Hay un punto de clasismo al odiar la rutina

Es imperativo reapropiarnos de la rutina como ritual improductivo y sagrado. ¿Qué hay más importante que pasar a gusto de lo que hacemos cada día?

15/02/2026

PalmaDesde que disfrutar de la rutina se convirtió en un privilegio, nos han hecho odiarla. "Vuelta a la rutina": siempre en negativo, cargado de pesar. Han mercadeado con la rutina a favor de varios gurús que prometen "despedirse de ellos", como poniendo solución a un problema que no sabíamos que teníamos. En contra de la rutina, han enaltecido la vida de nómada digital, de expat, trabajar desde la playa, las escapadas de fin de semana. Y, poco a poco, la han despojado de lo sagrado, del rito costumbrista, de lo cotidiano, de lo que nos pasa a todos, lo único que nos une y nos hace iguales: el café en el bar, la tarjeta del transporte público, el carrito de la compra. La rutina es lo que nos hace humanos, es lo que nos hace ser buenas personas un rato. Hay un punto de clasismo en el odio a la rutina, a resistirse a ser como un personaje de Cuéntame cómo pasó, es decir, una persona que podría ser cualquiera de nosotros, intercambiable. Hay un punto de superioridad, de creerse menos mortal que el resto, ajeno a las fuerzas de la naturaleza.

Cargando
No hay anuncios

Hemos acabado odiando la rutina porque ya no podemos disfrutar, porque la productividad ha acabado ocupando un espacio tan grande que ya sólo nos deja sitio para la culpa: culpa por no estar sacando provecho de cada segundo. Y la rutina no es eso, la rutina no tiene nada que ver con ser productivas. La rutina es cadencia, la repetición de cosas por defecto, que no se someten al escrutinio de la utilidad, que son perfectas por maestría. Un bálsamo que nos hace más llevadero el día a día. Pequeños paréntesis en los que refugiarnos. Y no poder disfrutarlo significa que hay unos mínimos que no tenemos garantizados. Arañamos el tiempo de las cosas banales, mundanas, hasta reducirlas a trámites, acciones sin gracia ni misterio, como si –al fin y al cabo– éstas no fueran el eje vertebrador de nuestros días, el mayor sector en el gráfico de quesos en que dividimos la vida. ¿Qué hay más importante que pasar a gusto de lo que hacemos cada día?

En mi caso, la lista de cosas que me gusta que se repitan todos los días, o cada semana, debería incluir: merienda las mañanas de un café y una tostada, elegir qué ropa ponerme, tener un día fijado para hacer ejercicio, leer durante el trayecto en bus de ida y vuelta a Palma, ir a la compra y dejar que la cajera cuestione mi elección de patatas para que –segundo y hacer la cena con mi chico, por ejemplo. Si no puedo disfrutar de esto, significa que el resto no está funcionando, que esa semana/mes/trimestre está siendo una mierda, que voy demasiado de culo para dejar que la vida, simplemente, pase. Me encantaría hacerme un favor, no hacerme la vida imposible, no estar enojada todo el día porque debería estar haciendo una de las mil cosas que tengo pendientes. Supongo que se trata también de hacer menos. ¿Alguien lo consigue, hacer menos? No sé si es que yo me resisto, si es un vicio. No sé lo que hago con mi tiempo. Simplemente, no está, y tampoco sé a dónde ir a recuperarlo.

Cargando
No hay anuncios

La rutina nos hace sentir que tenemos el tiempo a nuestro favor

La rutina podría ser la cosa más maravillosa del mundo, si nos ocupáramos de dignificarla. A veces, observa rutinas ajenas, como una espectadora, como si fuera un arte. Cuando todavía el mundo se levanta, desde la ventana del coche, madrugar me llega a parecer un acto poético, como si la vida conservara la pausa que merece. Todo está todavía en su sitio, todo es menos urgente, antes de precipitarse. Lo veo, por ejemplo, en las dos chicas vestidas de uniforme que fuman juntas el primer cigarrillo del día, a las puertas de la tienda, minutos antes de abrir, con la tranquilidad de tener –por ahora– el tiempo a su favor, de saber que aquello es sagrado. Y en mi amigo, que veo atravesar el paso de peatones donde estoy parada, sin decirle nada, sin entorpecer su marcha lenta, previsora, que convierte en un paseo el camino al trabajo. O en mi compañera, que tiene el poder de hacer que la mañana comience un poco más tarde cuando decide salir cinco minutos antes de casa y tomar un café de camino a la oficina, aún somnolienta, en calma, inconsciente.

Cargando
No hay anuncios

La rutina me da certezas, la confianza en que las cosas se pueden cumplir, para bien o para mal. La rutina me da el confort de saber lo que debe pasar, la posibilidad de anticiparme, recrearme pensando en lo que voy a hacer. Es algo a lo que aferrarse cuando es el martes o cuando son las 10 de la mañana. Es la horita de sofá antes de acostarse, la cena del sábado con los amigos, el paseo del domingo con mi madre. Lo que, sin embargo, llegará, y que nos consuela. Un bote salvavidas al que recurrir cuando todo es demasiado incierto, demasiado pesado, demasiado complicado. Pequeñas estaciones de servicio: descansar y proveer de carburante. Si nos lo montamos bien, la rutina pueden ser bocanadas de aire entre brazada y brazada.