Filosofía

Pensar filosóficamente ahora

En realidad, la luz de las pantallas oscurece, deslumbra y confunde, y nos impide desear saber cómo son realmente las cosas

11/09/2026 - 19:05 h.

PalmaPensar filosóficamente ahora es más difícil que nunca, porque una gran parte de la humanidad ha dado la espalda al pensamiento, ya no se atreve a pensar. Hemos perdido el hábito de leer y la costumbre de pensar. Nos hemos convertido en receptáculos vacíos y pasivos que delegamos por pereza la resolución de los problemas a una minoría de sabios y expertos. Además, esta pasividad se ve agravada por el sesgo de confirmación, un mecanismo psicológico que actúa silenciosamente en nuestras mentes, y por el cual solo escuchamos aquello que queremos escuchar y nos creemos exclusivamente aquello que está de acuerdo con nuestras creencias, con lo que nos conviene y beneficia de manera particular. Ya no buscamos la verdad, sino que consumimos informaciones acríticamente.

La percepción personal es que hemos renunciado voluntariamente a salir de la ignorancia, que, a pesar de saber que vivimos dentro de un mundo engañoso, lo preferimos al mundo verdadero, porque abandonar la fantasía en la cual vivimos instalados requiere demasiado esfuerzo, y porque es mucho más divertido vivir la vida como si fuera un videojuego.

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El conocimiento y la infelicidad

Uno de los mitos contemporáneos más arraigados es que el conocimiento nos hace infelices, que para ser felices debemos ser ignorantes y vivir la vida con indiferencia, porque aspirar a saber es equivalente a desear ser infeliz. El mito de la felicidad traslada la idea de que es mejor esquivar los problemas y vivir despreocupadamente, de manera egoísta, de espaldas a la realidad y a lo que nos rodea, aceptando las desigualdades y las injusticias con resignación y conformismo, aplicando la ley del mínimo esfuerzo, abandonando el espíritu de superación y el deseo de conocer que nos humaniza y nos protege del fanatismo, el odio y la violencia irracional.

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En Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno lanzó una propuesta muy polémica que se resumía en la frase ‘¡Que inventen ellos!’, y que podía interpretarse como una renuncia a la tendencia europeísta de pensar científicamente el mundo a favor de la reivindicación de un pensamiento más místico y literario, la vía reservada a la filosofía española. En las sociedades contemporáneas, la provocación intelectual de Unamuno se ha convertido en el deseo ‘¡Que piensen ellos!’, dirigido hacia cualquier otro, y que se ha visto aún más radicalizado con la aceptación universal de que no es bueno ni conveniente siquiera pensar. De esta manera, se ha popularizado la idea de que no es necesario pensar filosóficamente la existencia ni los valores que deben guiar la conducta y la convivencia, que sencillamente se trata de vivir y ser feliz sin preocupaciones, porque comprender las cosas ha dejado de ser una prioridad, ya que es más cómodo reproducir el relato construido por los poderes económicos y políticos.

La renuncia a la verdad, o posverdad, es una herida personal y social que nunca habíamos tenido tan abierta, y que no solo afecta a la filosofía y a su afán de buscar la verdad y aspirar a la comprensión total, sino que también nos hace vulnerables ante la manipulación y nos deja indefensos ante la explotación y la esclavitud, dado que sin conocimiento no es posible ser libres. Nunca como hasta ahora la ignorancia había adquirido un grado tan elevado de popularidad. De hecho, ser ignorante no solo está bien visto, sino que se percibe como el camino más directo hacia la felicidad, porque el hecho de no pensar se interpreta colectivamente como un bien, una manera saludable de simplificar la vida.

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Por otro lado, ha arraigado el discurso de la democratización de la verdad, que ha equiparado cualquier opinión, incluso la más absurda, al conocimiento. Bajo la falsa idea de que todas las opiniones son igualmente respetables y válidas, se ha impuesto un relativismo epistemológico que defiende la falta de criterios objetivos para determinar la validez y la certeza de un argumento, y que no reconoce ninguna autoridad legítima para decidir qué es verdadero y qué es falso.

