Mi padre fue mucho más que alguien que se suicidó
El Gobierno pone en marcha grupos de ayuda y talleres para supervivientes del suicidio mientras familiares y expertos alertan del peso del silencio, la culpa y el estigma
PalmaUna llamada anunció el 7 de enero de 2001 a Marta Balcells que su padre había muerto. No le dijeron la causa. Tenía 55 años y problemas de corazón. Ella infirió que había sufrido un infarto fulminante. Voló de Palma a Barcelona. Al llegar a la casa familiar, notó un ambiente muy extraño. “La gente me miraba de una manera rara. Pensé que podía ser por el impacto de la muerte, pero no me cuadraba”, rememora. Una prima la apartó y le contó que su padre se había suicidado. “Recuerdo estos días como algo brutal, muy impactante. La situación era caótica porque no podíamos ver el cuerpo ni organizar el entierro, porque dependíamos de las diligencias forenses. Era muy doloroso pensar en lo que había hecho, pero también necesitas entenderlo”.
Como Marta, cientos de personas han tenido que afrontar el duelo por la muerte de un ser querido por suicidio. Desde el punto de vista de la psicología, se les considera supervivientes. Al dolor complejo de la pérdida, suman preguntas sin respuesta, sentimientos de culpa y un silencio que apuntala el tabú social. En este sentido, la Consejería de Salud –en colaboración con Cruz Roja– ha puesto en marcha un servicio de apoyo a los supervivientes que prevé atender a 450 personas en los próximos dos años mediante grupos de ayuda mutua, talleres y sesiones de orientación. El objetivo es minimizar las consecuencias emocionales, sociales y comunitarias de la conducta suicida.
Hace 25 años, Marta no dispuso de esta clase de recursos. De hecho, el primer programa de atención y prevención del suicidio en Baleares no se creó hasta 2015. “Los datos ya eran alarmantes, pero el tabú tan potente ha hecho que la prevención se haya retrasado. Antes, no existía ni formación específica para los profesionales”, rememora la jefa de servicio de Coordinación y Planificación de Salud Mental del Gobierno, Lola Gabaldón, que formó parte como trabajadora social de este programa pionero en el Hospital de Inca.
Sesgo de género
En 2024, 98 personas se quitaron la vida en Baleares: 77 hombres y 21 mujeres. El sesgo de género se explica porque ellos utilizan “métodos más letales, con menos posibilidad de rescate”. Ellas, no obstante, acumulan más intentos y piden ayuda con más frecuencia. La edad media de los fallecidos ronda los 48 años, asociada a “cambios vitales como crisis laborales, problemas económicos o rupturas de pareja”.
Más allá de los datos fríos, necesarios para trabajar la prevención, Gabaldón insiste en que el suicidio es multicausal. Obedece a un conjunto de factores de riesgo y situaciones –predisposición genética, situación socioeconómica y familiar– y debe combatirse derribando mitos como el del efecto llamada. “Hablar sobre el suicidio no provoca más suicidios. Es como pensar que si tu médico te pregunta si bebes o fumas, al salir de la consulta te pondrás a beber o a fumar”.
De hecho, recomienda a los facultativos que, después de un abordaje progresivo sobre cómo se encuentra el paciente, hagan “la pregunta clave”: “¿Has pensado alguna vez en suicidarte?”. “Muchos profesionales la evitan por el peso de los mitos, y todos tenemos que reflexionar sobre qué tenemos con esta palabra y no perder de vista que quien sufre no piensa en hacerse daño de manera genérica: está pensando en su suicidio. Es un proceso: primero aparece la idea, después la persona empieza a estructurar cómo, dónde y cuándo. Si a la mitad de este proceso encuentra un lugar donde hablar de ello y recibir ayuda, puede detenerse. Tenemos que generar espacios seguros sin juicio”, asevera.
Días antes de la muerte de su padre, Marta habló con él por teléfono. “Fue una llamada muy profunda”, recuerda emocionada. Le dijo que la quería. Ella también a él, pero intuyó que algo no iba bien. “Noté algo extraño y me preocupé”, reconoce. El 7 de enero, la confirmación.
