Los isleños de la División Azul

En 1942 un contingente de 700 soldados baleares partió hacia Rusia con la famosa unidad con que Franco agradeció a Hitler su ayuda durante la Guerra Civil

Antoni Janer Torrens
21/08/2026 - 08:35 h.
6 min

A las 15.40 h del 23 de octubre de 1940, un mallorquín, Bartomeu Tous, natural de Santa Margalida, fue testigo del histórico apretón de manos que Hitler y Franco se dieron en la estación francesa de Hendaia. Tous formaba parte del equipo de traductores del Estado Mayor del Ejército. Finalmente, no fue el elegido para hacer de intérprete de una reunión donde se debía decidir la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial.

Franco jugó fuerte sus cartas: aparte de alimentos y armamento, exigía principalmente Gibraltar y el Marruecos francés. El Führer consideraba desproporcionadas aquellas demandas. España todavía se estaba recuperando de una devastadora guerra civil y, más que un aliado efectivo, podría convertirse en una carga pesada. Así, al cabo de casi nueve horas, Hitler, enfurecido, dio por finalizada la reunión. Más adelante explicaría al dictador italiano Benito Mussolini que, antes de repetir un encuentro con su homólogo español, habría preferido que le sacaran “tres o cuatro muelas”.

A pesar de la falta de acuerdo, Franco aceptó firmar un “protocolo secreto” de colaboración con las potencias del Eje Roma-Berlín. Este protocolo se concretaría con la conocida División Azul. La participación de los isleños en este contingente militar que luchó a 6.000 kilómetros de casa ha sido estudiada por el historiador Juan José Negreira, autor de varios libros sobre los divisionarios baleares. Él calcula que fueron unos 700. “Esta cifra, pero -asegura-, incluye a los baleares que ya se encontraban en la Península y a los peninsulares que estaban destinados a las Islas”. La División Azul nació en junio de 1941 con el inicio de la operación Barbarroja, la invasión alemana de la Unión Soviética. Había pasado un año de la reunión de Hendaia. Oficialmente aquella brigada se llamó ‘División Española de Voluntarios’. “Fue idea -recuerda Negreira- de la Falange, cuyo color es el azul. De aquí proviene el nombre por el cual la tropa fue conocida popularmente”.

A diferencia del Tercer Reich, que tenía ansias coloniales, los falangistas deseaban ir a la URSS para combatir el comunismo. “Así -asegura el historiador- lo manifestaron a Franco, quien enseguida vio en la División Azul una manera de agradecer al Führer su ayuda en la Guerra Civil con la Legión Cóndor. Era lo que se conocía como el ‘deuda de sangre’. No quería, sin embargo, que fuera una unidad netamente falangista. Entonces, para neutralizar el partido de José Antonio Primo de Rivera, el dictador ordenó que el mando superior de aquella brigada fuera personal del ejército”.

“¡Rusia es culpable!” Quién también ha estudiado la escuadra franquista en la URSS es el historiador sineuer Rafel Cifre, autor del libro División: vivencias de mallorquines alistados a la División Azul, 1941-1944 (autoeditado, 2018). Recuerda que el 20 por ciento de sus integrantes eran universitarios: “No ha habido ninguna otra unidad de combate española tan preparada intelectualmente”. Entre los reclutas azules también hubo musulmanes que habían hecho la Guerra Civil con Franco: “Paradójicamente, aquella gente de una ideología tan diferente fue a ayudar a los precursores de una raza superior”.

En julio de 1941 salió el primer contingente de divisionarios. Lo hicieron espoleados por el ministro de Asuntos Exteriores, el falangista Serrano Suñer. El cuñadísimo de Franco tenía claro cuál era el objetivo de aquella misión: “¡Rusia es culpable! Culpable de nuestra Guerra Civil. Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro fundador, y de la muerte de tantos camaradas y tantos soldados caídos en aquella guerra por la agresión del comunismo. El exterminio de Rusia es una exigencia de la historia y del porvenir de Europa”.

