez y la colaboración de Francesca Gelabert Desnoyer.