Mallorca: entre ‘La Balanguera’ y el mundo

Hay ideas que nacen en un despacho. Otras, en una sobremesa. Y después están las ideas que aparecen cuando alguien lleva demasiado tiempo pensando en una misma pregunta y decide que, en lugar de seguir rumiando solo, es mejor reunir gente y ponerla a discutir en público. La jornada La identidad mallorquina en el siglo XXI: continuidades, fracturas y relatos pertenece, sin duda, a esta tercera categoría.La jornada, organizada por el profesor Ernest Carranza en Can Oleo, en Palma, reunió perfiles diversos, pero muy complementarios. Así, Miquel Sbert y Andreu Ramis reflexionaron sobre el papel de las tradiciones en una sociedad en constante transformación; Mercè Picornell ofreció una mirada especialmente sugerente sobre las nuevas maneras de participar en la mallorquinidad; y finalmente, Antoni Janer coordinó una mesa redonda.Como pasa a menudo con las buenas conversaciones, las jornadas no se acabaron porque se hubieran agotado los argumentos, sino porque los bedeles nos recordaron que, por mucho que discutiéramos sobre el futuro de Mallorca, el edificio cerraba a una hora determinada. Y quizás este es el detalle más importante de todos. Porque, más allá de las ponencias, lo que realmente valió la pena fue la conversación.Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de un debate público. Éramos pocos, sí, pero quizás esa era una parte de la gracia. No se trataba de aquellas charlas donde, antes de sentarse, ya sabes exactamente qué te dirán y donde todo acaba siendo una suma de monólogos paralelos. Aquí pasó otra cosa. Se respiraba aquel ambiente letrado que cada vez es más difícil de encontrar: un espacio donde se puede discrepar sin necesidad de convertir cualquier diferencia en una trinchera.También he de decir que yo también puse mi granito de arena con una comunicación. Se titulaba Relatos en disputa: historia, símbolos e identidad en la Mallorca contemporánea. Mi intervención partía de una idea muy sencilla: las identidades no surgen espontáneamente, sino que son una construcción social. Y, precisamente por eso, también son objeto de disputa. En Mallorca, esta disputa es visible en todas partes. En los nombres de las calles, en la señalización pública, en la escuela, en las jornadas conmemorativas o en la presencia de los símbolos institucionales. Que suene La Balanguera en un supermercado. Que un influencer mallorquín circule con naturalidad por las redes sociales. Que una fiesta popular sea percibida como propia por personas de perfiles muy diferentes. Es aquí, en estos gestos aparentemente insignificantes, donde se construyen las hegemonías culturales. Esta pugna no se divide en dos bandos perfectamente delimitados. Entre el españolismo y el nacionalismo, diríamos. Los debates identitarios, más bien, se mueven en una escala de grises. Porque la realidad es mucho más compleja de lo que a menudo sugiere la tele. Todos sabemos que en Mallorca se puede reivindicar la lengua catalana sin cuestionar el actual encaje institucional; que te puedes sentir mallorquín y español a la vez; o que se puede defender un mayor autogobierno sin ser independentista, por decir algo. En el fondo, el debate es muy simple: ¿quién tiene la capacidad de definir qué es Mallorca?Ahora bien, conviene no perder la perspectiva, porque hay un hecho difícil de rebatir: a pesar de todos los matices, la identidad española en Mallorca goza de una salud envidiable. Su gran triunfo ha sido conseguir que, para una amplia mayoría de la población, sentirse mallorquín y sentirse español no sean identidades en conflicto, sino perfectamente compatibles. Como ha señalado el historiador Ferran Archilés, el proyecto nacional español no solo no ha fracasado, sino que ha demostrado una notable capacidad de integración, incorporando la diversidad regional dentro de un relato ampliamente asumido como natural. Y es aquí donde aparece la gran pregunta: ¿hacia dónde va la mallorquinidad? La respuesta es que nadie lo sabe a ciencia cierta. Pero sí sabemos una cosa: las identidades no son inmutables, sino que evolucionan a medida que lo hacen las sociedades. Pensar que la Mallorca del futuro será exactamente igual que la de hoy es tan ingenuo como creer que la Mallorca actual es la misma que la de hace cincuenta años. Lo que yo creo que puede pasar es que emerja una mallorquinidad ‘light’. Aparentemente menos ideologizada, capaz de integrar una sociedad cada vez más diversa sin renunciar a una parte de la cultura y de las tradiciones. En este nuevo contexto, hay que asumir que esta nueva sociedad incluirá, inevitablemente, mallorquines de orígenes diversos que solo hablarán castellano. La cuestión que queda por resolver, a mi entender, es si estas nuevas identidades quedarán reducidas a una expresión puramente folclórica o si, por el contrario, se transformarán en un proyecto colectivo con capacidad de interpelar a las nuevas generaciones. Esto, probablemente, sí que dependerá de lo que los mallorquinistas seamos capaces de hacer.