Xenelasia
Uno de los factores que más deben decantar la balanza a la hora de saber si una zona del planeta tiene un futuro o no turístico debe implicar determinar el grado de autoestima o de identidad más o menos marcada que tienen sus nativos. No debe ser sencillo turistificar aquellos lugares donde los autóctonos son cerrados y huraños, entre ellos y delante de los demás, o aquellos lugares donde la lengua local está tan arraigada y es tan impenetrable que los forasteros no terminan nunca de hacerse un lugar ni que lo quieran. En Esparta existía incluso la institución de la ‘xenelasia’, o el derecho de expulsar a los forasteros que pudieran corromper las costumbres locales. El turismo como fenómeno de masas implica, en primer lugar, que la gente está dispuesta a viajar, y que tiene curiosidad y recursos para ver otras zonas del planeta, pero sobre todo implica que buena parte de los autóctonos de un determinado lugar deben cambiar, y no solo de trabajos sino de moralidad y de actitud. Quizás por eso cuando una zona está muy turistificada quien la gestiona ya no son los trabajadores locales sino los inmigrantes, la gente que ha venido de fuera a trabajar, y que puede tener aquel grado de cortesía descomprometida, vacía y estereotípicamente amable que se espera casi en todas partes. El sector turístico tiende a sustituir relaciones personales y arraigadas por la profesionalización de la atención al cliente. Hay muchos lugares de Japón, por ejemplo, donde los turistas no son bien recibidos, y hasta se les niega una mesa en los restaurantes, por mucho que haya sitio para los comensales de la zona. En otros sitios, por ejemplo, no pondrán nunca los menús de los restaurantes en inglés o en cualquier lengua ‘internacional’ o foránea, y quien quiera comer allí que se adapte o aprenda la lengua del país, cosa que contrasta enormemente con lo que hemos hecho en las Islas, por ejemplo, donde nos hemos encargado por sistema de suprimir y ocultar aquello que es propio, desde la cocina a la lengua, por no hablar de los que han hecho este trabajo de vitriolo desde elcastellanismo poniendo todo a los pies de una España que no se adapta a ellos cuando el viaje se hace en sentido contrario. Pero una sociedad sana debería permitirse el lujo de no gustar siempre. Tener horarios particulares, una cocina impresentable o una burocracia pesada para los forasteros. Pero ahora todo se convierte en un producto que debe ajustarse a las expectativas de los visitantes; la turistificación no es solo la llegada de millones de personas, sino la transformación psicológica de una comunidad, que acaba mirándose con los ojos del visitante y modificándose para satisfacer esa mirada sedienta. Es un mecanismo muy profundo porque cuando esto pasa, la renuncia ya no parece impuesta desde fuera, sino que se vive como una decisión libre, casi como una virtud: la de ser siempre amable, estar siempre disponible y ser siempre comprensible. Esta es, probablemente, la forma más sutil y duradera de transformación cultural, el agujero por donde entra un líquido corrosivo que lo acaba matando todo.