¿Te sientes verdaderamente español?
“Algunas personas dicen que es posible llegar a ser verdaderamente español/a si una persona se esfuerza. Otras, en cambio, piensan que para ser realmente español/a se ha de haber nacido español/a. ¿Con cuál de estas opiniones está más de acuerdo?”.
No es el inicio de un chiste malo. Tampoco un test de acceso a una academia de patriotas. Es una pregunta real de una encuesta real del CIS, el Centro de Investigaciones Sociológicas de España, que hace poco me invitó amablemente a responder sobre la realidad social del país.
Había un montón de preguntas. Algunas, previsibles. Otras, inquietantes. Pero la batería dedicada al orgullo de ser español o española merecía capítulo aparte: “¿El mundo sería un lugar mejor si la gente de otros países fuera como los españoles?”, preguntaban. Entre las opciones, del totalmente de acuerdo al totalmente en desacuerdo, había un modesto “no sabría qué decir”, pensado seguramente para personas que, en aquel momento, miraban la pantalla alucinados.
También querían saber: ¿Preferiría tener la nacionalidad española antes que cualquier otra?, ¿En general, España es mejor que la mayoría de los otros países?, ¿La gente debería apoyar a su país, incluso cuando este se equivoca?. Esta última me pareció preciosa. El amor ciego, el amor romántico, convertido en estadística oficial. Divino.
Y cuando ya parecía que no se podía ir más allá, llegó la gran pregunta: si me siento verdaderamente española. Verdaderamente. No española a secas. No legalmente. No administrativamente. No según el DNI. Por cierto, ¿quién tiene el carnet? ¿Dónde se recoge? ¿Caduca? ¿Da puntos? No, no es un carnet, ellos quieren saber si te sientes verdaderamente. Verdaderamente, la palabra es magnífica, dramática, densa. Verdaderamente. Como si hubiera una esencia secreta, una especie de denominación de origen que algunos llevan incorporada y otros tienen que ganar a base de esfuerzo –recordemos que una de las respuestas posibles era “Una persona puede llegar a ser realmente española si se esfuerza”.
¿Pero qué esfuerzo, exactamente? ¿Comer más croquetas? ¿O más tortilla de patatas? ¿Saberse todas las estrofas de un himno sin letra? ¿Celebrar los goles de la selección? ¿Pasar calor en agosto sin protestar? ¿Hacer cola sin quejarse? ¿Defender Eurovisión con fervor? ¿O gritar mucho “¡viva!” en momentos concretos?
Yo no sé si al CIS ha entrado la extrema derecha a redecorar despachos o si, muy al contrario, alguien muy, pero que muy fino, ha decidido poner un espejo delante de la sociedad para comprobar cuántas ideas excluyentes, racistas, supremacistas, continúan campando tan tranquilas. Porque en la encuesta esta –la primera a la que me ha invitado el CIS en la vida– solo veo dos opciones: o frivolidad institucional o radiografía precisa de un problema gordo. Lo que sí sé es que la encuesta me dejó perpleja. Y eso ya es mucho, porque a estas alturas les aseguro que una servidora ha visto cosas.