Historia

Marina Castillo: "La sumisión de mi abuela me empujó a investigar el papel de las mujeres durante el franquismo"

Doctora en Historia

La doctora en Historia, Marina Castillo
01/04/2026
7 min

PalmaLa historiadora Marina Castillo Fuentesal (Palma, 1996) se ha doctorado recientemente con una calificación cum laude en la Universitat de les Illes Balears. Entre el yugo y la cruz. Las mujeres durante la dictadura franquista en Mallorca (1939-1975) es el título de la investigación que ha realizado durante casi seis años y que ha sido tutorizada por los catedráticos de Historia Contemporánea David Ginard y Sebastià Serra.

¿De dónde nace el interés por estudiar el papel de las mujeres durante el franquismo?

— Es un tema bastante personal. Después de acabar la carrera y el máster de profesorado, no me quería poner directamente a trabajar en una escuela porque pensaba que me quemaría demasiado pronto. Por eso opté por el doctorado, como si eso no fuera a quemarme [rie]. En este proceso sí que tenía más o menos claro que quería hacer algo sobre la Guerra Civil o el franquismo, pero hablando de ello con mis directores, descartamos algunos que ya están muy estudiados y detectamos que no había ningún estudio global sobre la situación de las mujeres durante la dictadura. Además, hay una motivación muy íntima: mi abuela. Yo pasaba muchas horas con ella y siempre la recuerdo trabajando fuera y en casa. Todo el mundo iba a comer allí. Todo el mundo llegaba a una hora diferente y comía así como iba llegando, pero ninguno de los hombres recogía la mesa y mi abuela no comía hasta que había acabado todo el mundo. Recuerdo cuando yo protestaba y le decía que los hombres también podían recoger la mesa, ella me respondía que “eso es cosa de mujeres”. Aquella contradicción –una mujer fuerte que asumía este rol– me hizo querer entender por qué pasaba. En definitiva, la sumisión de mi abuela me empujó a investigar el papel de las mujeres durante el franquismo.

¿En qué centrasteis la investigación?

— La tesis se centra en Mallorca y cubre el período que va de 1939 a 1975, aunque en algunos aspectos se alarga hasta 1977, con las primeras elecciones democráticas, para entender mejor la Transición.

¿Cómo definiría, a grandes rasgos, el ideal femenino que promovía el franquismo?

— Después de la Guerra Civil, el régimen quiere imponer una sociedad homogénea. Esto implica no solo represión, sino también la construcción de un modelo de persona ideal. En el caso de las mujeres, este modelo está muy marcado por el catolicismo y se basa en tres funciones principales: ser buena madre, buena esposa y ama de casa. Además, se exigía que fueran femeninas, amables, abnegadas y siempre subordinadas a una figura masculina. Todo esto se reforzaba con discursos pseudocientíficos que defendían la inferioridad intelectual de las mujeres y justificaban que tuvieran que estar tuteladas.

¿Cómo se pronunciaba este modelo?

— Por todas partes. A través de la propaganda del régimen –prensa, radio y programas como el de Elena Francis–, pero también mediante instituciones clave como la Sección Femenina y la Iglesia, que tenía un papel fundamental porque controlaba cerca del 95% de la educación femenina. Esto permitía inculcar este modelo desde pequeñas. Pero también se transmitía dentro de las familias. Algunas madres, sobre todo las que habían vivido la Guerra Civil, educaban a las hijas según este ideal para evitarles problemas.

¿Qué papel jugaba la Sección Femenina?

— Era una herramienta clave del régimen. Tenía una estructura jerárquica muy potente, con una organización estatal, provincial y local. El objetivo era llegar a todas las mujeres, independientemente de su edad o clase social. En Mallorca, tenía más presencia en Palma y en municipios como Inca, Manacor y Felanitx. La implantación local dependía mucho de factores como los recursos, el número de afiliadas e incluso la implicación de las delegadas.

¿Había diferencias entre el mundo rural y el urbano y entre diferentes territorios?

— Sí. En las zonas urbanas había más control y represión porque estaban más cerca de los centros de poder. En cambio, en las zonas rurales, la dispersión geográfica dificultaba este control. Además, muchas mujeres del campo trabajaban intensamente y su prioridad era subsistir, no formarse. Esto hacía que, en muchos casos, quedaran al margen de los mecanismos de adoctrinamiento. Con respecto a otros territorios, no había ninguna diferencia, ya que el Régimen no lo permitía. Solo había una España, eso quería decir que solo había un idioma (el castellano), una ideología y una manera de hacer y de vivir, la que imponía el Régimen.

¿Y en cuanto a la clase social?

— También influía. En ambientes más acomodados, muchas mujeres se vinculaban más a la Iglesia, especialmente a la Acción Católica, que no a la Sección Femenina, porque esta tenía un componente político más evidente. Aun así, ambas instituciones compartían el mismo ideal femenino. Las diferencias venían sobre todo por el papel público: las mujeres de la Sección Femenina tenían más visibilidad, algo que desde sectores religiosos más conservadores no siempre se veía con buenos ojos. Por ejemplo, en el Port de Sóller había más mujeres miembros de Acción Católica; en cambio, en Palma había más de la Sección Femenina.

¿Cómo se compaginaba la presencia de la Sección Femenina y de Acción Católica?

— Había una relación un poco tensa, ya que, a pesar de compartir el mismo ideal femenino, la Sección Femenina y la Acción Católica a menudo tenían rifirrafes porque competían por un mismo espacio. La Sección Femenina tenía un componente más político y propagandístico, con presencia visible en actos y ceremonias, mientras que la Acción Católica era más asistencial y prefería que las mujeres ocuparan un papel discreto. Esto generaba enfrentamientos y rivalidades sutiles, especialmente en entornos urbanos donde la competencia por influir sobre las jóvenes era más evidente.