Bajo la excusa de que opinar es un derecho que exige por sí mismo el mayor respeto, los charlatanes se han apropiado de los altavoces mediáticos y han intoxicado la opinión pública con sus mentiras y alertas conspiranoicas, protegidos por el marco de referencia posmoderno que aprueba la verdad de todos los puntos de vista. El fenómeno del cuñadismo se ha globalizado y su impacto, antes limitado, ha traspasado las sobremesas y las barras de bar; ahora ha encontrado su refugio más natural en las redes sociales, donde los charlatanes han podido viralizar a gran velocidad su pobreza intelectual.

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Las redes sociales son la nueva industria del entretenimiento total y han sido capaces de captar la atención de los individuos atomizados mediante la personalización de contenidos y el diseño de imágenes y estímulos audiovisuales irresistibles, hechos a medida de gustos y preferencias personales. Este engranaje algorítmico controlado humanamente es una fábrica de nuevos adictos a la ignorancia y al consumo compulsivo de imágenes y tendencias estéticas efímeras, sin pausa ni control ni reflexión.

Cada uno vive recluido dentro de su propio mundo, una burbuja tecnológica que nos acompaña dondequiera que vayamos a través de los dispositivos móviles, nos hace estar hiperconectados y nos exige estar siempre disponibles. Esta disponibilidad sin límites espaciotemporales nos ha robado la privacidad y ha transformado el ocio en un tiempo ocupado, sacrificando el silencio, la pausa y el aburrimiento, inseparables de la filosofía desde su nacimiento y aún imprescindibles para mantener una vida pensada y reflexiva.

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Lo que aparece en las pantallas luminosas genera dos reacciones aparentemente opuestas, pero que se retroalimentan: “No me creo nada” y, por tanto, “me lo creo todo”. De esta credulidad escéptica nace el peligro de discriminar a favor de la mirada y dar por verdadero únicamente aquello que vemos y es tangible. La atención a la mirada y al precepto “si no lo veo no me lo creo” no supone una mirada atenta, sino una sobremirada que pone el acento en el aspecto, en la superficie de las cosas. En realidad, la luz de las pantallas oscurece, deslumbra y confunde, y nos impide desear saber cómo son realmente las cosas.

Filosóficamente, la aceptación de la ignorancia, del ‘solo sé que no sé nada’ socrático, había sido el primer paso hacia el conocimiento. Pero ahora esta declaración de ignorancia ya no se convierte en un estímulo para su superación, sino que se ha convertido en un estado permanente del cual ya no se quiere salir. La ignorancia ya no se tiene que ocultar bajo la mala conciencia de la vergüenza o el ridículo; bien al contrario, se ha extendido el orgullo de ser ignorante, el desinterés intelectual y la parálisis de la curiosidad.

Aprender a pensar

La posverdad afecta muy negativamente la enseñanza de la filosofía porque nutre los prejuicios iniciales del alumnado y la percepción heredada de tener que aprender un saber inútil, que no responde a sus intereses reales muy parcelados y a sus expectativas académicas de especialización. La división radical de los saberes se sostiene sobre el tópico utilitarista dominante, neutraliza la curiosidad filosófica e incrementa las dudas sobre la conveniencia de aprender a pensar, si de todos modos se quieren cursar estudios de arquitectura, medicina, física y alguna ingeniería, o si simplemente uno se considera ‘de ciencias’.

La filosofía que todavía resiste al mercadeo del conocimiento y que no ha renunciado a enseñar a pensar no se posiciona a favor de las ciencias ni de las letras, sino que reclama una educación humanista fundamentada en el reto existencial de querer comprender el mundo en su totalidad, sin levantar fronteras ni trincheras al conocimiento; y naturalmente invita a la desconexión digital y a disputar la verdad con análisis, argumentación, método, pausa y sosiego.