La Mallorca que inspiró a Gaudí

Al final del siglo XIX el insigne arquitecto catalán, muerto hace 100 años, descubrió la isla como excursionista. Las cuevas del Drach y las de Artà y el torrente de Pareis tendrían una fuerte influencia en su obra. La reforma de la Seu, que emprendería en 1904, también dejaría huella en la Sagrada Familia

PalmaA ntoni Gaudí Cornet, nacido en Reus en 1852, tuvo en la naturaleza su principal fuente de inspiración. “La originalidad consiste en volver al origen”, decía. A finales del siglo XIX las musas lo llevaron hasta Mallorca. Lo hizo como socio de la Associació Catalanista d’Excursions Científiques, fundada en 1876. La entidad solía organizar viajes a la isla, entonces famosa por sus paisajes vírgenes. El reusense quedó prendado sobre todo por las cuevas de Artà y las del Drac (Manacor). Así lo asegura el investigador japonés Tokutoshi Torii en un trabajo titulado Mallorca en las obras de Gaudí –fue publicado en 2002 en el marco de unas jornadas internacionales de estudios gaudinianos.

Según Torii, el genio catalán recrearía aquel universo subterráneo en un rincón del Park Güell de Barcelona. Sería en la gruta, concebida como garaje de coches, ubicada en la parte derecha de la icónica escalinata de la entrada. El recinto monumental era un encargo que en 1900 el industrial Eusebi Güell hizo al arquitecto más prestigioso de la época, que desde 1882 vivía entregado en cuerpo y alma a la construcción de la Sagrada Família, a la derecha del Eixample. El japonés recoge la siguiente anécdota por boca de uno de sus trabajadores: “El señor Eusebi Güell, que conocía esta afición de Gaudí [por las cuevas naturales], quiso darle una sorpresa y le envió a las oficinas del templo de la Sagrada Família, para cuando regresara de Palma, un voluminoso verascopio (aparato que sirve para ver fotografías en relieve), con una magnífica colección de transparentes de las cuevas de Artà y de Manacor [...]. Recuerdo haber visto muchas veces a Gaudí embelesado en la contemplación de los transparentes”.

En 1904 el 'arquitecto de la naturaleza' también habría tenido presentes las cavidades naturales de Mallorca a la hora de decorar la Sala Mercè, situada en la actual Rambla de Barcelona. Era un innovador local de espectáculos promovido por el pintor Lluís Graner después de su estancia en Nueva York. Gaudí transformó el sótano en un espacio llamado 'Grutas fantásticas', que, en medio de estalactitas y estalagmitas, acogió el primer cinematógrafo de la burguesía catalana.

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Torrente de Pareis

El de Reus quedó igualmente hipnotizado por la majestuosidad de la sierra de Tramuntana. “Gaudí –afirma Torii– [...] visitó el torrente de Pareis, donde se observan gigantescas moles de piedra caliza triturada y algunas entradas de cuevas que se parecen a la ‘Gruta del Nacimiento’ de la fachada de la Sagrada Familia y la que hay también en la iglesia de la colonia Güell [iniciada en 1890 en Santa Coloma de Cervelló, a unos 15 km de Barcelona]”. El japonés tampoco deja de detectar paralelismos entre las bóvedas del interior de la Sagrada Familia y las del edificio de la Lonja, diseñado en el siglo XV por el escultor felanitxer Guillem Sagrera.

Mercè Gambús, profesora de Historia del Arte de la UIB, matiza la influencia de Mallorca en la obra del genio catalán que defiende el especialista nipón. “Después de la Guerra Civil española, los japoneses fueron los primeros en reivindicar el importante papel de la naturaleza en la arquitectura de Gaudí. Como ferviente creyente, él veía en la naturaleza un reflejo del poder creador de Dios. Seguramente quedó impresionado por los paisajes de Mallorca. Su huella, sin embargo, se ha exagerado. Gaudí se inspiraba en muchas cosas a la vez. Trabajaba, sobre todo, a partir de imágenes y grabados de diferentes lugares que tenía en el estudio. Además, se sabe que hizo pocas estancias y breves en la isla”.

