Hemos aprendido a habitar el colapso: el apocalipsis nos encontrará mirando el horizonte

Una reflexión sobre el calor, la masificación y el malestar de una isla que se acostumbra a vivir al límite mientras intenta conservar la dignidad

02/08/2026 - 20:22 h.

PalmaHace mucho calor. Polvo en suspensión. Calor y humedad. Otro avión cruza el cielo, turbio y pesado. Calor como de tubo de escape. De lejos no se ve la Tramontana. Tanto calor que no se puede salir afuera. La vía de cintura a las cinco de la tarde. No se puede ni respirar. La autopista, a la altura del aeropuerto, a cualquier hora. Según la previsión, mañana hará todavía más calor. Detienen a dos chicas; dicen que en su casa tenían una bandera con el lema ‘SOS Residents’. Calor y angustia en la calle: no sabemos dónde debemos meternos. Sube la gasolina y, sin embargo, todo quema: fuego en la tierra y fuego en el cielo. Puestas de sol naranjas, bellas como un mal augurio, como punto del desastre. Hace demasiado calor: ¿y si nos quedamos al abrigo del ventilador? Ya es final de mes y tampoco tenemos para gastar. Calor como una olla a presión, como a punto de ahogarnos, como a punto de hacer un trueno.

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Así que me voy al mar. Aquí todo tiene esa calma tensa de justo antes de que el mundo vaya a acabar, como de escena previa al apocalipsis. Y pienso que seguramente el fin del mundo nos encontrará así: con las manos en la cintura y los brazos en jarras, mirando al horizonte, inocentes e incrédulos, como humanos que somos. Un aire cálido, espesísimo, nos envuelve. Salimos del agua porque, aun así, fuera se está más fresco. El mar se revuelve y levanta olas extrañas, que se contradicen entre ellas, de izquierda a derecha. Los perros ladran. Y un velo parece que nos ha apagado el sol para siempre. Todo es raro. Nos hace sentir mal a pleno. Pero no tenemos la madurez que nos hace falta para soportar la realidad.

Hace rato que algo no va bien. Que es cierto, que no se puede estar, que no se puede vivir. Nos hemos hecho una casa en esta incomodidad, que es el único lugar que podemos habitar. Ahí hemos encontrado nuestro sitio. Nos hemos estrechado un poco más: hemos hecho un carril más en la autopista, hemos dejado de ir allá adonde íbamos (de hecho, hemos dejado de ir a cualquier sitio que no sea a casa o al trabajo), hemos cambiado el coche por el transporte público, hemos puesto un aire acondicionado, hemos hecho una lista de los tres o cuatro restaurantes donde todavía no tienen la carta en inglés, hemos desocupado el centro de la Ciudad, hemos alquilado una casa en lugar de comprarla, hemos alquilado una habitación en lugar de una casa. Parece que siempre queda una resquicia de oxígeno en este cubículo que nos han dejado.

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Sin embargo, esta basca siempre nos acaba dando una tregua. Baja un par de grados la temperatura y volvemos a salir a la calle, como si el mundo volviera a ser soportable, como si una alternativa fuera posible. ¿Lo es, posible? No afrontamos tampoco esta parte de la incomodidad, la de pensar que salir a la calle quizás tampoco servirá de nada. Y, a pesar de eso, lo hacemos. Arrastramos los pies con la energía mínima que nos queda y el escepticismo –o la esperanza– de no saber: no saber si vale la pena. Caras hartas, caras agotadas, caras largas hasta el asfalto que, justamente hoy, no bosteza tanto. Y la agonía de la lucha sine die. ¿Lo sabremos, cuando nos haya llegado la derrota?

Y en medio de todo esto, siete letras levitando que nos recuerdan por qué estamos aquí: D-I-G-N-I-D-A-D. Supongo que lo último que nos queda es eso. Porque queremos más vida y menos de todo. Menos heladerías, menos tiendas de gafas de sol y de tartas de queso, menos plástico –menos flotadores, chanclas y ventiladores portátiles–, menos velomares y menos catamaranes. Y ante todo esto, impasible, el canto de La Balanguera. Y contra todo esto, brazos que empujan, cascos que chocan, una mano que se alza, pelotas de foam. “Obligadas a vivir en lucha”: parecía una premonición. O una advertencia.

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Al día siguiente todo parece una pesadilla: el paseo del Born, personas huyendo y turistas cenando. Todo parece la versión perversa de una canción de Antònia Font. O quizá tenía razón el verso de Pere Andreo y lo que ha de pasar es “fer un pet universal i fer reset”. Colapso, distopía, apocalipsis: ¿por qué solo encontramos palabras de ciencia ficción para definir lo que nos está pasando? El campo semántico de la realidad se nos ha quedado corto. Y también es más cómodo pensar que aún no ha llegado el día de pasado mañana; que nos queda un mañana; y que el legado es reversible. Porque hemos dado un respiro: hemos sido 70.000 personas y cuando escribo esto marcan 27 grados. Aún nos queda una tregua antes del trueno final. Mientras tanto, como dice Júlia Colom: “Lo que sa ràbia me deixi és lo que vos puc cantar. Dins meu hi ha un malestar i el cant perquè no creixi”.