Las redes y la libertad

En pleno debate sobre la libertad, apetece revisitar el s. V a. C., durante la gran revolución democrática. La guerra ha empoderado el demos y el diálogo es una nueva estrategia para llegar a acuerdos. El poder ya no puede limitarse a imponer la realidad. Hacen falta entendimientos más equitativos. Se redistribuye el poder, la sociedad se reequilibra. Empieza así el gran debate sofista: la preeminencia del Physis (la ley natural) o el Nómos (la ley humana).

Physis se rige por principios muy elementales: la búsqueda del máximo placer y el poder de la fuerza. El más fuerte impone su voluntad y, por tanto, su libertad es absoluta. Es la ley de la selva. Nómos, en cambio, es el ordenamiento basado en el acuerdo. Controla la Physis y regula el conjunto. Nómos garantiza una libertad distributiva: cierto grado de libertad para todos, no sólo para los más fuertes.

Cargando
No hay anuncios

El debate se enciende. Algunos se oponen al Nómos precisamente porque restringe la libertad de los 'mejores'. Trasímaco llega a identificar la justicia con lo que resulte más provechoso para lo más fuerte. Al otro lado, Protágoras y otros sofistas defienden la democracia, la ley humana y escrita, fruto del acuerdo, que organiza, redistribuye... Es la protección frente al abuso y la garantía contra la tiranía. Nómos no es una cárcel, sino una herramienta de civilización. El choque intelectual es enorme: la tensión entre aceptar (y sufrir) cómo son las cosas o decidir por nosotros mismos cómo queremos que sean.

A la vista de los debates actuales, parece que todavía estamos en el mismo punto. Pero sin la excusa de los colegas griegos, que no habían vivido la crudeza de los 25 siglos que nos separan.

Cargando
No hay anuncios

Esforza el éxito actual de la versión trumpista de la libertad –no aceptaré ningún límite: hago lo que quiero porque tengo más fuerza que tú– y cómo es aplaudida por un movimiento claramente emergente: la extrema derecha desregularizadora y autoritaria –la democracia me molesta, porque los límites que te protegen condicionan mi santo.

Pero más preocupa la identificación entre 'regulación' y 'coerción' que formula una parte de la izquierda, que invoca ingenuamente una 'libertad primitiva', sin límites, ni regulaciones, ni valores jerarquizados. Veleidades roussonianas, no muy recomendables cuando el fascismo ya está en...

Cargando
No hay anuncios

Seguramente todos somos víctimas de una desafortunada metáfora primigenia: considerar internet como una idílica plaza pública. Suena bien, pero es falso.

Una plaza pública es un espacio seguro, iluminado día y noche, protegido por normativas y ordenanzas, patrullado por la Policía y vigilado por los vecinos, con mantenimiento y revisiones periódicas, y con mobiliario homologado, horarios autorizados y actividades reguladas. La gente es libre en plaza, precisamente porque todo está regulado y su seguridad y participación garantizadas. Por eso nos gustan las plazas, pero internet no lo es.

Cargando
No hay anuncios

Por ahora, internet se asemeja más a un laberinto oscurísimo con innumerables ramificaciones y puertas inquietantes. O en una peligrosa selva en la que imperan personajes perturbadores como Elon Musk y Pavel Dúrov, blandiendo siempre la libertad como escudo y como arma, y ​​protegiendo el negocio, la delincuencia y el anonimato en nombre de esa supuesta libertad. Unos tecnoligarcas que, en plena desintegración democrática, se permite insultar a las instituciones ya sus legítimos representantes. La posmodernidad atraviesa un momento motosierra: desregulación total.

La posibilidad de establecer una edad mínima para acceder a las redes sociales ha saturado estas semanas el debate público con toda casta de argumentos –anecdóticos o de fondo–, aunque, incluso los que se oponen a la regulación admiten que estas plataformas distorsionan nuestra percepción de la realidad con criterios ocultos, que están controladas por monopolios y están controladas por monopolios robarnos los datos y la atención, a base de explotar nuestras debilidades. Los mismos días, la UE reprobaba a TikTok por su diseño adictivo basado en pantallas infinitas, reproducción automática, notificaciones 'push' y un agresivo sistema de recomendaciones.

Cargando
No hay anuncios

Una de las críticas recurrentes a medida es el de la imposibilidad de llevarla a cabo. La misma imposibilidad que en su día sobrevoló las progresivas restricciones del tabaco o el alcohol, especialmente entre los menores.

Una prohibición es una medida muy relevante, que tiene gran poder coercitivo, pero también educativo. Una regulación legítima y justificada –y ésta lo es– produce una notable transferencia en otras esferas de control: familiar, social, cultural... Al margen de la instancia policial o judicial, la prohibición generará una lógica autorregulación y pronto nos escandalizaremos de haber vivido un tiempo en el que era normal dar chupa y móvil a un niño de tres años. O eso espero.