Me sedaron y me desperté en Madrid: así entré en el Patronato con 16 años
Consuelo García del Cid, superviviente de los reformatorios franquistas, participa este fin de semana en Alaró en unas jornadas organizadas por Dones en Dansa sobre esta institución de la dictadura
PalmaA los 16 años, Consuelo García del Cid desapareció de su vida durante 24 horas. Su madre la despertó de madrugada porque tenía que ir a la academia. En casa estaba el médico de confianza de la familia, vinculado al Opus Dei. García del Cid explica que le inyectaron un sedante por vía intravenosa y que perdió el conocimiento. Se despertó al día siguiente en una habitación que no conocía, con la puerta cerrada con llave y una ventana con barrotes.
Miró a la calle. Las matrículas de los coches empezaban con una M.
Había sido trasladada de Barcelona a Madrid e internada en un centro de las Adoratrices. “En aquel momento entré en otro universo. Entré en el infierno”, recuerda ahora. No sabía qué había hecho para acabar allí. “Lo primero que pensé fue quitarme la vida. No quería seguir viviendo porque, si aquel era mi destino, yo no lo quería.”
García del Cid es escritora, investigadora y activista y hace décadas que intenta reconstruir y explicar qué pasó dentro de los reformatorios vinculados al Patronato de Protección a la Mujer, una institución franquista que, bajo el discurso de la protección y la reeducación, internaba a mujeres jóvenes consideradas moralmente desviadas. Este viernes y sábado, 25 y 26 de septiembre, participará en las jornadas de memoria democrática con perspectiva de género que se celebran en el Casal Son Tugores de Alaró, dedicadas precisamente a recuperar esta historia.
Para García del Cid, el nombre de la institución ya contiene una de las grandes contradicciones del sistema: “El Patronato no protegía, encerraba”. Según explica, cualquier adolescente que se alejara del comportamiento que el régimen consideraba aceptable podía acabar internada. “Delito y pecado iban unidos, tanto como Iglesia y Estado”, resume. Lo define como “un sistema penitenciario oculto para menores que no habíamos cometido ningún delito”.
El entorno de una familia conservadora
García del Cid había crecido en una familia conservadora y de derechas. El paso por colegios privados, explica, le había impedido tomar conciencia del país donde vivía. Fue en la Academia Fivaller donde entró en contacto con personas y con una realidad social que hasta entonces desconocía.
Empezó a frecuentar los bares alternativos de Barcelona, a manifestarse contra Franco y a cambiar su manera de vestir. A casa llevaba octavillas contra el dictador y panfletos políticos. Su primera manifestación, dice, fue con solo 14 años, a raíz de la condena a muerte de Puig Antich. “No reconozco haber cometido ningún error”, asegura. “Lo que hacía a los 16 años era lo que hacía cualquier adolescente de la época. El problema es que lo hice en una familia conservadora.”
Aquella rebeldía tuvo consecuencias. Según su testimonio, la familia podía solicitar directamente el ingreso de una menor sin que esta estuviera tutelada por el Patronato, como pasó en su caso. También habla de las llamadas “guardianas de la moral”, que describe como una especie de policía femenina encargada de vigilar las conductas de las mujeres. Podían intervenir, explica, denuncias de curas o vecinos, o actuaciones de estas mujeres en las llamadas “zonas de conflicto”.
Trabajar, rezar y obedecer
Cuando entró en las Adoratrices de Madrid, García del Cid asegura que entendió inmediatamente que no estaba en un centro educativo ordinario. Las internas tenían restringida la correspondencia, las visitas estaban supervisadas y, según su relato, hablar libremente con otras internas podía comportar castigos. También describe periodos de aislamiento, traslados como forma de castigo, trabajo en los talleres sin remuneración y un fuerte adoctrinamiento religioso.
“Fregar, trabajar y rezar”, resume. Las internas recibían también formación académica, pero García del Cid asegura que las clases ocupaban solo unas tres horas diarias y que muchas de las profesoras eran religiosas sin titulación específica. “La formación académica no era una prioridad”, afirma.
Especialmente duras, según su testimonio, eran las condiciones de las internas que llegaban a través de sus familias, las llamadas “de pago”. Su madre, explica, pagaba 25.000 pesetas mensuales por su estancia, mientras que el Patronato abonaba, según su relato, 2.000 pesetas por cada interna tutelada. “Comíamos la misma mierda, trabajábamos como todas, pero nos destrozaron más que al resto porque pensábamos”, afirma.
También recuerda que dentro de las Adoratrices había religiosas que mostraban una actitud diferente. Menciona especialmente a una monja, sor Trinidad, que le escondía bocadillos de tortilla bajo la almohada, le daba cigarrillos y vigilaba la puerta para que pudiera tener momentos de respiro. “No la olvidaré nunca”, dice. “Era parte de todo aquello, sí, pero me vio tan mal que tuvo compasión de mí.”
