Maestro fracaso
Desde hace décadas el prestigio y el reconocimiento del profesorado en nuestra sociedad no ha hecho más que decaer. Un profesor de instituto ya no es más que un pobre desgraciado a los ojos de demasiada gente, parece, a quien desprecian tanto los alumnos inteligentes, que se dan cuenta finalmente de la farsa, como los perezosos o torpes, que se ponen en contra de todo lo que implica arremangarse. Desde la política no se ha sabido dotar de herramientas y de valores a esta profesión, con la excusa del presupuesto o que los institutos solo eran zonas de paso entre la universidad, donde los válidos acabarían de hacerse, y la formación profesional, donde los otros aprenderían un oficio para no morirse de hambre. También ha habido, ciertamente, espíritus acomodaticios, que han hecho bueno el tópico del funcionario vago y escaqueador, que solo busca hacer lo mínimo –repartir fotocopias– y huir de fin de semana. Pero la mayoría son personas entregadas con pasión por el saber y por la transmisión del saber, que disfrutan explicándose y haciendo del conocimiento lo que de verdad es: una aventura. El resto de la sociedad, sin embargo, se ha quedado con la imagen del profesor inútil y sabelotodo, que tiene dos meses de vacaciones, pagas dobles y que cuando puede se coge la baja, no explica gran cosa a los chicos y en el fondo no querría estar allí. Pero lo que ha empeorado el oficio no han sido los profesores sino los alumnos; si estos vinieran con verdaderas ganas de trabajar, aprender y mejorar, los profesores serían los primeros que alucinarían; si los alumnos tuvieran verdaderas ganas de trabajar y de estudiar, la cosa podría llegar a hacerse insoportable para todo el sistema. Lo que ha ido a la baja y lo ha enrarecido todo aún más ha sido la quiebra de la educación básica doméstica, que envía hacia las instituciones –la ley obliga– a chicos que no tienen ganas de hacer nada más que mirar una pantalla o yacer. Si los chicos no creen en el futuro, en el conocimiento, en la mejor progresiva del yo y de la sociedad, en el hecho de que sabiendo cosas pueden tener un buen futuro y una buena vida, es inútil cualquier reforma educativa, incluso de las condiciones de los docentes. Pero el mundo que creen conocer les habla de futbolistas millonarios y youtubers, de impresentables que se hacen ricos con tonterías y sin saber nada. No les rodea una realidad donde el conocimiento parezca tener nada de importancia o prestigio, y aquí radica el problema. A menudo, el mismo profesor que tienen delante no es más que una advertencia, no un ejemplo: como si lo mejor que les pudiera llegar a pasar de sacar buenas notas fuera llegar a convertirse en profesor de Secundaria, con todo lo que implica de frustraciones y de miserias poco o muy económicas (ahora acentuadas por las huelgas). La sociedad, el mundo, no les da la información necesaria para que acaben entendiendo todas las opciones y realidades que hay en un mundo vasto y complejo como el que hay fuera de las aulas. Un mundo que desprecia a los profesores, que se ríe de ellos, tal como el policía nacional que se ha hecho viral por apalear arbitrariamente a una maestra valenciana de sesenta y ocho años.