Los voluntarios de Baleares, sin embargo, no partieron hasta un año después. Se les necesitaba en las Islas ante el temor de un ataque de las tropas aliadas o de Italia. Pasada la amenaza, en marzo de 1942 partieron hacia Alemania. Negreira descarta que se apuntaran por razones económicas: “Llegaron a cobrar dos sueldos: el del ejército alemán y el del español. No fueron, sin embargo, por dinero. Las condiciones económicas no salieron publicadas hasta tres días después de la orden de alistamiento de 1941, cuando ya prácticamente todo el mundo estaba alistado”. Cifre recuerda que entre los divisionarios también había gente de izquierdas que quería lavar su expediente. “Es el caso -dice- de un joven mallorquín de Esporles, Antoni Homar Font, que fue el primer mallorquín en morir en la URSS. Él era el secretario de las juventudes socialistas de su pueblo”.

Los españoles se pensaban que aquella misión sería un paseo militar. “Había la sensación -dice Negreira- de que Alemania se alzaría pronto con la victoria. Estaban, sin embargo, muy equivocados. Al llegar a Polonia, enseguida se dieron cuenta de la dimensión de la guerra”. Cifre insiste en que los divisionarios estaban convencidos de que iban contra el comunismo y no contra la población local: “Tuvieron muy buena relación tanto con los rusos como con los judíos, lo que provocó más de un enfrentamiento con los alemanes”.

A lo largo de los dos años de su existencia, la División Azul llegaría a tener cerca de 45.000 soldados. De ellos, 8.700 resultaron heridos y unos 5.000 murieron, entre los cuales había unos 70 de baleares -de los 700 iniciales. En noviembre de 1943, ante el fracaso de la estrategia nazi, la escuadra franquista inició la retirada. Uno de sus altos mandos era el mallorquín José Alemany Vich, padre del periodista Antoni Alemany, que murió una semana antes de volver a casa, durante una celebración castrense. Para quedar bien con Hitler, Franco decidió sustituir la División Azul por la Legión Azul, un contingente menor de 2.199 soldados.

Comiendo ortigasQuienes se quedaron con la miel en los labios fueron unos 500 divisionarios, que, antes de la repatriación, acabaron siendo capturados por los soviéticos. Iniciaron entonces un calvario de once años por diferentes campos de concentración. Lo hicieron al lado de soldados republicanos y de algunos de los famosos niños de la guerra españoles que habían quedado desamparados y que la URSS no quiso retornar a un país que había quedado bajo el yugo del fascismo.

Entre los divisionarios presos hubo dos de los nuestros: Bartomeu Oliver, de Binissalem, que acabaría siendo asesinado por robar patatas para comer, y Andreu Alcover Sanseloni, de Manacor. Su hijo, el político socialista Andreu Alcover, todavía lo tiene muy presente. Él nació en 1966, doce años después de que su progenitor regresara a la isla. “Inicialmente mi padre -recuerda- participó en la Guerra Civil con los insurrectos, primero en Mallorca y después en la Península. En 1942, a 27 años, partió con la División Azul. Siempre me insistió en que no fue como voluntario. Fue un superior quien le obligó”.

Alcover fue hecho prisionero por los soviéticos el 10 de febrero de 1943 en la fatídica batalla de Krasny Bor librada cerca de Leningrado. Durante dos horas 5.900 divisionarios se enfrentaron a 44.000 rusos. Murieron 1.125 españoles. “A mi padre -reconoce el hijo- no le gustaba mucho hablar de la guerra ni de sus años posteriores de confinamiento por aquellas latitudes tan frías, de donde volvió con cuarenta kilos menos. Contaba, sin embargo, que vivió situaciones muy dramáticas. El hambre hizo que, como el resto de reclusos, comiera ortigas. Decía que cuando lo hacían sobrevivían más. Desde entonces, en casa, siempre que hacemos arroz brut, le ponemos ortigas”.