“Mi cabeza se convirtió en un archivo”
Una de las cosas que más la marcaron fue la prohibición de tener intimidad. Las internas, explica, no podían tener libretas ni escribir un diario porque sus pertenencias podían ser revisadas. Esto hizo que transformase la memoria en una herramienta de supervivencia. “Desde que entré, mi cabeza se convirtió en un archivo, en una máquina registradora”, explica. Recordaba nombres, espacios, olores y conversaciones porque estaba convencida de que algún día tendría que contar qué había pasado.
Cuando le explicaron qué era el Patronato y le hablaron de las pruebas de virginidad y de las “guardianas de la moral”, entendió, según relata, la dimensión del sistema. “Pensé: esto es una Gestapo española contra las mujeres.” Y tomó una decisión: “Desde el día que entré, mi único objetivo fue sobrevivir y contarlo. He conseguido las dos cosas.”
Robo de bebés
En su proceso de investigación posterior, García del Cid también recogió testimonios sobre menores embarazadas que pasaron por instituciones vinculadas al sistema. Recuerda especialmente a dos internas que llegaron llorando y que, según explica, habían sido madres durante su estancia en otro centro.
Aquella experiencia, dice, la marcó y la llevó a investigar lo que, según los testimonios que ha recogido, pasaba con algunas madres menores y sus hijos. García del Cid sostiene que en diversos centros las mujeres podían recibir la explicación de que sus hijos habían nacido muertos, mientras que ella considera que había casos en los que los niños eran separados de sus madres.
Señala centros como Peña Grande, la maternidad de la Almudena, Villateresita y el Hogar Santa Marta y defiende que esta realidad debe formar parte de la investigación y la memoria sobre el sistema. Para ella, lo más difícil es tener que reconstruir décadas después unas historias que quedaron marcadas por el silencio.
“Nos inocularon el estigma de la vergüenza”
García del Cid considera que el sistema no solo castigaba a las internas durante el tiempo que pasaban por los reformatorios. También dejaba una marca social que podía acompañarlas durante toda la vida. “Nos inocularon el estigma de la vergüenza”, afirma. “Decir que has pasado por uno de estos reformatorios hace que te cuestionen inmediatamente: ‘Alguna cosa debió haber hecho para estar ahí’.” Ella misma empezó a recoger testimonios de supervivientes el año 2011. Lo hacía, explica, a menudo de noche y por Skype, cuando los maridos y los hijos de las mujeres que hablaban con ella dormían y no conocían su pasado.
“Dar la cara no es fácil, porque sabes que te juzgarán eternamente”, dice. Su trayectoria no ha estado exenta de consecuencias. En 2017, después de una intervención en el Senado en la que expuso sus investigaciones sobre el sistema de protección de menores, fue denunciada por un juez a raíz de sus declaraciones y del contenido de su libro El desmadre de los servicios sociales. El proceso terminó con su absolución en apelación.
Del franquismo a los servicios sociales
Es precisamente en esta investigación posterior cuando García del Cid comenzó a establecer lo que considera una conexión entre el Patronato y determinados elementos de los actuales sistemas de protección de menores. El Patronato anunció su desaparición en 1978, pero explica que no desapareció definitivamente hasta años después. Según su investigación, algunas de las mujeres que ejercían como “guardianas de la moral”, funcionarias dependientes del Ministerio de Justicia, pasaron posteriormente a trabajar como asistentes sociales.
También explica que en 2017, después de una conferencia, varias mujeres jóvenes se le acercaron para explicarle que consideraban haber sido víctimas de los servicios sociales y le pidieron ayuda. A partir de aquellos testimonios, dice, comenzó a investigar las conexiones entre las antiguas congregaciones religiosas y algunos centros de menores actuales. “Han cambiado las formas, pero no el fondo”, sostiene.
Es una de las cuestiones más controvertidas de su discurso y que ella misma ha convertido en una línea central de su actividad investigadora. García del Cid defiende que el sistema actual ha cambiado las formas y el marco legal, pero considera que persisten mecanismos de control sobre determinadas familias y menores.
Una memoria que todavía necesita reparación
Para García del Cid, recordar el Patronato no es solo recuperar una parte desconocida de la dictadura. También implica hablar de las consecuencias que aquella experiencia dejó en las mujeres que pasaron por allí. “Las vidas de la mayoría han estado dictadas por el hecho de haber pasado por estos horribles reformatorios”, remarca. Explica que muchas supervivientes salieron de los centros sin confianza en los demás y con la necesidad de alejarse de su entorno familiar. Ella salió con el objetivo de escapar y construir su vida.
Ahora defiende que la reparación es necesaria y que no puede limitarse a una compensación económica. “La reparación es necesaria, además de ser un derecho. Y no solo económica, sino también emocional.” Es también el sentido que quiere dar a las jornadas de Alaró: recuperar una memoria que, según las organizadoras, no puede considerarse completa si deja fuera a las mujeres que sufrieron formas específicas de represión y control durante el franquismo.
Para García del Cid, su historia personal resume el sentido de esta batalla por la memoria: “No consiguieron doblegarme.” Y añade: “Mi único objetivo fue sobrevivir para contarlo.”