Abusos sexuales

“Después de 35 años violada por tres curas, quiero justicia”

Catalina sufrió abusos sexuales desde los 15 hasta los 50 años, perpetrados por su padre y tres religiosos. Ahora, mientras sigue un tratamiento oncológico, espera que la justicia actúe contra los agresores

27/01/2026

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PalmaLas manos de Catalina (nombre ficticio) se mueven sobre la mesa como si fuera un piano. A veces tamborilean con los dedos; otras quedan suspendidas en el aire, quietas, buscando unas teclas que no existen. "Me ayuda a calmarme", dice antes de empezar su relato, que es lo que sigue. Aprendió a tocar el instrumento cuando era niña. Desde entonces, repasar escalas mentalmente o imaginar música le sirve para ordenar el ruido interior. También ahora, mientras espera un juicio que nunca pensó tener que afrontar.

Catalina tiene 55 años. Desde hace meses su cuerpo ha dejado de responder como antes. Los médicos hablan de una desincronización neuronal de origen emocional. Hay funciones básicas que no se activan. "Mi cerebro deja, por ejemplo, de enviar información a la vejiga o crea imágenes visuales inexistentes. Son secuelas irreversibles", explica.

Durante 35 años, Catalina fue violada por cuatro hombres que ejercían autoridad sobre ella. El primero, su padre. Los otros tres, religiosos vinculados a la Iglesia católica: dos jesuitas del colegio Monti-sion de Palma (que responden a las siglas LAS y FMR) y un cura de la diócesis de Mallorca (JCV), todos entre 20 y 25 años mayores que ella. Este año, la Audiencia Provincial de Palma juzgará a los tres sacerdotes por delitos de agresión sexual continuada. El proceso llega con Catalina en tratamiento oncológico por metástasis y años después de que su cuerpo empezara a expresar lo que durante décadas no pudo ni siquiera nombrar. "Quiero justicia", resume. "Y que no vuelva a pasarle a nadie más".

"Eso era normal"

Creció en una familia acomodada, conservadora, católica y "muy autoritaria". En su casa no había opción de cuestionar nada. Obedecer era una obligación y el silencio, parte de la educación. El "buenas noches" de su padre incluía tocamientos desde niña. "Crecí viviéndolo como si fuera normal. Si me lo encontraba por el pasillo, me metía la mano bajo la camisa y me apretaba los pezones".

La primera vez que la violó fue en el velero familiar. Tenía 15 años. "Ponía el barco en piloto automático y ya sabía lo que me esperaba. Lo hacía a plena luz del día. Terminaba, me lanzaba unas servilletas y me decía: 'límpiate, puta'".

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Al volver a casa, Catalina cerró la puerta de la habitación y se lo contó a su madre. "Se limitó a decirme: 'A tu padre hay que obedecerle. Nunca lo abandonaré porque su posición económica es muy elevada. Si lo cuentas, diré que mientes. Es un secreto de familia. Les pasa a todas. No puedes contarlo a nadie. No quiero dejar de ser rica en Palma'", relata. "Mi padre me había dicho que no me moviera mientras estaba dentro de mí porque, si lo hacía, me pegaría. Y mi madre lo aceptaba. Una vez sí le pidió qué me había hecho y él respondió que sólo unas cosquillas. Ella dijo: 'si le haces lo mismo a la pequeña, te mato'. Siempre me he preguntado por qué yo".

En casa y fuera de ella

Era 1985. No existían campañas institucionales ni ningún lenguaje compartido para nombrar la violencia sexual en el hogar. "¿Quién debía decirme que mi padre no podía hacerme esto? Lo normalicé. Estaba convencida de que todas las chicas de mi edad pasaban por lo mismo", continúa. Entró en la congregación mariana del colegio Monti-sion de Palma, donde conoció al jesuita FMR en 1986. "Me preguntó si me apetecía cantar en la coral, me mostró la habitación del piano. Yo siempre estaba en un rincón, callada. Ni siquiera me recuerdo así, pero luego he sabido que a mis profesoras les preocupaba mi aislamiento."

