De la Mallorca agrícola a la turística en dos generaciones: la historia de una familia de Artá
La artanenca Magdalena Amorós, de 104 años, y Guillem Garau, de 75, son madre e hijo. Ella siempre vivió en el campo y sufrió el miedo de la Guerra Civil y de la posguerra. Él fue de los primeros en el municipio en dedicarse a la hostelería. Para el ARA Balears relatan sus visiones sobre este cambio de paradigma
En 2015, habiéndose jubilado como director de hotel, el artanense Guillem Garau Amorós, de 75 años, tuvo la necesidad de preservar la Mallorca preturística de su infancia en el libro A foravila antany (El Tall Editorial). “Con un dolor de corazón terrible –dice– entrevisté a pastores, dueños de posesiones, aparceros y otros testigos de un mundo que estaba desapareciendo”. Uno de estos testigos de palabras, herramientas, costumbres y oficios perdidos fue su madre, Magdalena Amorós Ginard, que hoy, a sus 104 años, todavía mantiene la cabeza muy clara. “Yo –recuerda bajo la mirada atenta del hijo– nací en 1921 en Artà, en el campo, en la finca de Can Capblanc. Soy primogénita. Mis padres eran campesinos”.
Magdalena Amorós y Guillem Garau.A.J.T.
Al producirse el levantamiento militar de julio de 1936, Amorós tenía 14 años. “Decían que en tres días todo habría acabado ya, pero tuvimos que sufrir una guerra que duró tres años. Aquí los falangistas tuvieron mucha ‘matera’. Disfrutaban matando, a unos por temas ideológicos, a otros por envidias y a otros por deudas pendientes. Con todo, no mataron a tantos como en otros municipios”. Quien estuvo a tiempo de huir de aquella represión fue el ‘alcalde Boira’, Gabriel Garau Caselles, que se exilió hasta sus últimos días en Francia después de pasar por Menorca y Barcelona. El 31 de agosto de 1936 hubo 11 muertos y 3 heridos provocados por el ‘fuego amigo’ de la aviación italiana, que había llegado a Mallorca para frenar el desembarco de las tropas republicanas del capitán Bayo en Portocristo. El escuadrón de Mussolini lanzó dos bombas sobre Artà por equivocación pensando que todavía no estaba bajo control de los insurrectos.
Un mundo de oralidad
“Durante la guerra –apunta la artanenca– los insurrectos obligaron a mis padres, igual que al resto de campesinos, a darles todo lo que tenían, fuera trigo, conejos o bestias. Todo tenía que ser por la patria”. Al acabar la guerra, el miedo se apoderó del pueblo. En diciembre de 1941 la posesión de l’Alqueria Vella acogió uno de los 26 campos de concentración que hubo en la isla. Fue el último en cerrar en diciembre de 1942. A lo largo de todo este tiempo pasaron más de 1.400 reclusos. “En la calle y en el campo estaban prohibidas las reuniones a partir de dos personas para evitar cualquier tipo de conspiración. En el pueblo, sin embargo, quedamos solo las mujeres, los niños y la gente mayor. A los hombres de entre 21 y 38 años los enviaban a hacer de soldado a Palma o a luchar a la Península. Recuerdo madres llorando al verlos partir. Al recibir una carta del frente, pasaban pena de que fuera la última antes de que los mataran”.
Gracias al campo, la familia de Amorós pudo sobrevivir a los conocidos ‘años del hambre’ de la posguerra. Fueron tiempos de muchas restricciones y de estraperlo, el negocio ilegal de productos intervenidos por el Estado y que se vendían a precios abusivos. “En casa –recuerda Amorós– no nos faltó nada nunca. Teníamos higos, patatas, boniatos, algarrobas, conejos, gallos, cerdos y una cabra que nos daba leche. Compramos una máquina para hacer fideos con el trigo que molíamos a escondidas de noche. Cada mes íbamos a una tienda del pueblo a buscar lo que nos correspondía con las cartillas de racionamiento [estuvieron en funcionamiento hasta 1952]”.
Unos años después del fin de la guerra, el miedo se disipó y volvieron las reuniones. “Por las tardes o los días que llovía organizábamos unas buenas tertulias con los vecinos. Mientras unos hacían palma y otros, cuerda, hablábamos de cómo nos había ido el día y también leíamos fábulas. Nos lo pasábamos muy bien. Hoy por culpa de la televisión y de los móviles se ha perdido la magia de la oralidad”.
