Michael, más blanqueado
El éxito de una película mala hasta la parodia como Bohemian Rhapsody nos ha castigado con un reguero de biopics musicales trazados con el mismo patrón: glorificación del ídolo y pasar de puntillas por las cuestiones más escabrosas de las biografías. A veces, directamente, las ignoran, como si no fueran hechos fundamentales, incluso en la obra artística de los ídolos. No es cine: es gestión de legado.
Se salva la magnífica primera parte de Elvis, a la cual Baz Luhrmann imprimió pulso, personalidad y la electrizante estética para reflejar cómo Presley se apropió de la música de los negros y la popularizó hasta el delirio entre los blancos.
Ahora, la promoción de Michael nos bombardea para que paguemos una entrada al cine y contemplemos cómo, en dos horas, nos relatan la infancia y el salto a la gloria del más célebre de los Jackson. No hay nada que no sepamos. Incluso una miniserie ya dibujó al patriarca como un violento abusador que exprimía a los hijos para conseguir el éxito. Como los miembros de Queen en Bohemian Rhapsody, la familia del cantante de Thriller tiene el control creativo de la cinta. Y cuando la familia controla el relato, desaparecen las sombras.
Solo Janet (mi Jackson preferida musicalmente) se ha desmarcado de un retrato donde no hay rastro de las excentricidades de un adulto infantilizado ni del juicio por pedaófilo.
Si has visto el documental Leaving Neverland, en el que los dos hombres que acusan a Jackson explican los abusos que sufrieron cuando eran niños, difícilmente puedes disfrutar de Michael. Aquí, separar al hombre de su obra deja de ser un debate cómodo: ambos relatos son idénticos, paralelos, sin que se conocieran. De hecho, uno sustituyó al otro como el ‘escogido’ por el ídolo. Cuando crecían, dejaban de servir.
Es cierto que Leaving Neverland sólo retrata a las víctimas. No hay contrapeso. Pero también es cierto que durante el proceso judicial estas voces no tuvieron el mismo crédito, en un contexto en el que al mundo no le parecía sospechoso que un adulto compartiera cama con niños de diez años mientras sus madres dormían en otra habitación.
Hubo familias que, ante la imposibilidad de que nadie las creyera, aceptaron un cheque por su silencio. Mientras tanto, espectadores de todo el mundo volverán a aplaudir en los cines el talento prodigioso de un pederasta cuya historia el cine ha decidido no contar del todo.