‘Picarol’, 150 años de una historia que va de Eivissa a Cala d'Or, pasando por Chicago

Vila recuerda a Josep Costa, caricaturista y fundador de las míticas galerías Costa de Palma, cuando hace un siglo y medio de su nacimiento

PalmaLlegó a los 95 años y fue absolutamente prolífico. Josep Costa Ferrer, de apodo Picarol, fue un excelente dibujante y caricaturista satírico, especialista en arte y antigüedades, arqueólogo aficionado, galerista, también pionero del turismo y de la defensa del paisaje y, hasta, creador de una urbanización utópica. Ibiza lo recordará con una exposición, este verano, cuando se cumplen 150 años de su nacimiento, el 7 de junio de 1876. Aquel era el inicio de una trayectoria vital que culminaría en Cala d’Or, en Mallorca, pasando por una aventura norteamericana en Chicago.

El Ayuntamiento de Vila ha programado esta exposición en el marco de una nueva edición de las fiestas de la Tierra, en un espacio municipal y cuyas fechas se darán a conocer próximamente. La muestra estará integrada por una selección del fondo de caricaturas de Picarol que posee el Archivo de Imagen y Sonido Municipal de Ibiza (AISME), además de prensa de la época con viñetas suyas publicadas.

Nadie diría que aquel hijo de una familia de marineros, venido al mundo en Dalt Vila, pasearía el nombre de Ibiza, no solo por la vecina Mallorca, donde ejerció como si fuera una especie de embajador, sino también por Barcelona y, hasta, por los Estados Unidos. En todo caso, su padre –como relata Sonya Torres– ya se encargaba de la ruta de Nueva Orleans y tenía negocios en los barcos de vapor que transitaban por el Misisipi.

Aquella familia se movía mucho. Primero, en Mallorca, donde el joven Pep había de conocer a un compañero de escuela muy singular, de nombre Joan March Ordinas. Fue una de aquellas amistades que arrancan en el pupitre y duran toda la vida. Después, en Barcelona, donde nacería el Picarol –su seudónimo como caricaturista– y compartiría aventura artística y, a buen seguro, noches de juerga, con Santiago Rusiñol y Pablo Picasso, en el espacio mítico Els Quatre Gats.

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El hijo de un general que lo quería matar

Después de librarse de la mili en la Cuba colonial en guerra pagando la cantidad de 1.500 pesetas –las cuales eran mucho dinero en la época–, Costa pudo comenzar la carrera de Arquitectura. Pero la dejó de inmediato, cuando le empezaron a caer los suspensos. Lo que sí que hacía bien era hacer caricaturas de los compañeros. Tenía tanta maña que el semanario Juventud le publicó unas cuantas.

De inmediato, la prensa satírica barcelonesa se interesó por aquel jovencito. L’Esquella de la Torratxa y La Campana de Gràcia fueron los dos medios con los que colaboró simultáneamente. Las viñetas de Picarol se metían con todo aquel que fuera poderoso: los políticos, los empresarios, la policía, la monarquía, la Iglesia católica... El dirigente catalanista conservador Francesc Cambó fue uno de sus objetivos predilectos. En cambio, simpatizaba con los obreros y los republicanos. Creó un prototipo del burgués catalán, el ‘senyor Esteve’. Como este era también el nombre de un personaje de Santiago Rusiñol, Costa tuvo que aclarar que no tenían nada que ver, para evitar malentendidos.

¿Cómo nació Picarol? Cuenta Rafael Perelló Paradelo que antes ya había usado otros dos seudónimos: Sancho y Caray d’Hache. Lo de Picarol se supone que venía de la expresión “ah, pícaro!”, pero él incluso eligió el dibujo de un picarol para acompañar su firma. Era un trabajo duro –por suerte, él era muy rápido dibujando–, mal pagado y mal visto. Tampoco gustaba nada eso de un caricaturista en la familia. Cuando salía con quien debía ser su mujer, el padre de ella le exigió que, para casarse con ella, debía ganar al menos un duro diario, cosa que consiguió a base de trabajo.

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Lo peor, sin embargo, eran las represalias. El mítico Cu-cut!, en cuyas páginas Costa publicó algunas caricaturas, fue asaltado en 1905 por un grupo de militares a los que parece que no les hacían mucha gracia sus chistes. Su colega y amigo Begueria, con quien haría un breve viaje a Mallorca, acabó en prisión. El mismo Picarol fue objeto de las iras del hijo de un general, que lo quería matar por una viñeta. Tuvo que huir a Francia, hasta que pasó la tormenta.

: “Solo quedamos tú y yo” [de aquellos tiempos].

Picarol no fumaba, dijo que esta sí que se la fumaría toda la vida. También le propusieron para la Legión de Honor, pero la rechazó. Le horrorizaba todo lo que sonara a figurante: de hecho, dejó instrucciones de que no se anunciara la hora de su entierro, para no molestar a nadie.

De barbería a Sala Barberini

En la Barcelona bohemia de principios de siglo, Josep Costa fue un habitual del mítico local Els Quatre Gats, el mismo que frecuentaban Santiago Rusiñol, Ramon Casas, Isidre Nonell y un joven Picasso, que le hizo un retrato. El malagueño también compartió con él el grupo La Cova Artística. Muchos años más tarde, ya ambos muy mayores, Picasso escribiría a Picarol: “Solo quedamos tú y yo” [de aquellos tiempos].