En las entrevistas espirituales, FMR le preguntaba cómo estaba, cómo vivía la fe, qué le preocupaba. En ese clima de confianza, Catalina le contó su situación en casa. "Se repitió la historia. Abusó de mí y empezó a violarme en el despacho del colegio de Monti-sion, en Son Moix. Yo sólo pensaba que si mi padre lo hacía, ¿por qué este cura no?".

El religioso fue destinado a Zaragoza en 1988, pero la requirió varios veranos para que acudiera a unos campamentos infantiles en Las Hurdes (Extremadura). "Dijo a todo el grupo que tenía que dormir en la misma habitación para vigilar que no me suicidase, y me violaba cada noche rodeada de niños. Un día hicimos una fiesta de disfraces. Me robó ropa y, vestido como yo, se puso esparadrapo en la boca, como burla y para hacerme saber que estaba muda, que no podía contar nada. Me pidió fotos desnuda hasta 2021".

El sustituto de F.M.R. en el colegio religioso a partir de 1988 fue L.A.S. Su método de acercamiento a Catalina, según relata, fue idéntico: clima de confianza, figura de poder y sometimiento. Las violaciones no tardaron en llegar. En el despacho del delegado pastoral de primaria de Montision en Son Moix, el mismo de su predecesor. “Yo no cuestionaba nada. De hecho, a veces nos citaba a varias mujeres y teníamos que esperar sus órdenes. Me consta que tenía sexo con otras. Una vez le pregunté si ser sacerdote no le impedía hacer aquello. Me respondió: ‘No pasa nada. Llego a Montesión, se lo digo a un compañero y me absuelve. Son dos segundos’. Se justificaba con la confesión mientras me violaba con la excusa de que yo tendría beneficios con Dios”, rememora.

Silencio

Los abusos iniciados en la adolescencia de la víctima se repitieron durante años, siempre en el mismo contexto de silencio. “Acabé mis estudios, encontré un trabajo y me independicé con 24 años. En ese momento, me violaban tres hombres: mi padre y los dos jesuitas”. Al dejar el domicilio familiar, consiguió zafarse del progenitor, pero comenzaron las visitas del padre J.C.V. Y con ellas, los abusos. “Me había visto nacer. Era el cura de la familia. Nos visitaba una vez al mes. De niños, nos impresionaban sus historias como misionero y capellán castrense. Cuando acababa las reuniones en la parroquia me decia: ‘Vente, me cuentas cómo te está yendo y cenamos. Al llegar solo me ofrecía agua. Abusaba de mí, me decía ‘gràcies, reineta’ al acabar y regresaba a mi casa tan traumatizada que me acostaba con el estómago vacío”, recuerda.

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“Lo que me hacían quedaba como en un mundo ficticio, paralelo a la vida real, en el que entraba y salía. Vivía en una dualidad en la que acudía a la llamada del violador: iba y volvía con las promesas de siempre: que Dios me tenía enchufada y que velaría por mi felicidad gracias a la mediación de ellos. Trasladé la norma por la que la figura de un padre equivalía a silencio”, explica.

Para soportar el dolor y el vacío, el cerebro de Catalina se desconectaba: “Ponía el piloto automático. Me quedaba inmóvil, muerta. Obedecía sus órdenes. Era como un mueble, como si mi cuerpo no fuera mío. Notaba el dolor, pero no sentía nada. Solo deseaba que todo terminara”. El mecanismo, conocido como disociación, se convirtió en una constante.

El cerebro que se apaga

Según explica la psicóloga sanitaria Anna Sala, que ha tratado a Catalina, lo que describe es habitual en víctimas de violencia continuada durante la infancia y la adolescencia. “La disociación es un mecanismo de defensa ante una situación extrema. Permite desconectarse del dolor cuando no hay posibilidad de huida”, señala. “En contextos de abuso sexual, especialmente cuando el agresor es una figura de referencia o autoridad, el cerebro aprende a apagarse para sobrevivir”.