“Yo necesitaba respuestas y no las tenía. Al principio todo es confusión. Sientes rabia. Te preguntas una y otra vez por qué y te asalta el sentimiento de culpa. Yo tenía los billetes comprados para ir a verle, ¿por qué no me esperó? Después entiendes que aquella llamada había sido una despedida. Yo estaba destrozada y me aislé. Sentía tanto dolor que pensaba que, si lo explicaba, haría daño a los demás. La gente no sabía qué decirme y yo tampoco quería explicarlo. Recuerdo ir a trabajar y decir que tenía alergia, cuando en realidad no podía parar de llorar”, confiesa.
Se refugió en su pareja y en un par de compañeros con experiencia en situaciones similares. “Los que habían pasado por lo mismo fueron los que más me ayudaron. Tuve una conversación con una compañera que fue un punto de inflexión. Fue muy honesta. Me dijo que esta herida siempre estaría conmigo, que a veces se abriría, pero que podría continuar viviendo. Es completamente cierto”, añade.
Primera causa de muerte externa
El suicidio es la primera causa de muerte externa, es decir no causada por enfermedad, en España. En 2023 murieron 4.116 personas, más de once al día. Cada una de estas muertes deja un impacto profundo en el entorno cercano: los expertos estiman que entre seis y diez personas –familiares, amigos, compañeros y allegados– se ven afectadas por cada suicidio. España aprobó en 2025 el primer plan estatal específico para la prevención, una estrategia estatal que busca coordinar la respuesta sanitaria y social ante uno de los principales problemas de salud pública. Las Baleares tienen una tasa de 7,1 suicidios por cada 100.000 habitantes, ligeramente inferior a la media del Estado, situada en 8,5. Además, los hospitales de las Islas atendieron más de 1.500 urgencias por ideación o intento de suicidio en 2024, más de 300 de las cuales eran en menores.
Desesperanza
Más allá de las posibles causas sobre por qué alguien decide quitarse la vida, “detras hay una persona que sufre muchísimo y no quiere morir, sino dejar de sufrir”, según la experta Lola Gabaldón. Entre todos los factores de riesgo, señala dos de capital importancia: “La ruptura de vínculos, sentir que eres una carga para los demás y la desesperanza, la sensación de que nada cambiará”. Este sufrimiento se percibe como “infinito e insoportable” y solo cuando la persona encuentra una mínima posibilidad de alivio o apoyo “puede empezar a salir de este lugar”.
Gabaldón advierte sobre el uso de ‟frases bienintencionadas” como ‘piensa en tus hijos o tu familia’ porque, “lejos de ayudar, pueden aumentar la culpa y la sensación de inutilidad”. “No debemos juzgar. Lo que para una persona puede parecer insignificante, otra puede percibirlo como demoledor”, añade.
El suicidio, apunta la experta, entronca con una sociedad marcada por el auge del individualismo y la pérdida del tejido comunitario. Los vínculos se debilitan y, en este contexto, la soledad y el aislamiento actúan como disparadores de las conductas suicidas. Y el estigma continúa arraigado desde un punto de vista cultural y religioso. Hasta hace unas décadas, por ejemplo, se enterraba a los suicidas fuera de la valla del cementerio.
Cambiar de acera
“Hay supervivientes que no pueden hablar del tema ni con sus familias, porque se silencia. Todo se resquebraja. Pasa en entornos pequeños, en pueblos donde la gente cambia de acera para no tener que preguntar cuándo bastaría con decir ‘¿cómo estás?’. Silenciarlo tiene un efecto en la otra persona: aumenta la vergüenza y la culpa. Impide vivir el duelo abiertamente”, explica.
Sobre este silencio, Gabaldón advierte que “es probable que haya más suicidios de los que reflejan las cifras”, porque quedan fuera los que acaban registrados como accidentes o muertes sospechosas. De ahí la necesidad de protocolizar autopsias psicológicas o estudios epidemiológicos “más profundos”.
Para Marta, el silencio hace tiempo que dejó de ser una opción. Por eso remarca la necesidad de la empatía y la honestidad. A ella, la terapia le ha servido para conocerse y reconstruir una imagen completa de quien le dio la vida: “Cuando alguien muere así, corres el riesgo de que toda su vida quede reducida a ese último momento. Mi padre fue mucho más que alguien que se suicidó. Fue una gran persona, a la que todo el mundo quería y que me quería muchísimo. Con el silencio del suicidio, no silenciamos solo la muerte; también desaparece la persona, como si se borrara su vida. Y eso es lo que más duele. Por eso, para mí, es importante continuar recordándolo y mantenerlo vivo en mi vida y la de mis hijos”.