Mi última película mental

¿Sois nostálgicos? ¿Enyoráis cosas, personas, lugares y situaciones que incluso no habéis vivido o que ni siquiera deberíais añorar? Yo sí. Y de vez en cuando, cualquier día se puede convertir en un domingo por la tarde. Domingo por la tarde. Todo el mundo sabe identificar el tipo de sentimiento que estas dos palabras invocan: aquellas horas ideadas para replantearte los objetivos de tu vida, reevaluar la felicidad y caer en la trampa de compararte con los demás –mala cosa tener abiertas las redes sociales. Me gusta leer a Alba Tarragó y a su Filla Única, porque siento que en su cabeza también rueda una película de otoño caminando mientras caen las hojas en nuestro Central Park mental. No ayuda escribir estas líneas cuando una tormenta eléctrica ilumina el cielo, que ahora se vuelve oscuro demasiado pronto.

Esta divagación inicial no es aleatoria, es para explicarles la última angustia vital que me asola, que se añade a la lista de la ecoansiedad o la rabia por temas capitales como el acceso a la vivienda y la turistificación masiva. El otro día fui a comprar café a una pequeña tienda, situada en el centro de Inca, que me encanta. Me gusta tanto, que ojalá consumiera café para quedarme allí –más de lo que ya me quedo– escuchando las historias de Miquel, degustar sus productos y seguir las recomendaciones que ofrece. Confesión necesaria para todo aquel que no me conoce: nunca he probado el café más allá de una cucharadita. Soy una loca del té; de aquellas que tienen sabores para la tarde con toques de chocolate, de energizantes para la mañana, tazas a juego con latas, accesorios y una tetera que, cuando se enciende, ya me baja las revoluciones un diez por ciento. Por suerte, en la tiendecita también venden tés, salsa Espinaler, galletas Panne di Stelle, salsas hechas con reducción de bourbon y decenas de productos que ahora se dirían ‘gourmet’.

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Y de nuevo, esto no es lo que me interesa de aquí. Me atrae el pequeño universo que se da cita allí: gente que se detiene a comprar café y, de paso, charla un rato mientras Miquel les prepara un café para que prueben las notas dulces del caramelo que lleva una nueva mezcla que ha traído. Cuando alguien viene a casa le ofrezco una taza de Café Formentó, 100% arábica –como si supiera qué significa eso– y paso a relatarle la historia de este café, que se ideó para acompañar las famosas conversaciones del hotel Formentor y cómo cambió la manera de tostar el grano en Mallorca para adaptarse a los paladares de los distinguidos invitados internacionales. Miquel me lo explicó un día que iba sin prisa: me repasó las notas del gusto, el proceso de tostar el grano, qué supuso para la industria y cómo desapareció hasta que Café Rico recuperó su producción. Sentada en el banco al lado de su mostrador, le escucho fascinada, imaginándome una Mallorca en blanco y negro, cantada por Bonet de Sant Pere, con cafeteros convertidos en alquimistas para recibir a los invitados más distinguidos en el norte de la isla. Miquel hace poco quedó viudo, y de vez en cuando hablamos del duelo, de poesía, del trabajo, del tiempo que hace y también de la vida –una nieta suya nació al mismo tiempo que mi hijo– e intentamos dejar las prisas aparcadas detrás de la pesada puerta de cristal. A veces no funciona, y nuestras interacciones son puramente comerciales y rápidas, indoloras. Otras veces, me acoge como si estuviera en casa, mientras no puedo más cargada con una compra que debían ser ‘cuatro cositas’, y un niño que se rebela incluso contra el aire que respira. Entonces me hace una taza de té y le ofrece una galleta a Marc Martí, y, a mí, esta parada en boxes improvisada me da fuerzas para llegar a casa.

¿Qué pasará cuando Miquel ya no esté? Sus hijos no sé si tienen intención de continuar el negocio familiar, pero, de golpe me invade una especie de tristeza y melancolía. Me imagino el escaparate marrón lleno de tacitas y cafeteras sustituido por luces blancas estériles y maniquíes escuálidos luciendo modelitos fabricados en Turquía. No creo que las vendedoras del emporio de Amancio Ortega me ofrezcan coger al niño mientras me coloco la mochilita o que me inviten a una taza de té. Apenas pueden decir “Hola” por encima de la música estridente y de las montañas de ropa que se acumulan con la misma facilidad con la que acabarán en un vertedero africano. Me da miedo convertirme en una persona que camina y recuerda todo lo que ya no está: los bocadillos de Nenas Bocadillo en Palma; el primer restaurante japonés que existió; Casa Roca y sus bolsas de estraza; la mercería de mi abuelo. Hace tiempo decidí pagar un poco más –o el precio justo– para comprar en el comercio local y evitar hacer clic siempre que puedo. Porque cuando un negocio desaparece, también lo hace un poco nuestro ADN que nos hace únicos como pueblo, ciudad o país. De repente te encuentras caminando por cualquier ciudad que podría ser Dublín, Londres o Madrid con las ‘mismas cadenas de siempre’, las tiendas virales del momento –desde gofres eróticos hasta carcasas de móvil o jamón salado– y una identidad difuminada que nos hace a todos un poco más iguales y menos especiales.