Ese mismo mecanismo, añade, puede facilitar que el abuso se reproduzca en la edad adulta. “Cuando el trauma se instala tan pronto, se normaliza. No hay un límite claro entre lo que está bien y lo que está mal. Si además la otra persona tiene poder, se genera una obediencia tácita”.

Los diagnósticos llegaron tarde: trastorno de estrés postraumático, trastorno límite de la personalidad. Secuelas crónicas que atraviesan todas las áreas de su vida. “Es un trastorno que no se limita a un recuerdo”, señala la psicóloga. “Impregna la forma de vincularse, la autoestima, la capacidad de poner límites. Afecta a toda la persona. Después, terapéuticamente, no te debes quedar con la rabia para poder avanzar y vivir en paz”. Para Sala, Catalina “ha hecho muchos cambios, gracias también a su capacidad intelectual y artística; es otra persona”.

Algo no encajaba

Durante décadas, Catalina no supo poner nombre a lo que le ocurría. Solo sabía que algo no encajaba. “Yo no decía que estaba triste”, recuerda. “Decía que me sentía mal. Pero nunca decía por qué”. Mientras, los intentos de suicidio se sucedían -el primero, a los 27 años-, el paso por la unidad de psiquiatría, los trastornos alimentarios, las terapias. Pero los hechos tras el dolor no salían de su boca.

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Hace ocho años le diagnostican cáncer de mama y la enfermedad psiquiátrica. “A ninguno de los tres les importó”, asegura sobre los religiosos. “Sabían cuál era mi estado y continuaron. J.C.V., por ejemplo, vino a la clínica donde estaba ingresada. Averiguó cuál era mi habitación valiéndose de su condición de sacerdote. Con el alzacuellos puesto, me dio la comunión, retiró las sábanas, me levantó el camisón y me violó. Yo tenía los sueros de la quimio. Mi bloqueo me impedía apretar el botón para llamar a la enfermera. Son enfermos sexuales. Me llegaron a decir que hablarían con Dios para que me curara el cáncer. Los tres han dirigido mi cuerpo para obtener más placer”.

El despertar

Después de años en manos de expertos, el punto de inflexión llegó cuando ya había cumplido los 50 años. “Estaba en una sesión de musicoterapia tumbada, relajada, y vi que un cura me estaba violando. Luego, vi que eran dos más. Todo el puzle empezaba a encajar. Si me preguntan qué pudo hacer clic en mi cabeza, diría que fue cuando el sacerdote diocesano se presentó en mi casa la última vez. Yo tenía todo el torso vendado después de la recontrucción mamaria, estaba llena de puntos y quiso arrancarme las vendas para tocar mis pechos. Exploté. Por primer vez, no obedecí. Lo eché”. Después, Catalina expresó en un taller terapéutico sus vivencias a través del arte: “Ahí pude decir en voz alta: mi padre me violaba. Cuando lo haces, todo cambia. Ya no lo puedes volver a esconder”.

Denunciar

Tras décadas de silencio, Catalina acudió primero a la justicia eclesiástica en 2020. “Nadie dudó de lo que estaba contando”, sentencia. En el ámbito canónico, tanto la Compañía de Jesús como el Obispado de Mallorca reconocieron la existencia de abusos, emitieron cartas de disculpa públicas y a la propia Catalina, y adoptaron medidas disciplinarias contra los tres sacerdotes implicados, entre ellas la prohibición de ejercer el ministerio en público, restricciones en su actividad pastoral y obligación de someterse a una evaluación psicológica. En Roma, el Papa Francisco dictó la pena máxima contra el cura de la diócesis de Mallorca. El Obispado decretó que esa pena máxima era la expulsión del sacerdocio, pero J.C.V. contrató un abogado privado. Recurrió y ganó.

