Cuando los gobiernos fallan: el patrón que se repite en las Baleares
Milton Friedman a menudo aparece en el debate público como una etiqueta. Para algunos, es el símbolo del neoliberalismo. Para otros, una referencia incómoda. Pero esta manera de leerlo es poco útil. No nos ayuda a entender los problemas que tenemos hoy. Friedman no escribía contra el Estado. Escribía sobre los errores del gobierno. Su punto de partida era sencillo, pero incómodo: las políticas públicas no solo pueden fallar, sino que tienden a hacerlo de manera sistemática. No por mala fe, sino por cómo están diseñadas.Los gobiernos deciden con información incompleta, responden a incentivos de corto plazo y operan en entornos donde los efectos de las decisiones no siempre son predecibles. Esto no es ideología. Es una realidad.Y esto no es teoría. Lo vemos cada día. En Baleares, por ejemplo, en la vivienda, medidas pensadas para facilitar el acceso pueden acabar reduciendo la oferta o retrasando nuevos proyectos. En otros ámbitos, ayudas directas para poder pagar un servicio pueden acabar presionando la demanda y hacer que los precios suban.El problema no desaparece. Cambia de forma. Y esto no es una excepción. Es un patrón. Políticas que se acumulan sin revisarse, regulaciones que se superponen, decisiones tomadas con urgencia que después quedan. El sistema se hace cada vez más complejo, más difícil de entender y más difícil de gestionar.El problema no es la voluntad. El problema es el diseño. Estos errores no son casuales. Responden a una lógica. Las decisiones públicas a menudo se toman bajo presión, con información incompleta y con incentivos que premian el corto plazo. Una medida puede funcionar hoy, pero generar efectos que solo se verán más adelante. Y cuando estos efectos aparecen, a menudo se responden con nuevas medidas que no resuelven la raíz del problema, sino que le añaden más complejidad.No es un error puntual. Es una dinámica que se repite.Esta dinámica tiene una consecuencia clara: cada nueva política no solo intenta resolver un problema, sino que también cambia el sistema en el que se aplica. Y a menudo lo hace sin que se pueda anticipar del todo. Cuando las reglas cambian constantemente, familias, empresas e inversores dejan de reaccionar solo a la norma y comienzan a adaptarse a la incertidumbre. Esto se traduce en decisiones que se retrasan, en menos actividad y en más prudencia de lo que sería deseable.El sistema se vuelve más complejo, pero también menos previsible. Y esto es exactamente lo contrario de lo que se buscaba.Friedman insistía en que las políticas basadas en reglas claras y estables tienden a generar menos errores que las intervenciones constantes y discrecionales. No porque el mercado sea perfecto, sino porque el gobierno tampoco lo es.Este es el punto central. No se trata de elegir entre Estado o mercado. Se trata de entender que ambos pueden fallar. Y que los fallos del gobierno no son excepcionales ni dependen de una ideología concreta. Se dan bajo gobiernos de todos los colores. A veces fallan por inacción y otras, por una acción errónea. Pero, a menudo, el problema de fondo es el mismo: un diagnóstico equivocado.En Baleares, esto se ve especialmente bien. A menudo se quiere corregir un problema, pero lo que pasa es que se transforma o se desplaza. Y el sistema, en lugar de simplificarse, se complica.La cuestión no es si el gobierno ha de actuar. Es si lo hace con un buen diagnóstico y con reglas que eviten repetir los mismos errores.Porque, si no es así, el problema no es Friedman. El problema es que todavía no hemos asumido del todo que los gobiernos también fallan.