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El reusense fue un hombre poco viajero. Fueron contadas las salidas que realizó fuera de Cataluña. Al final del siglo XIX, fue a Santander (Cantabria) a seguir las obras de la residencia El Capricho. En Castilla y León, construyó el palacio episcopal de Astorga y la Casa Botines. Su única escapada al extranjero fue a Tánger (Marruecos), donde recibió el encargo de diseñar un complejo de misiones franciscanas –el proyecto no se materializó por falta de financiación. A principios del siglo XX el catalán frecuentaría más Mallorca para supervisar la reforma de la catedral de Palma. Tampoco, sin embargo, vino tanto. Delegó mucho en sus colaboradores, mientras él estaba más ocupado en la Sagrada Familia y en otras obras como la Casa Milà, más conocida como La Pedrera (1906-1912), en el paseo de Gracia.

La reforma de la Seu

La reforma del templo isleño era el proyecto estrella del obispo Pere Joan Campins. Su pontificado fue el más revolucionario que se recuerda no solo en el ámbito patrimonial, sino también en el cultural –fue un gran defensor del catecismo en catalán. Coincidió con la modernización de Palma con el derribo de las murallas (1902), la inauguración del Gran Hotel (1903), la de la primera escuela graduada de Gaspar Bennàssar (1911) y la del tren de Sóller (1912). Natural de Ciudad, después de haber sido rector de Porreres, Campins asumió el cargo supremo en 1898, a los 39 años. Se propuso acercar la Iglesia a los fieles, siguiendo los postulados aperturistas del papa León XIII (1878-1903).

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Conocedor de la fama de Gaudí como ‘arquitecto de Dios’, en 1899 el flamante obispo lo visitó a pie de obra en la Sagrada Familia, que llevaba 17 años perfilando. En 1901 ya lo contrataba para que llenara de luz la Seu. Era la primera vez (y sería la única) que el catalán, de 51 años, trabajaba en un edificio histórico –de estilo gótico, se había comenzado a construir en el siglo XIII por mandato del rey Jaime I sobre una antigua mezquita, junto al mar. En 1904 se dio el pistoletazo de salida a una reforma que en 1932 cautivaría a Le Corbusier, el padre de la Arquitectura moderna, de visita en la isla. Las líneas de actuación fueron principalmente tres: reabrir los vitrales cegados, vaciar la nave central y desplazar la cátedra episcopal, oculta tras un retablo barroco, hasta el altar mayor, sobre el cual colocó, suspendido, un fastuoso baldaquino en forma de corona.

Para reforzar la dimensión ceremonial del templo, Gaudí también diseñó diferentes piezas como muebles, barandillas de hierro forjado y lámparas que introdujeron la electricidad en el recinto. Lo hizo con la ayuda de maestros artesanos locales y de sus inseparables arquitectos catalanes Josep Maria Jujol y Joan Rubió – este último sería el autor de la iglesia Nova de Son Servera (1905), inacabada por problemas económicos, de la de Sant Bartomeu de Sóller (1904) y del edificio modernista del Banco de Sóller (1909). A pesar de su carácter huraño e inflexible, el deslumbrante de formas imposibles siempre trabajaba en equipo.

“Gaudí –apunta Gambús– estaba fascinado con la Seu. La intervención que hizo allí le sirvió como laboratorio de ideas que acabaría aplicando también a la Sagrada Familia. Por ejemplo, las tribunas corales y el baldaquino del templo barcelonés se inspiran claramente en las soluciones adoptadas en la Seu”. Las obras, que generaron cierta polémica entre los sectores más tradicionales, duraron una década, hasta 1914. El genio catalán no asistió a la inauguración. Al cabo de un año moría el promotor, el obispo Campins, a 56 años. Doce años después, en 1926, lo haría Gaudí, a 73. Un tranvía lo atropelló mientras paseaba por Barcelona. Fue enterrado en la cripta de la Sagrada Familia, que ahora, después de tres generaciones de arquitectos, encara la recta final.