La artanenca siguió los pasos de sus padres. “Excepto arar, he hecho de todo: sacudir almendras, escardar, sembrar, llevar una bestia, ordeñar vacas... En 1947, a los 25 años, me casé con un vecino, que también hacía de campesino. Lo celebramos de una manera muy austera. Hicimos ensaimadas y chocolate para nuestros familiares, que nos vinieron a visitar de manera escalonada durante tres domingos seguidos. Como yo era heredera, con mi marido nos instalamos a vivir en la finca de mis padres. En 1951 llegó el primer hijo, Guillem, y en 1956, el segundo, Toni”.
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Orgullo de campesino
A partir de los años 60, con el boom turístico, el campo de Artà, al igual que el de Capdepera y Son Servera, se fue vaciando. “Mucha gente –asegura Amorós– partió a trabajar al sector de la construcción y de la hostelería de Cala Rajada y Cala Millor. Yo también quise aquel futuro más halagüeño para mis dos hijos”. Guillem lo confirma. “A los 15 años, por las tardes, ella me puso a estudiar inglés con un joven del pueblo que trabajaba de conserje en un hotel de Cala Rajada. Y al cabo de tres meses ya entré en su hotel a trabajar de botones. Mientras tanto, también estudié contabilidad y alemán por correspondencia. El francés lo había aprendido en la escuela. En 1993, a los 42 años, ascendí a director de hotel. La misma trayectoria tuvo mi hermano pequeño”.
En este punto, la madre hace la siguiente observación: “A mí no me hacía nada feliz que mis dos hijos dejaran el campo para ir a trabajar a la costa. Pero al verlos vestidos de botones lo fui. Iban impolutos. Yo, en cambio, había trabajado entre la suciedad. Guillem, que fue el primero que se dedicó a la hostelería, cada mes nos entregaba lo que ganaba. Era un dinero que nos vino muy bien sobre todo para pagar las medicinas de mi madre, que entonces estaba enferma”.
A Guillem le costó desligarse de la Mallorca rural de su infancia. “En invierno continué trabajando de campesino. Ayudaba a mi padre. Él hacía el surco con el arado y yo ponía las habas y el abono. Hasta finales de los años 70 mi DNI ponía ‘agricultor’ en el apartado de ‘profesión’. Aunque ya trabajaba en un hotel, no lo quise cambiar porque me sentía muy orgulloso de mis orígenes. Consideraba que trabajar en la hostelería era una manera de progresar, de ganar dinero. Yo, sin embargo, amaba mucho el campo, era lo que había mamado de pequeño”. El artanense recuerda una anécdota muy divertida: “A los 18 años acompañé a Londres al propietario del hotel donde trabajaba. Le tenía que hacer de intérprete. En el aeropuerto, al ver que en mi DNI ponía ‘agricultor’, el agente de la aduana pensó que yo era un inmigrante ilegal. Poco le importó mi buen nivel de inglés. Tuve que ir a buscar a mi superior por toda la sala para que le hiciera entender que estaba equivocado”.
La venta de campo
El paso de la Mallorca rural a la turística se produjo por inercia. “En el campo –afirma Guillem– la gente veía que, a causa de la competencia del exterior, todo había bajado de precio: las almendras, las algarrobas, la leche, los cerdos... Por tanto, la llegada del turismo se vio como una buena alternativa a un mundo ancestral que estaba en quiebra. Dejamos atrás una vida de supervivencia y abrazamos otra más cómoda, con trabajos a cobro de ocho horas diarias y pagas mensuales. Mi padre también acabó abrazándola. Con la moto se iba hasta Canyamel a hacer de jardinero a unas pistas de tenis”.
A pesar de los beneficios que le reportó, el joven artanés hizo aquel tránsito con mucha melancolía. “Era como ver morir a un abuelo enfermo que te ha cuidado toda la vida y a quien has querido mucho, pero sabes que su muerte es ley de vida. Antiguamente las fincas estaban limpias como una patena. Las familias se pasaban toda la semana desbrozando. Les daba vergüenza que algún vecino viera que tenían malas hierbas en su casa. Todo tenía que estar bien labrado y bien curioso. Eso era una faena que las nuevas generaciones no estuvimos dispuestas a mantener”.
En 1986 la entrada de España en la UE posibilitó la libre circulación de capitales y personas dentro del espacio europeo. A partir de los años 90, sin ninguna normativa que limitara la compra masiva de casas a extranjeros, se dio el pistoletazo de salida a la despatrimonialización del campo de Artà. “A diferencia de otras zonas de Mallorca –apunta Guillem–, muchas tierras del Levante son ‘mal llanas’ y no se podían cultivar con maquinaria para hacerlas rentables. Entonces la mayoría de campesinos prefirieron venderlas por el triple de su precio real a los alemanes ricos que empezaban a venir a Mallorca. Era una posibilidad que nunca se habrían imaginado. El dinero que sacaron les permitía a ellos asegurarse unas buenas vejeces y a sus hijos, un buen colchón económico. No fue un tema de codicia humana, sino de ir con el signo de los nuevos tiempos”.
