PalmaDurante el franquismo, las mujeres tuvieron su particular servicio militar a través del Servicio Social Femenino (SSF). Fue una petición que en 1937 hizo la Sección Femenina de la Falange a Franco para tener más voluntarias para elAuxilio Social. Se trataba de una organización de asistencia pública que había creado el bando insurrecto en plena Guerra Civil. En 1939, con la victoria fascista, se decretó que el SSF fuese un 'deber nacional' que se presentaba como el complemento perfecto a las Escuelas del Hogar. Bajo el amparo del nacionalcatolicismo, eran centros dedicados a instruir a las jóvenes en las tareas consideradas propias de la 'buena mujer y madre' (cocina, puericultura, costura, enfermería...). Curiosamente, la jefa de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio, fundador de Falange, nunca se casó ni tuvo hijos.
El Servicio Social Femenino se inspiraba en programas asistenciales de la Alemania nazi. Estaba dirigido a solteras de entre 17 y 35 años, que, en función de la época, debían estar seis meses al servicio de la causa. Durante los tres primeros se solían formar en las Escuelas del Hogar y los tres restantes colaboraban en entidades benéficas, seis horas diarias. En un principio era una prestación voluntaria, pero acabó siendo obligatoria para aquellas jóvenes que quisieran acceder a un trabajo en la Administración, obtener títulos profesionales, el pasaporte o el carné de conducir y estar afiliadas a una asociación. Quedaban exentas las que tenían un problema de salud, las casadas, las viudas con hijos, las mayores de ocho hermanos, las hijas mayores de viudos o viudas, las religiosas, las sirvientas y las hermanas e hijas de 'caídos' de quienes dependían económicamente. Tampoco lo hacían las mujeres de clase acomodada que no se veían en la necesidad de trabajar.
"Peor eran las monjas"
La palmesana María de Pilar Juan Ferrer tiene 83 años. En 1961 tenía 18 cuando se apuntó al Servicio Social. "Lo hice –recuerda– para poder sacarme el carnet de conducir. Mi padre me dijo que, al tenerlo, me compraría un coche. Como en el Bachillerato ya había recibido el adoctrinamiento falangista pertinente, sólo se me exigía que estuviera un mes, en julio, ayudando en un comedor social de las Avenidas. vulnerabilidad que había en la Mallorca del boom turístico. Además, fue una oportunidad para estar más tiempo con las amigas".
Para Juan, las responsables de la Sección Femenina que tutelaban al SSF nada tenían que ver con las dirigentes de su colegio de Madre Alberta. "Las monjas eran peores, peores personas y clasistas. Hacían más caso a las hijas de médicos que a las que procedemos de familias humildes. Solo sabían infundirnos miedo con la idea del pecado". El miedo alcanzaba niveles paranormales. "En 1959 nos dijeron que en 1960 se produciría el fin del mundo y que, por tanto, teníamos que llevarnos bien. En Nochevieja lo pasé fatal porque pensaba que iría al infierno por haber bailado".
Quien también guarda muy mal recuerdo de las monjas es Núria Forteza-Rey, de 84 años. "Yo fui a la Pureza de Palma. Si nos oían hablar en catalán nos hacían pagar cinco pesetas como castigo". Su Servicio Social fue distinto. "En 1959, a 17 años, mi madre quiso que lo fuera a hacer en un albergue de la Sección Femenina en las afueras de Valencia, donde las voluntarias estaban internas durante tres meses. Mi padre estaba en contra. Él había tenido que ir a hacer la guerra a la Península y no podía ver a nadie del régimen."