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Costa se aficionó también a coleccionar toda clase de cachivaches antiguos, de los que su casa rebosaba, hasta el punto de convertirse en un experto en antigüedades. Y, de paso, en pintura. Se convertiría en asesor de aquellos que deseaban hacerse con una buena colección de obras de arte, como era el caso de su antiguo compañero de pupitre Joan March, a quien aconsejaría en la decoración de su palacio en Palma.

Precisamente en Ciutat abrió una tienda de antigüedades, aunque continuaba enviando puntualmente sus colaboraciones a las revistas de Barcelona. Como entonces no existía el fax, ni el correo electrónico, ni nada parecido, las confiaba a los camareros de los barcos que hacían la ruta entre Mallorca y la capital catalana. Los conocía a todos.

En 1927, Josep Costa emprendió una breve aventura americana, al inaugurar en Chicago una tienda, la Spanish Shop, también de antigüedades. Parece que también colaboró en el Chicago Tribune. Pero el clima de la ciudad, mucho calor en verano y un frío polar en invierno, no le gustó nada. Y el American Way of Life, tampoco. Fue así como eligió su base de operaciones definitiva: Mallorca, donde debía permanecer hasta su muerte, el 9 de diciembre de 1971.

En 1929, Picarol abrió las Galerías Costa, en la calle Conqueridor de Palma, frente a lo que era el Círculo Mallorquín. A la previa de la inauguración asistió todo el que era ‘alguien’ en la cultura mallorquina del momento. Las Galerías Costa no eran solo un espacio de exhibición, también eran tienda de arte y de antigüedades, y lugar de tertulias. Cuando el espacio se quedó pequeño, adquirieron un local vecino: como había sido una barbería, Costa, con la ironía que le caracterizaba, lo bautizó como Sala Barberini.

Por las galerías Costa pasaron todos los nombres destacados del arte en las Islas: Antoni Gelabert, Tito Cittadini, Anglada Camarasa, Bernareggi, Dionís Bennàssar... Su amigo Picasso expuso por primera vez en Mallorca. También mostró sus pinturas Dalí, y originó un cierto escándalo, cosa habitual en él. Se exhibieron obras de Van Gogh y de Matisse. Más adelante, se encargó su hijo Josep Maria, que las mantuvo abiertas hasta 1976.

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Galerista, anticuario, marchante, dibujante... El cerebro de Costa no paraba nunca. Había concebido un sueño: crear una urbanización modelo, una colonia de artistas. Lo intentó primero en la zona de Pollença, pero los terrenos fueron ocupados por una base de hidroaviones. Después, en Santanyí. Quiso llamarla Cala d’Hort, en honor a un escenario de su isla natal. Pero la gente empezó a llamarla Cala d’Or. Y así se quedó.

Picarol también redactó y publicó dos guías turísticas pioneras, una de Mallorca y una de Ibiza. Por supuesto, la idea que él se hacía del turismo no tenía mucho que ver con lo que vendría después. De hecho, fue también uno de los primeros en lamentar la destrucción del paisaje que el desarrollo urbanístico salvaje generó en los últimos años de su vida.

Cuando en 1936 estalló el golpe de Estado, con victoria de los sublevados en la isla, no deja de ser curioso que aquel Picarol que había dibujado viñetas furiosas contra la derecha, los empresarios, la Iglesia y las fuerzas armadas no fuera represaliado. Según Torres Planells, fue su viejo amigo Joan March, enemigo declarado de la República y financiador de la conspiración de Franco, quien dio la cara por él ante las nuevas autoridades. Un aval difícilmente discutible.

Josep Costa Ferrer pasó sus últimos años en Cala d’Or, donde continuó dibujando, si bien ya lo hacía como afición, como es el caso de una última postal de Navidad que debía enviar a sus amigos. Era, subraya Fanny Tur, “un genio del dibujo”, con una capacidad excepcional para crear aquellas caricaturas satíricas que le dieron fama. El Círculo de Bellas Artes de Palma creó un concurso con su nombre y la memoria de Picarol ha perdurado hasta la actualidad, quizás al margen de lo que habría sido su voluntad.

Ir al Puig dels Molins a ‘hacer muñecas’

Su isla de origen ofrecía al anticuario Josep Costa un tesoro inagotable en forma de yacimientos arqueológicos. En 1912, con su amigo Santiago Rusiñol, iniciaron la extracción de materiales, sobre todo en el Puig dels Molins. En una de aquellas visitas, cayó parte de un talud y Rusiñol quedó medio enterrado, reclamando que le dejaran morir, ya que debía ser un final imponente para un artista: sepultado por el peso de la historia. No le hicieron caso.Sacaron un montón de piezas valiosas y se quedaron algunas. Lo que ahora sería un delito de expolio, entonces era lo más natural del mundo: Fanny Tur recuerda cómo, tiempo atrás, en Ibiza se decía ‘ir a hacer muñecas’, es decir, recoger estatuillas antiguas que servían de juguete a las niñas pequeñas. Una figurita la cambió a Rusiñol por un Greco. Aquellos hallazgos, en todo caso, acabaron yendo a parar a colecciones públicas.Al lado no tan positivo de Picarol se debería situar, también, como recoge Antoni Janer Torrens, la venta de las piezas del patio del palacio de Aiamans de Palma al millonario norteamericano Randolph Hearst, lo que provocó la consiguiente salida hacia los Estados Unidos, en unos tiempos en que no se valoraba el patrimonio histórico.