Estos días de celebración patriótica en honor de los futbolistas de España que han ganado el mundial, vemos cómo no hay forma de nacionalismo que no se haga en contra de buena parte de las ‘naciones’ implicadas. España puede ganar a Argentina o a quien sea, pero lo que debería ser el símbolo de una superioridad deportiva de un grupo humano sobre otro se convierte en el emblema del supremacismo de un grupo o de una idea de la nación española por encima de los otros pueblos de España. Son victorias que sobre todo se celebran hacia dentro, y nada hacia fuera. Sirven de cara al interior; los del exterior ni se lo miran o pasan completamente, entre rabiosos o indiferentes. Los que dicen que el fútbol se debe separar de la política deberían admitir, como mínimo, que es imposible separar los resultados deportivos, porque de inmediato son usados políticamente como instrumentos de imposición simbólica, como emblemas de una identidad que borra o arrincona unas otras. Y no hace falta decir que son instrumentalizados por el poder de turno, sea este la monarquía o el progresismo del gobierno de Madrid, que se lo hará venir bien para interpretarlo todo de cara a su trifulca electoralista. España podría ser un proyecto plural, multilingüe, diverso e integrador, no hace falta decir que es teórica e intelectualmente posible, pero en la práctica es un proyecto de disolución, de asimilación y borrado, o que incluso vive con incomodidad, no la catalanidad de algunos jugadores, sino su diferente color de piel o su fe en el Islam. No ha habido ninguna fiesta de celebración del mundial que no se haya erigido en una fiesta de escarnio, donde los cánticos contra las minorías del mismo estado español son habituales, sin ninguna burla por los rivales caídos de camino a la final. Los estados se hacen contra las naciones, no contra los otros estados, que también son máquinas políticas de destrucción masiva de lenguas y diferencias, a las cuales, no hace falta decir, se renuncia de gusto, todo para poder participar del triunfo sin cavilaciones ni mala conciencia. Estamos viendo cómo sobre todo son los niños los que son asimilados en esta clase de explosiones de euforia colectiva, porque sobre todo es una forma de infantilismo, este nacionalismo basado en la ignorancia o el menosprecio o incluso el autoodio que te lleva a olvidar tu identidad o lengua y a querer integrarte en la masa ‘triunfadora’.