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Gaudí y Antoni Maura

Gambús destaca el compromiso cívico de Gaudí. “Era un hombre ultraconservador. Toda su obra estuvo regida por su devoción religiosa, pero también por su amor a la patria y la lengua catalana. Imbuido por los aires del Noucentismo, quería convertir Barcelona en la capital del Mediterráneo”. En esta línea hay una anécdota bastante elocuente. Aparece en la única entrevista que concedió el genio catalán. Fue el 9 de agosto de 1917 para la revista de Vilanova. Se la hizo el palmesano Guillem Forteza, entonces un joven estudiante de arquitectura. En un momento, el reusense se refiere al político mallorquín Antoni Maura, que entre 1903 y 1922, de manera interrumpida, fue presidente del gobierno español cinco veces durante el reinado de Alfonso XIII. “Al hablarle yo en catalán –dice–, respondió en castellano. Yo esto no lo comprendo. ¿Es que se pensaba, Maura, que el catalán era una lengua inventada por mí aposta para molestarle? Hablar catalán, para nosotros, es un obligado homenaje que hacemos a nuestro origen. Y él, hablando castellano conmigo, parece que desprecia a todo el pueblo que no tiene otra expresión que la lengua que yo le hablaba y que era precisamente la suya”.

En Mallorca, el estilo modernista de Gaudí crearía escuela. El edificio Can Casasayas (1908-1911), en el centro de Palma, es obra de los arquitectes Francesc Roca Simó y Guillem Reynés Font y recuerda la Casa Batlló de Barcelona (1904-1906). Este año, con motivo del centenario de la muerte del ‘arquitecto de Dios’, el Obispado de Mallorca ha puesto a disposición de la ciudadanía 900 documentos que permiten conocer más detalles de la reforma de la Seu. También ha inaugurado la exposición Gaudí en la Seu de Mallorca. Ya en 2015 se estrenó el documental El Obispo, el arquitecto y el baldaquino (La Perifèrica).

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Mossèn Alcover, el arquitecto desconocido

Durante los diez años que duraron las obras de la reforma de la Seu (1904-1914), Antoni Gaudí estuvo en contacto con mossèn Antoni Maria Alcover, que en 1905, a 23 años, sería su canónigo magistral. El presbítero manacorí también cultivaría el arte de la arquitectura al servicio de Dios. Esta faceta, sin embargo, quedaría eclipsada por la de filólogo. Desde que en 1901 había iniciado la titánica obra del Diccionario, el recopilador de las Rondaies mallorquines (1880) no había parado de viajar por las tierras de habla catalana. Su Dietari de les eixides está lleno de apuntes sobre las edificaciones más representativas del románico catalán.La cara oculta de mossèn Alcover arquitecto ha sido estudiada por Maria Antònia Matamalas en un trabajo que publicó en 2009 en las V Jornadas de Estudios Locales de Manacor. El manacorí se apropió de la cita de Gaudí: “No vale la pena hacer nada que no sea eterno”. Así, proyectó principalmente iglesias y capillas, la mayoría de estilo gótico. Lo hizo con el asesoramiento no solo del genio catalán, sino también de otros arquitectos de renombre como los mallorquines Joan Guasp y Pere d’Alcàntara Penya y el catalán Joan Rubió. Su primera iglesia, y la más notable, fue la de Sant Miquel de Son Carrió (1899-1907). En el dietario apunta que el 2 de abril de 1901 fue acompañado por Gaudí. “Nos da muy buenas instrucciones”, consignó. La bendición del templo en 1907 fue oficiada por el pollencí mossèn Costa i Llobera (1854-1922), que en 1909 sería nombrado canónigo de la Seu.En 1901 mossèn Alcover también participó en el proyecto de ampliación de la iglesia de Son Negre, cercana a la de Son Carrió. En 1903 se puso al frente de la construcción de la de Calonge (Santanyí). En 1905 acometió la de una capilla de estilo neorrománico en la carretera que une Felanitx con el santuario de Sant Salvador, en el punto donde la tradición oral decía que había aparecido la Mare de Déu de Sant Salvador. En 1928, con motivo del VII centenario de la Reconquista de Mallorca, diseñó otra capilla, la de la Pedra Sagrada de Santa Ponça (Calvià). Igualmente trazó la de Mendia, cerca de Santa Cirga, la posesión donde nació en 1862.Otras intervenciones del polifacético manacorí tuvieron lugar en la iglesia de Portocristo, en el monasterio de la Santa Família de Manacor y en el convento de Sant Vicenç Ferrer, también en la capital del Llevant. Mossèn Alcover murió el 8 de enero de 1932 en su casa de Palma a causa de un ictus. Tenía 69 años. Seis años antes lo había hecho Gaudí, después de dedicar los últimos 43 años de vida a la Sagrada Família. Ahora hay en marcha un proceso para hacer santo el conocido ‘arquitecto de Dios’.