Barco ‘Semíramis’ “Mi padre -continúa Alcover- estuvo dos veces ante un pelotón de fusilamiento. No le dispararon porque lo que querían era asustarlo. Al cabo de siete años de no saber nada de él, en Manacor le hicieron un funeral”. Aquel infierno acabó en 1954. Con la muerte de Stalin un año antes, se procedió a la repatriación de todos los prisioneros españoles a bordo del barco Semíramis. Entonces tan solo había 229 supervivientes de la División Azul. El buque llegó a Barcelona el 2 de abril, procedente del puerto ucraniano de Odesa. La familia de Alcover se enteró de aquella noticia dos meses antes. “Hubo un radioaficionado de Campos -asegura su hijo- que la oyó por la radio. Entonces cogió la moto y se lo fue a comunicar a nuestra casa, a las afueras. Mi abuelo murió un mes antes de su llegada. Mi padre siempre nos decía que aquel día soñó la muerte de su progenitor”.

A Barcelona la recepción del Semíramis fue apoteósica. Franco, sin embargo, no fue. “En aquel momento -recuerda Cifre- España estaba bajo la órbita de los Estados Unidos y la División Azul era la prueba evidente de la ayuda franquista al fascismo, aunque la excusa había sido combatir el comunismo”. De Barcelona Alcover volvió con otro barco a Mallorca, donde también fue recibido por una multitud de gente. Desde entonces sería conocido como “el ruso”. Murió en 1998 a los 82 años. Antes, en 1962, él y el resto de los 45.000 divisionarios fueron nombrados hijos adoptivos de Santa Eugènia. “Este acto de homenaje -asegura el historiador sineuer- no se ha hecho en ningún otro pueblo de España”.

‘Lili Marleen’ y Mallorca

Hoy ya no queda ninguno de los supervivientes baleares de la ‘División Azul’. Hace unos años el historiador Juan José Negreira tuvo la oportunidad de entrevistar a algunos. Todos ellos coincidían en lo mismo: “Me decían que la guerra está mitificada por el cine. En el frente de batalla no había nada de épica. La prioridad era sobrevivir”.Durante la Segunda Guerra Mundial muchos soldados se consolaron escuchando la famosa canción Lili Marleen, conocida inicialmente como Canción de un joven centinela. Su historia se puede rastrear en el libro de Rosa Sala Rose titulado Lili Marleen: Canción de amor y muerte (2008). La pieza se basaba en un poema que en 1915, durante la Primera Guerra Mundial, había escrito el alemán Hans Leip desde un cuartel de Berlín. Mientras se preparaba para partir a primera línea de batalla, preso del miedo y la nostalgia, el soldado evocaba la despedida con su prometida, Lili Marleen.La canción empezó a sonar cada noche a partir de 1941 desde Radio Belgrado, la emisora militar alemana. Pronto traspasó fronteras gracias a su poder de seducción. La población civil también se la apropiaría. Quien la cantó para los aliados fue la diva de Hollywood del momento, la alemana Marlene Dietrich, considerada una “traidora” por sus compatriotas.La leyenda dice que minutos antes de la emisión de Lili Marleen, los dos bandos enfrentados hacían una pequeña tregua para poder escuchar una letra que les reconfortaba el corazón. No en vano, habla de un soldado que sabe que morirá en la guerra. En la conmovedora estrofa final asegura que, cuando muera, el amor de su Lili será capaz de sacarlo de la tumba y devolverlo a sus brazos: “Si me pasa algo y nadie está contigo, al caer la niebla de la noche yo vendré, bajo la farola, para esperarte y poder estar a tu lado, como siempre, Lili Marlen”. Estos versos finales tan derrotistas no gustaron nada al ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, que intentó prohibirla. Sin embargo, las continuas protestas de sus soldados se lo impidieron.El autor de una de las melodías más escuchadas de la historia del siglo XX fue el alemán Norbert Schultze, que pasó los últimos diez años de su vida en Mallorca. Murió en 2002 a los noventa y un años en una discreta ciudad de Baviera. En nuestra casa, desde su mansión de Portals (Calvià), el compositor gozó de un retiro dorado gracias a los suculentos beneficios de Lili Marleen. Aquí coincidió con Arpad Bondy, músico y hombre de cine que en 1993 decidió hacerle un documental en forma de entrevista titulado Vas besar el cul al diable. En un acto de sinceridad, Schultze admitió que si él se convirtió en el referente musical de Alemania fue gracias al exilio o exterminio de muchos músicos judíos, dotados de un mayor talento. Como recompensa, se salvó de ir a la guerra.

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