Un buen ejemplo de aquellas 'mentiras' era el libreto Economía doméstica para Bachillerato y Magisterio, que en 1958 editó la Sección Femenina. "Si tu marido –consignaba– te pidiese prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes. Es probable que tu marido caiga entonces en un sueño profundo". Ese mantra se repetiría aún más en el albergue de Valencia. "Partí -dice Forteza-Rey- en barco sola. Era la primera vez que salía de la isla. Allí no había ninguna mallorquina. La mitad de las internas eran falangistas y la otra mitad, voluntarias como yo del Servicio Social. Por la mañana hacíamos gimnasia y nos hacían cantar el Cara al sol. El resto del día teníamos Formación del espíritu nacional y clases de costura. Pero la directora del centro era muy amable. Los domingos nos soltaba a dar una vuelta en grupo hasta la capital". Entonces la joven palmesana no era consciente de ser adoctrinada. A la hora de casarse, pero, a 27 años, le salió su espíritu rebelde. "A la ceremonia, el cura, con quien tenía confianza, tenía que decirme que tenía que comprometerme. Yo le avisé de que, si me leía ese pedazo, no me casaría. Y me hizo el favor de no leerlo".
Capellanes controladores
Otra 'víctima' de esa atmósfera alienadora fue Antònia Torrens Bestard, una lubina de 77 años. En 1966 tenía 17 y ya había terminado Magisterio por la vía rápida del Bachillerato superior. "Para las alumnas –dice– que habíamos hecho esta carrera, el Servicio Social consistía en pasar el mes de julio de campamento, en mi caso en La Victoria, en Alcúdia. Hacíamos deporte y participábamos en charlas, en las que curas nos daban pautas para ser mujeres y madres ejemplares en la futura. Yo entonces era una muñeca del todo. manipular. Los fines de semana venía a verme un inquer con el que ya festejaba".
Dos años después, Torrens tuvo que asistir con otras parejas a unos cursos prematrimoniales para poder casarse. "Un médico y su mujer nos hablaban del método Ogino para identificar los días fértiles por no quedar embarazada. También nos insistían en que el respeto era la base de una buena convivencia". Una vez casada, la lubina aún se sintió más controlada. "Un día me fui a confesar y el cura me pidió sobre aspectos de mi vida íntima. Eran preguntas comprometidas que me molestaron mucho. Me levanté y le dejé plantado. Yo ahora no quiero saber nada de la Iglesia".
La inquera Francisca Truyol Truyol, de 76 años, también hizo el Servicio Social en un campamento como complemento a sus estudios de Magisterio. "El verano de 1965 estuve en Son Serra de Marina (Santa Margalida). Parecíamos de los Boy Scouts, con una falda roja y una camisa blanca. Para poder tener el título deInstructora elemental de hogar y juventudes tuvimos que entregar un menudillo, que son las primeras ropas que se ponen a un bebé". Truyol aceptó con naturalidad aquella formación. Al cabo de un año, le cayó la venda de los ojos. "Tuve la oportunidad de ir a Bourdeus (Francia) a visitar a una amiga. Allí vi libros que en España estaban prohibidos. Fue entonces que me di cuenta de que yo vivía en una dictadura". La inquera se casó a 22 años y, a diferencia de otras compañeras de carrera, no dejó de trabajar de maestra cuando fue madre de tres hijos. Su DNI, por tanto, era diferente a la mayoría, que tenían 'SL' (Sobre labores) en el epígrafe 'Profesión'. Esta información se mantuvo en los documentos de identidad hasta 1985.
Insumisa
La felanitxera Miquela Vidal Joan, de 66 años, formó parte de una de las últimas promociones del Servicio Social. "En 1976 –recuerda– tuve que hacerlo para tener el pasaporte para poder ir al viaje de estudios de COU a París. Hubo compañeras que lo hicieron al volver del viaje. Antes de partir, sus padres tuvieron que firmar una declaración jurada con este compromiso". En su caso, la prestación también fue distinta. "Durante cerca de tres meses, cada día, al salir del instituto de Felanitx a las cinco de la tarde, íbamos unas horas a la Escuela del hogar del pueblo. Nos hacían hacer canastillas, unos conjuntos de ropa para bebés que repartíamos un pico a la semana entre la gente más necesitada".
