Omar Lamin

No a la guerra: o defendemos la vida o nos convertimos en cómplices

Hay momentos en que el silencio no es prudencia sino complicidad. Momentos en que mirar hacia otro lado no es neutralidad sino renuncia. Y este es uno de esos momentos.

La guerra impulsada por Donald Trump y Benjamin Netanyahu no es inevitable ni justificable. Es una guerra ilegal, injusta y profundamente inmoral. Una guerra que responde a una concepción peligrosa del mundo: la que impone la fuerza por encima del derecho, la que sustituye la diplomacia por las bombas, la que desprecia la vida humana en nombre de intereses geopolíticos.

Ya lo hemos visto antes. En el año 2003, con la guerra de Irak, se construyeron mentiras para justificar una invasión. Hoy se vuelve a recurrir a noticias falsas, mentiras. Pero la realidad es la misma: detrás de estas guerras no hay derechos humanos, hay poder, intereses y negocio.

Ante esto, el gobierno de España ha sido claro. Ha condenado la guerra, ha defendido el derecho internacional y ha apostado por la vía diplomática y humanitaria. Esta es la posición que representa una democracia madura: la de la firmeza con principios.

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Pero mientras se habla de guerra en clave global, sus consecuencias ya están bien presentes en casa. Porque cada bomba que cae, cada ciudad destruida, cada familia rota, se traduce en personas que se ven obligadas a huir, a migrar. Las guerras de hoy son las migraciones de mañana.

Y estas migraciones también llegan a Europa. También llegan a España. Y sí, también llegan a las Islas Baleares.

Por eso es imprescindible decirlo sin rodeos: no se puede criminalizar la migración mientras se calla ante las guerras que la provocan. No se puede levantar muros en el Mediterráneo mientras se tolera la destrucción al otro lado.

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En este contexto, el papel del Gobierno de las Islas Baleares es especialmente preocupante. El Partido Popular liderado por Marga Prohens ha optado por el silencio o por una ambigüedad calculada ante vulneraciones flagrantes de los derechos humanos.

Pero este silencio no es inocuo, este silencio legitima a los “amos de la guerra”, legitima a Vox.

Y todavía es más grave cuando este silencio se produce en el marco de acuerdos con Vox. Porque no se trata solo de gobernar: se trata de qué discursos se normalizan y qué límites se deciden traspasar.

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Cuando se tolera que se deshumanice el sufrimiento de las víctimas de la guerra –incluso el de los niños– no estamos ante una discrepancia política. Estamos ante una quiebra moral.

Hoy, el PP balear ha elegido el camino de la comodidad del poder por encima de la coherencia de los principios.

Decir “no a la guerra” no es solamente una posición de justicia internacional. Es también una posición sobre qué modelo de sociedad queremos ser aquí. Una sociedad que defiende los derechos humanos sin matices. Que entiende que la seguridad real se construye con justicia, no con bombas. Que no da la espalda a quien sufre.

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Porque detrás de cada persona que huye, que migra, hay una historia de supervivencia. Detrás de cada persona migrante, una vida truncada por decisiones políticas tomadas muy lejos, pero con consecuencias muy cerca.

Y ante esto, no hay equidistancias posibles.

Solo hay una opción digna: defender la paz, los derechos humanos y la dignidad de todas las personas.

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Alto y claro: no a la guerra.