¿Qué mecanismos utilizaba la Sección Femenina para llegar a la población?

— Tenía muchos canales: formación, asistencia social, actividades culturales… También creó espacios como el Círculo Cultural Medina, que ofrecía cursos, conferencias y proyecciones. Además, impulsaba iniciativas como los Coros y Danzas, que servían para difundir el folklore dentro de una idea de unidad nacional. En este ámbito, hay casos destacados como el de Montuïri, que fue uno de los pueblos más premiados en concursos durante el franquismo.

¿Qué era el servicio social?

— Era una especie de equivalente femenino al servicio militar. En teoría era obligatorio para mujeres entre 15 y 35 años solteras y sin hijos, pero en la práctica dependía de si necesitabas determinados permisos: trabajar en la administración, obtener el pasaporte o el carnet de conducir. Consistía en una parte teórica –adoctrinamiento, economía doméstica– y una parte práctica de trabajo no remunerado en instituciones benéficas. Era, en definitiva, mano de obra gratuita. En una de las entrevistas que hice para la investigación, la poetisa Antonina Canyelles me explicó que a pesar de que cuando era joven siempre había querido viajar y salir de Mallorca, nunca lo pudo hacer porque se negó a hacer el servicio social, de manera que no pudo salir nunca de la isla hasta que desapareció en 1978, entre otros impedimentos.

¿Qué papel jugaba el Círculo Cultural Medina?

— El Círculo Cultural Medina era un espacio cultural creado para ofrecer actividades y formación a las mujeres, como cursos, conferencias y proyecciones. Surgió porque casi no existía oferta cultural femenina fuera del ámbito religioso o familiar. Además, sirvió como lugar de encuentro para las iniciativas de la Sección Femenina, como los Coros y Danzas, que promovían el folklore dentro de la narrativa nacionalista del franquismo. Dentro de este círculo cultural, destacó la figura de Matilde Mulet, que trabajaba en un banco y era conocida por su carácter fuerte, decidido y carismático, que le permitía liderar un espacio cultural para mujeres con cierta autonomía dentro del contexto controlado del franquismo. Llevaba un anillo de matrimonio sin estar casada, un gesto simbólico que mostraba su independencia y a la vez proyectaba respeto social, decía que lo llevaba para liberarse de los 'moscones'. El círculo organizaba actividades culturales como conferencias, conciertos y representaciones teatrales, pero algunas no siempre cumplían la línea ideológica de la dictadura, hecho que provocó advertencias y problemas con la Policía. A pesar de ello, Matilde Mulet continuaba promoviendo la formación cultural y la participación de las mujeres, creando un espacio de desarrollo personal más allá del modelo femenino tradicional impuesto por el franquismo.

¿Había tensiones con otras organizaciones religiosas?

— Sí. A pesar de compartir el mismo ideal femenino, la Sección Femenina y la Acción Católica a menudo tenían disputas por el papel público de las mujeres. La Sección Femenina tenía un componente más político y propagandístico, con presencia visible en actos y ceremonias, mientras que la Acción Católica era más asistencial y prefería que las mujeres ocuparan un papel discreto. Esto generaba enfrentamientos y rivalidades sutiles, especialmente en entornos urbanos donde la competencia por influir sobre las jóvenes era más evidente.

¿Cómo se manifestaba la represión sobre las mujeres?

— Era sobre todo una represión psicológica y social, tanto directamente sobre ellas como viudas de republicanos fusilados. Es lo que llamamos represión sexuada. Las mujeres que no encajaban en el modelo –las llamadas 'descarriladas'– podían acabar en instituciones como el Patronato de Protección a la Mujer. Allí, bajo control de congregaciones religiosas, eran 'reeducadas'. Pero, en realidad, funcionaban como espacios de control y castigo, a menudo sin ninguna base jurídica. Podían entrar jóvenes que fumaban, salían demasiado, se quedaban embarazadas o simplemente no seguían las normas. No habían cometido ningún delito, pero eran castigadas igualmente y la mayoría salía destrozada.

¿Cuándo empieza a cambiar esta situación?

— A partir de los años sesenta, muy progresivamente. El desarrollo económico, el turismo y el contacto con otros países introducen nuevos modelos, como el hecho de que las mujeres que viajaban y las que venían del exilio volvían con ideas diferentes. También influyó la entrada masiva de mujeres al mundo laboral, donde empezaban a compartir experiencias y tomaron conciencia de que muchos problemas eran comunes. Si los hombres las pegaban, si les dolía la menstruación, si tenían que hacer más o menos trabajo en casa, etc. Esto fue clave en el despertar de una conciencia feminista.

¿Este despertar tiene relación con el feminismo actual?

— Yo diría que sí. El feminismo actual bebe mucho de este movimiento de los años sesenta y setenta, más que del de la Segunda República, que el franquismo borró. También es importante recordar que muchas mujeres que no se consideraban feministas –como nuestras abuelas y madres– también contribuyeron en la construcción del feminismo de la Tercera Ola, de la cual nosotras somos hijas.

¿Queda todavía trabajo por hacer en este ámbito?

— Mucho. Todavía estamos comenzando. No solo a investigar, sino también a justificar por qué es importante estudiar estos temas. Dentro de la academia, a menudo tienes que defender por qué te dedicas a la historia de las mujeres y por qué estudias las guerras y otros conflictos políticos. Eso ya dice mucho. Pero precisamente por eso es tan necesario continuar investigándolo y explicándolo.

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