Gandalf en el paradero de Ibiza
Mientras el paradero se proyectaba y construía, se han inventado el smartphone y las redes sociales, y el rock prácticamente ha desaparecido
PalmaEn el mundo hay dos cosas eternas: Roma y el paradero de Eivissa. La decisión de construir un paradero en Dalt Vila se anunció en 2004, en 2008 se puso la primera piedra, en 2012 se paró porque se encontraron restos arqueológicos –¿cómo? ¿En Dalt Vila? ¡Increíble!–, se rehizo el proyecto y se reanudó en el 2019, y, finalmente –22 años y 47 millones de euros después–, el lunes 23 de febrero de 2026, se inaugurará.
Mientras el paradero se proyectaba y construía, se han inventado el teléfono inteligente y las redes sociales, se ha puesto de moda el reggaetón, el rock prácticamente ha desaparecido, la extrema derecha ha salido del armario y amenaza con reventar la democracia desde dentro (todo 64.000 habitantes. Pero ni los residentes nuevos ni los antiguos podrán pagarse unas vacaciones demasiado largas en el paradero de Ibiza, que se oferta, en julio, a partir de 512 euros la noche (la habitación más barata, doble estándar con desayuno). Paradores ha prometido descuentos para los residentes; estoy esperando con las tarjetas de crédito en la mano, a ver si me llega para un fin de semana.
La utilidad de tan larga y costosa obra en Dalt Vila debía ser doble. La primera, rehabilitar el antiguo castillo de Ibiza, que había tenido un último uso militar y permanecía abandonado desde 1973, en un proceso de degradación acelerada. Gracias a la persistente desidia de la administración local, y mientras se esperaba el inicio de las obras del paradero, hacia el año 2007 la casa del Gobernador, parte principal del conjunto, se derrumbó. Después de muchas vicisitudes, que incluyen, efectivamente, el descubrimiento de restos arqueológicos, la redacción de un nuevo proyecto y un incremento brutal del gasto –además de infinitas dilaciones burocráticas–, este objetivo se ha conseguido: lo que se podía salvar del antiguo castillo es ahora un establecimiento hotelero y todo resto arqueológico. Dejaremos para otro día el añadido de un nuevo piso a la antigua estructura y la consiguiente ganancia del edificio en altura, lo que ha desfigurado el perfil tradicional de la ciudad de Eivissa.
La magia de Paradores
El segundo objetivo del paradero es más complicado. La idea era que sirviera también para revertir la larga agonía de Dalt Vila. Dalt Vila es Patrimonio de la Humanidad, sí, pero durante seis meses al año es poco más que un decorado esperando a que lleguen los turistas, con una actividad residencial escasa y un movimiento económico nulo. Hay algunos museos, la sede política del Ayuntamiento de Vila… Pero es un barrio muerto. De hecho, el silencio de las calles de Dalt Vila se ha ido esparciendo y ya impregna todo el barrio de la Marina, que también duerme durante el invierno la larga noche de los barrios vacíos. Antes de que la palabra gentrificación se pusiera de moda (una palabra tan fea como el fenómeno que describe), Dalt Vila llevaba años agonizando.
En 2008, el presidente de Paradores de Turismo de España, que da la circunstancia de que era el ibicenco Toni Costa, escribía en Diario de Ibiza: "Un paradero supone un importante revulsivo para la actividad económica de su entorno más inmediato, activando el desarrollo de nueva planta hotelera y de servicios, de equipamientos institucionales y culturales y la mejora de la oferta turística en su conjunto". Amén Dios haga. Ojalá fuera así. Pero la magia no existe. Lo de Dalt Vila no lo arregla ni Gandalf el Blanc si llegara con el caballo. Ni todos los adoradores de Tanit que se junten para rezar. Quizás sí que hay filtros de amor que resultan eficaces. Pero la magia urbanística, sin planificación, no existe. Y el paradero de Eivissa, en realidad, no responde a ninguna planificación; es más bien un parche de urgencia para evitar que el castillo se hundirá entero. A los políticos locales les llegó como el manantiales ex machina de una tragedia griega: salvados por la campana.
Como elemento dinamizador, el paradero de Eivissa pertenece a la categoría del gesto, noble, bienintencionado, pero sin eficacia real. Un gesto que, aunque podía resultar llamativo, ha quedado inmediatamente corregido por la cruda realidad ibicenca: de las 66 habitaciones del paradero, 25 han tenido que sacarse de la oferta y destinar a alojar a los trabajadores. Una decisión prudente, a fin de asegurarse la necesaria plantilla, aunque acorta aún más una oferta de plazas que ya no era muy larga. ¿De verdad los huéspedes de las 41 habitaciones que quedan actuarán de revulsivo? ¿Qué serán, a lo sumo, 80 o 90 personas? Muy alegres tendrán que ser, para dinamizar todo Dalt Vila. Ya pueden ir arrojando billetes de 100 por la calle Mayor. Esto, con el supuesto de que el paradero esté abierto fuera de temporada. Ya veremos.
Los ibicencos debemos agradecer a Paradors que haya salvado el castillo de Eivissa de una degradación brutal. La desidia y el olvido pueden ser en ocasiones más violentos que las acciones; hay algo obsceno al dejar que el patrimonio se degrade lentamente. Era el caso del castillo de Eivissa, residencia del poder político y militar en la isla desde los tiempos de los púnicos. Ojalá me equivoque y el paradero de Eivissa también sirva para llevar algo de vida a las silenciosas calles de Dalt Vila.