No somos nada al completo. Lo somos todo a medias
Entre pequeños fracasos diarios y expectativas inalcanzables, la treintena se convierte en un laberinto de decisiones incompletas y la búsqueda constante de amar y ser amado
PalmaEncuentro por mi casa vestigios de cosas que se quedan a medias. Pequeños fracasos diarios. Las mallas y el top para salir a correr que hace dos semanas que cuelgan en el lavabo, optimistas. El vinagre y las obleas de arroz que compré en la semana japonesa del Lidl, convencida de que haría Goi Cuon, los rollitos frescos vietnamitas. Los tres libros empezados en la mesita de noche. La cámara de fotos analógica que me propongo –una vez al mes– aprender a usar de una vez. Una mesa, que más que una mesa era una inversión para hacer mucho trabajo y ganar mucho dinero. Versiones de mí misma por las cuales no me decido. Quiero ser todas a la vez por cobardía, porque no creo lo suficiente en ninguna de ellas.
Pero nada. Ni me estoy haciendo rica. Ni estoy persiguiendo un sueño. Ni estoy esculpiendo mi cuerpo. Ni estoy formando una familia. No somos nada al completo. Lo somos todo a medias. No estoy apostando por ninguna de estas cosas con las cuales se suponía que debíamos llenar nuestra existencia, para las cuales merecía la pena una dedicación plena. En lugar de eso, tengo un agujero en el pecho que me atraviesa y hace que la gravedad aún me parezca más densa. En lugar de eso, tengo un temblor constante en el ojo derecho y cabellos blancos donde nadie te prepara para tenerlos.
Hace unos días Neus Tur –que siempre se hace preguntas acertadas– me dijo que tenía que escribir de la crisis existencial milenial, es decir, de nuestra generación. Dudé si todo no era fruto de esta crisis existencial: todo lo que pensamos, decimos, escribimos, hacemos. Y, al mismo tiempo, encontré que esta sensación de no ser nada por completo era una de las mejores expresiones de este desasosiego existencial, de la duda constante de no saber qué somos, como un patchwork. Hasta ahora, la única época de la vida con la que podría comparar la treintena son los 10, 11, 12 años, el momento en que todos los cambios llegan de repente después de un período largo de calma e infancia. La veintena fue eso, una tregua. Y ahora, como cuando atravesábamos la adolescencia, nos damos cuenta de que todo ha vuelto un poco más irreversible y de que ya llegamos tarde a coger sitio.
Esta prisa, inútil, cuando ya se ha acabado el tiempo, es la crisis existencial: el intento torpe de resolver un resultado que no nos convence. Y el síntoma de todo esto, los arquetipos de persona en los que intentamos entrar, como salvavidas, para sentir que pertenecemos a algún lugar, que nos define algo. Un último recurso en el que basarnos. El equipo de running o de crossfit, el club de lectura, las criptos, la maternidad o paternidad sacrificadas. Pensemos en ello: ¿no es una evolución natural de las tribus urbanas? Antes, teníamos que saber si éramos pijas, pijas de discoteca, hippies o góticas. Ahora, necesitamos desbloquear esta nueva personalidad en la que invertir nuestra vida para procurarnos resultados lo suficientemente solventes para saber que, al menos, tenemos aquello. Para conformarnos con lo que somos.
Yo, en cambio, no he elegido nada. “Estoy constantemente intentando recordar que ‘de acuerdo, tienes que ir detrás de tus objetivos. Pero tienes que cuidar a tu madre. Y tienes que asegurarte de que tus hermanas están bien. Tienes que asegurarte de que pagas las facturas. Pero tienes que asegurarte de que te lo pasas bien y que tienes tiempo para ti, tiempo para tus amigos’”. “Y yo solo siento que constantemente estoy siendo negligente con partes de mi vida”, dice Doechii (en inglés) en ‘Bloom’, de su álbum Alligator Bites Never Heal.
Este es el bucle infinito en el que siento que se han convertido los días, porque nada está nunca suficientemente cubierto. A veces, y si no vas alerta, se instala una insatisfacción crónica, una inseguridad paralizadora. Miedo de hacer algo por hacerlo mal. Como si no hubiera tiempo para otro fracaso. Como si cada vez fuera más vulnerable ante el desastre. Otras veces, si consigo pensar tanto para deshacer el bucle, me llega una realidad desactivadora: no somos tan importantes. Y, si no, con suerte encuentro frases como esta de Nadia Risueño, que son un puñetazo a tiempo: “Todo en la vida consiste en que te quieran. Ni real food, ni gimnasio a las 6 h, ni skincare coreano, ni ser tu propio jefe. Todo gira alrededor del amor. Todo el mundo busca una llamarada de afecto. Un hombro donde dejarse caer”.
Sobre todo, necesitamos ser queridas –dejarnos ser queridas, diría–. Y, en cambio, nos perdemos intentando querernos a nosotras mismas, convirtiéndonos en La peor persona del mundo, de Joachim Trier, con una autoconciencia insoportable incluso para nosotras mismas. Me planteo si esta búsqueda desbocada del amor propio –como si este fuera lo más válido– no es un menosprecio hacia las personas que nos quieren, seamos lo que seamos. Y si no es esto, lo que quiero que me empiece a importar antes del próximo fracaso.