Finalmente, ninguno de ellos quedó fuera de la institución. “Después de que los había denunciado, enviaron a F.M.R. a un campamento con niños de 15 y 16 años. Vino un jesuita a pedirme disculpas por eso. Me parecía increíble”, protesta Catalina, quien pidió explicaciones a la Iglesia sobre que los mantuvieran: “Me dijeron: ‘si los expulsamos como sacerdotes, estamos lanzando delincuentes a la sociedad; entonces, es mejor dejarlos en nuestros conventos’”.

La vía penal

La respuesta de la Iglesia, limitada en términos sancionadores, motivó que la víctima decidiera llevar el caso ante la justicia ordinaria, por la vía penal. “No existe la figura de la víctima de abusos adulta en el derecho canónico”, explica el letrado de Catalina, Nacho Gutiérrez, del despacho Gutiérrez Nadal Abogados. “La Iglesia juzga desde otra lógica. Eso deja a muchas personas fuera”, protesta ella.

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La investigación ha sido compleja. El sumario supera los 600 folios. La causa se instruye en el Juzgado de Instrucción número 5 de Palma. Los tres religiosos, cercanos a los 80 años, están investigados por presuntos delitos de agresión sexual continuada y el procedimiento penal sigue abierto. Los delitos contra el padre de Catalina han prescrito. No así los de los tres sacerdotes: “Nosotros defendemos que los abusos se mantuvieron hasta hace cinco años. Hay que demostrar que se produjeron. Es una cuestión de prueba”, explica Gutiérrez. Pero la tienen y la han presentado ante el juez. Los acusados tenían prohibido contactar con la víctima y L.A.S. no se resistió a hacerlo. Catalina vio la llamada perdida. Se la devolvió y grabó la conversación. “No tenía que haberlo hecho”, responde cuando la víctima le pide explicaciones sobre los hechos ocurridos entre 1988 y 2020. De igual forma, ella le recuerda un episodio concreto, muy explícito: “¿Te acuerdas que había días que F.M.R. me violabais el mismo día y que me cortaba los pezones?”. El querellado responde: “Me acuerdo que una vez había sangre en tus pezones”.

En la sede judicial, dos de los investigados han declarado haber mantenido contacto íntimo con la denunciante, pero limitado a caricias y besos, y sostienen que fue consentido. La investigación se ha prorrogado, antes de que pueda dictarse la apertura de juicio oral. “No los denuncié por dinero. Quería que los retiraran para siempre, para que otras niñas no pasen por lo que pasé yo. Ellos van a por las débiles, a las que están en un rincón, como lo estaba yo porque había algo detrás”, explica Catalina.

Restaurar el olvido

Catalina se toma con cautela el acuerdo alcanzado entre el Gobierno y la Iglesia para que esta indemnice a víctimas como ella bajo la tutela del Defensor del Pueblo. “Formo parte de la lista. Si sumo todo lo que he gastado en terapia y tratamientos… El olvido no me lo van a restaurar. La enfermedad no me la van a curar. Pero al menos que tengan la decencia de cubrirme los gastos que todo esto me ha generado. Me han revisado la discapacidad: tengo un 79% y un 28% de movilidad reducida. Tengo metástasis y un diagnóstico psiquiátrico crónico. Sigo en tratamiento psicológico. Todavía lucho contra la idea del suicidio. Y sí, por supuesto que quiero justicia”, sentencia. Ahora, con los puños cerrados sobre el piano imaginario.

La iglesia asegura que los tres sacerdotes siguen apartados

El caso de abusos sexuales contra tres religiosos en Mallorca sigue bajo investigación en el ámbito penal. En cuanto al ámbito eclesiástico, tanto la Compañía de Jesús como el Obispado de Mallorca han confirmado al ARA Baleares que mantienen a los acusados apartados de cualquier actividad. Según los jesuitas, la situación de ambos religiosos "no ha cambiado" y "siguen sin actividad pastoral ni ministerio público, inactivos y con restricciones de movimiento". Añaden que residen "en una comunidad de la Compañía que supervisa las medidas adoptadas". Por su parte, el Obispado de Mallorca señala que el sacerdote diocesano implicado "sigue apartado y sin funciones asignadas", mientras la causa penal continúa abierta en los juzgados de Palma.