Mujeres extranjeras

A los hombres, por lo general, nos importa bastante poco el feminismo. Hay quien se muestra directamente contrario, diciendo que las mujeres son unas exageradas, o que los agravios y desigualdades que manejan ya no tienen fundamento en la sociedad igualitaria y democrática, o que todo ello sólo es una pantomima para mirarse o para recoger subvenciones por la vía del victimismo. Hay quien trata de entenderlo más allá del Día de la mujer, e intenta poner sensatez a un plegado de reivindicaciones que, me parece a mí, tienen todo el sentido, y más aún cuando vemos las cifras de la violencia doméstica y sexual, o las desigualdades económicas más que manifiestas. Sin embargo, es complicado que un hombre se sienta directamente implicado por estas reivindicaciones. Como si las mujeres que nos rodean fueran un país extranjero que tiene sus guerras y miserias e injusticias, que podemos comprender, pero no se espera que hagamos más que simpatizar de lejos y no mostrarnos demasiado partidarios –y colaboradores– de los opresores. Incluso entre las nuevas generaciones parece que esto tiene mala fama, o como si ya fuera un debate superado, o que las mujeres no necesitan ningún tipo de ayuda o apoyo, o bien como si el feminismo fuera el que crea el problema porque entera de un conjunto de diferencias que deberían ser ya invisibles. También hay parte de las mujeres que se sienten más a gusto pensando en la batalla como ganada, o como innecesaria o incómodamente planteada. O que encuentran que el papel tradicionalmente doméstico de la mujer es liberador y fantástico, la tierra prometida y perdida. Sin embargo, a menudo si tuviéramos que dirigir la solución desde una óptica de izquierdas, tampoco queda muy claro qué tipo de políticas se podrían empujar.

El feminismo crea conciencia y, por tanto, es como un termómetro que entera de una enfermedad que preferiríamos que no existiera. Pero está, y es vergonzoso que, siendo las mujeres la mitad de la población, no haya ni más conocimiento ni debate, ni más exigencia colectiva. Yo soy el primero que ni me doy cuenta del privilegio ni de la desigualdad en el trato ni en la conciencia.

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Pero a menudo creo que si las mujeres fueran tan bestias, fanáticas, obcecadas como los hombres, ya habrían ganado. Es como lo que decía Kurt Vonnegut: el bien ganará al mal cuando los ángeles se organicen como la mafia. Pero si no hay más 'problemas' es porque, como en el caso del catalán, debe cansar mucho estar siempre enfadado y trepando por las paredes. Será agotador pasarse el día enrabietado e impotente, ver que todo sigue igual, o que los avances son mínimos, y siempre discutidos por los mismos que ya les va bien mantener la desigualdad. Pero es desde la conciencia de la desigualdad –como catalanohablante, por ejemplo– cómo puedes entender lo que sólo desde el cinismo o el privilegio se es capaz de negar. Se dice que el feminismo también libera a los hombres, pero no sé si acaban de sentir que tienen más que perder que ganar, o que todo, como siempre, sólo es política, o nada que tenga que ver con la felicidad o el amor.