Aquellas actividades se completaban con las lecciones pertinentes. "Unas hermanas solteras nos hablaban de nuestras obligaciones con nuestros futuros maridos. Todo era muy absurdo, pero yo me lo pasé muy bien. Era como una especie de club de esparcimiento". Una de las pocas insumisas del Servicio Social fue la poetisa palmesana Antonina Canyelles. "Me bastó –recuerda hoy a 83 años– hacerlo durante una semana. Las dirigentes de la Sección Femenina parecían de la Gestapo. Me negué a seguir con la prestación y renuncié a gozar de los derechos que daba. Así, tuve que esperar a su supresión en 1978, a 35 años, con la restitución de la destitución de la destitución de la destitución de la destitución de la destitución de la destitución de la destitución de la destitución de la destitución de la destitución de la destitución. conducir nunca quise tener. Y tampoco me interesó trabajar en la Administración". En total, el SSF estuvo en vigor 41 años. En 2022 se aprobó su computación para que las mujeres pudieran acceder a la jubilación anticipada. Era un derecho que ya tenían los hombres que habían realizado el servicio militar o la prestación social sustitutoria.
El Instituto Femenino de Palma
Durante el franquismo, las chicas de clase humilde estudiaban Bachillerato en el Instituto General y Técnico, cerca de la conocida plaza del Tubo de Palma. En septiembre de 1936, una vez Mallorca estuvo bajo control de los insurrectos, el centro pasó a llamarse IES Ramon Llull para hacer olvidar los valores liberales de los liceos franceses en los que se inspiró en 1916. Entonces se abandonó la coeducación de la Segunda República y se levantó a la tercera, separando un muro que separa acogió el Instituto Femenino. En 1966 las chicas pasaron al edificio de enfrente, la antigua Escuela Normal de Maestros, que acabaría llamándose IES Joan Alcover.
En 1945 Antònia Rosselló Perelló tenía 10 años cuando empezó a estudiar en el Instituto Femenino. "Fue –recuerda hoy en la noventa– un oasis en medio de la dictadura. Su director nombra a Bernat Suau Calders, profesor de Latín, y no era tan duro como el del IES Ramon Llull, el presbítero Bartomeu Bosch Sansó, que también era profesor de Latín, concretamente catedrático". Entre ambos directores había una fuerte rivalidad. Suave era falangista, mientras que Bosch, franquista y presidente de la comisión depuradora de enseñanza secundaria y profesional.
Rosellón era hija de un maestro que, al inicio de la guerra, estuvo cerca de un año encarcelado en Can Mir. "A través de mi padre, supe que muchos profesores del Instituto Femenino provenían de la Península, donde habían sido represaliados. También tuve mallorquines, como Eusebi Riera, padre de la escritora Carme Riera. Profesoras sólo había tres". Aquella joven estudiante tampoco se escapó de la influencia de las mujeres de Falange. "Teníamos una asignatura en la que nos enseñaban a coser ya hacer otros 'labores'. En general, sin embargo, a pesar del ambiente conservador, quedé muy satisfecha con la formación que recibí".
En 1953, al salir del Instituto Femenino, Rosselló se casó a 18 años. "En mi calle había un joven que me festejaba, Miquel Àngel Llauger Llull. Era nueve años mayor que yo y ya trabajaba como ingeniero de caminos. Fue a mi padre a pedirme en matrimonio [hasta la Constitución de 1978 la mayoría de edad empezaba a 21 años y no a 18]". Al estar casada, la palmesana no tuvo que realizar el Servicio Social. Sin embargo, sus planes no implicaban ser un sumiso 'ángel del hogar'. "A pesar de tener seis hijos, no quise dejar de estudiar. Con la ayuda de mi madre, hice la carrera de Filosofía y letras en el antiguo centro de Son Malferit, que entonces dependía de la Universidad de Barcelona. En la cuarentena, cuando los hijos ya estaban flotados, empecé a hacer de profesora de His. era directora. Lo fui durante nueve años". Marcada por la historia familiar, Rosselló no está de hablar de memoria histórica a sus alumnos con Franco todavía vivo. También fue de las primeras profesoras del centro en impartir las clases en catalán. "En las paredes del departamento a menudo aparecían pintadas en contra del catalán como protesta".