Tríptico aterrizado (I): Con espinas

Cuando conocí a Jaume Reus, tenía bien grabada en el tercer ojo la expresión intensísima de un niñito de nueve o diez años en los campamentos de Viu l'Estiu, que se negaba a acostarse a la Victoria clamando: “Quiero vivir! No quiero dormir!”. No me extrañaría que ya os lo hubiera explicado: nos inculcó la premisa; incluso a mí, de siempre deleitándome por holgazanear con un buen libro la mañana entera, pero contando en medio del insomnio las horas que el cuerpo (con sus exigencias esenciales) descuenta a mi paso anecdótico por la tierra. Reflexiono y se me aparece el poeta Jaume C. Pons Alorda, ojos abiertos de par en par y orejas atentas a todos los canteranos de todos los escritores del universo, que admira y escucha “el gusano del papeleo, / la polilla del existir”, mientras chillón extático que “la fiesta es el suicidio de la carne, y la satisfacción / es el Deïcidi / perpetuo / del bosque / y de la miseria” (El corc. Labreu, 2025). Oigo cómo retumba su teclado –eufórico, naturalmente autodestructor.

Hago el esfuerzo de retirarme. Cada instante de vida y cada palabra –que cuenten. En el fondo, ¿no queréis decir que es lo que intentamos todos? Solo que mover las ideas no debería implicar el desplazamiento constante de los cuerpos por la Tierra: se amplían los aeropuertos para acoger unos aviones que vuelan con combustible asesino; y, al mismo tiempo que todo el mundo reniega de los turistas, todo el mundo aspira a ser uno en lugares que no ha pisado. Mover las ideas no debería implicar publicar con frecuencia ‘verborreica: no bastan librerías, revistas ni diarios para albergar todo lo que se presenta como novedad; y, al mismo tiempo que las industrias y empresas excitan drogoadiccionalmente al personal que se autodenomina ‘consumidor’, a las lectoras de fondo se nos frustra y atabala la existencia. 

Cargando
No hay anuncios

Recupero el poemario galardonado con el último premio Ciutat de Manacor 2025: hablando de “la hora en que las flores se cierran”, la poeta Júlia Febrer escribe que “nos condenamos a una estación perpetua, / a perder el mundo / cuando hierve de vida” (Arrel inoïda. Adia Ed.). La sociedad dormida de ritmo frenético ensordece a la escritora, hasta el punto de ahogar los mensajes que las propias raíces envían al resto del cuerpo; y, de escuchar las cigarras, solamente descifra que: “Su grito es deseo / su grito es adiós”. El querer peligra de transformarse en obsesión, sobre todo cuando no encuentra correspondencias; o bien puede transformarse en arte. Todo ello remite al lema apoteósico del protagonista de la novela de Robert Schneider, y seguramente también al traductor, Joan Estrany, mientras trabajaba en ella: Qui estima no dorm (Nova Ed. Moll, 2023) es la consigna que el joven Elias Alder oye proclamar un día cualquiera en un pueblo de mala muerte a un vendedor ambulante. Y, con este adagio y su amor superdotado –por la música, los sonidos de la naturaleza y el latido del corazón de una chica–, se muere de sueño a 22 años.

¡Humanos..! Cuanto más longevos, menos vividos. Insatisfechos con la cantidad de paisajes, ciudades, conocimientos, pieles y versos que experimentamos, por culpa de ir demasiado deprisa; anhelantes por el lugar, ser o poema de más allá, pero contemplándolos de reojo para que nadie llegue, toque, escriba antes. Quizás no haría falta correr si creyéramos, como la ecuatoriana Mafe Moscoso, que “no es nuestro mundo el que se acaba, ni nuestro futuro el que se agota”; pero nuestro contexto sí que son la ‘civilización’ y la ‘cultura europeas’... “La sed, la sed, la sed de eternidad” que ahoga a los náufragos del poeta Bartomeu Crespí. El merecedor del premio Pare Colom 2025 pide al lector: “Y cuando extirpes el tiempo de las horas / busca en la pausa del devenir / un nuevo lenguaje que te pueda resolver / la diferencia entre ‘ser’ y ‘existir’”; al final, confiesa: “No sé nada, / solo que la eternidad es horrorosa”. Antes, sin embargo, justo con el título ya ha asegurado que Mai no ho podràs saber (Lleonard Muntaner, Ed.).

Cargando
No hay anuncios

Conexiones indescriptibles, chispeantes, encienden en el magín el recuerdo de otra lectura iluminadora. Pongo estas sensaciones (¿posmodernas?) en contraste con el abandono tardío de Anatolia, la protagonista de la celebrada novela de Narine Abgarian (Y del cielo cayeron tres manzanas. Trad. Marta Nin. Comanegra, 2021). Una mañana como todas las demás desde que es una mujer madura, se despierta en una aldea montañosa medio desconectada del alboroto nuestro de ahora: un pueblecito con huertos, cabras y habitantes envejecidos; allí, se despierta un buen día, sin hombre ni hijos, con las sábanas empapadas de sangre... y decide asumir que se muere. Ya está. Con todo, es precisamente aquella mañana de pavor y desconcierto que la vida dentro de ella rebrota, que comprende que su soledad era inventada y vuelve a latir con el ímpetu de las primaveras. ¿La contradicción aparentemente insuperable? Cuanto más conscientes somos de nuestro don y más agradecidos nos mostramos hacia los dones recibidos de la tierra, de los demás, de la literatura, más crece el ambivalente, intransigente, deseo de compartir... y preservar.