Cuatro décadas más tarde, este año el artanense se ha encontrado en la misma tesitura. “He vendido a unos alemanes la finca familiar de Can Capblanc. Parte del dinero lo he dado a mis tres hijos. En lugar de que la vendieran ellos cuando yo muriera, lo he hecho yo para quitarles problemas. A los 75 años, ya no tengo fuerzas ni medios para poder cuidarla como es debido. No ha sido una decisión nada fácil. He tenido que hacer un duelo para asumir la pérdida de un patrimonio que mis antepasados consiguieron hacer con mucho sudor”. Sentada a un lado, madò Magdalena, la madre, de 104 años, se mantiene atenta. “Me da pena –asegura con resignación– que hayamos abandonado el campo. No queda, sin embargo, más remedio que adaptarnos a este nuevo mundo”.
Guillem Garau, de 2 años, sentado sobre su padre en la finca familiar de Artá (1953).Archivo familiar
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“Granja de turistas”
Guillem Garau Amorós, de 75 años, tiene el corazón dividido. Siente pena por haber perdido la Mallorca agrícola de su infancia. Al mismo tiempo, sin embargo, se muestra agradecido por haberse ganado bien la vida en la hostelería, donde acabó jubilándose como director de hotel. A partir de su experiencia en el campo, hace la siguiente reflexión: “Ante el debate sobre la masificación que hay hoy, se debe tener en cuenta una cosa. Debemos asumir que, desde finales de los 50, nos hemos convertido en una granja de turistas y no podemos pretender cambiarla de un día para otro. No podemos matar a 20.000 pollos de repente y poner en su lugar otra cosa”.
El artanense ofrece soluciones: “Si hay un poco de conocimiento, todavía estamos a tiempo de recuperarnos del desastre. Bastaría con que el gobierno aplicase una serie de medidas: cerrar plazas hoteleras, impedir que los aeropuertos crezcan, reducir el número de coches y regular el alquiler vacacional. Si lo cambiáramos todo de manera drástica, habría muchas familias y negocios que sufrirían”. Garau reconoce que su generación fue muy privilegiada porque vivió del turismo a diferencia de la actual, que malvive de él. “Tener trabajo ya no garantiza vivir en condiciones ni poder comprarte una casa. Me da más pena eso que la usurpación que ha hecho el extranjero de nuestro territorio y costumbres”.
A finales de los años 50, cuando se produjo el boom turístico, en Baleares había cerca de 440.000 habitantes. Ahora son más de 1,2 millones –el 49% de los residentes no ha nacido en el Archipiélago, según el Consejo Económico y Social. Edicions Sidillà acaba de publicar un libro que reivindica el pasado agrícola. Se titula Arrelats a les Illes Balears (Edicions Sidillà, 2026) y lleva la firma de autores diversos: Tomeu Canyelles, Felip Cirer, Arnau Company, Miquel Àngel Limón, Climent Picornell, Llúcia Pons, Sebastià Serra y Adolf Sintes. El prólogo es del periodista y escritor Pere Antoni Pons. “Las Islas Baleares –dice– han cambiado más durante los últimos 70 años de lo que habían cambiado durante los siete siglos anteriores. Desde que el llamado boom turístico transformó casi de la noche a la mañana lo que secularmente había sido una sociedad rural homogénea, austera y más o menos tradicionalista y estática en una sociedad caóticamente diversa y dispersa, marcada por el frenesí, el presentismo y la sobreabundancia (boom: onomatopeya exactísima de bomba, bum, o dinamita que explota), las Baleares han vivido un imparable proceso de amnesia, de desfiguración y de desarraigo de ellas mismas”.
Pons define a las Baleares de hoy como “una mezcla de balneario masificado, colonia servil, paraíso depredado y aldea moderadamente insurrecta”. A su parecer, vivimos un proceso imparable de minorización lingüística “por las políticas castellanistas del estado español y por las dinámicas depredadoras de la globalización”. Como estímulo, el prologuista remite al poema Als joves (1905) de Miquel Costa i Llobera, que con el verso ‘Siau qui sou’ (Sed quienes sois) exhorta a las nuevas generaciones a amar la tierra y la cultura.