La irresponsabilidad de alimentar a la islamofobia
PalmaLa extrema derecha juega con fuego. Lo hace de forma deliberada cuando señala a una parte de la población –en este caso la musulmana– como fuente de conflicto, de amenaza cultural y de supuesta degradación social. Alimentar a la islamofobia es un ejercicio de irresponsabilidad política mayúscula, porque las consecuencias de este discurso no son retóricas: impactan directamente en la convivencia, en la cohesión y en la paz social de Baleares.
El relato que mantiene Vox y también una parte de la sociedad –en ningún caso mayoritaria, pero sí de cada vez más numerosa– es conocido y se repite hasta la saciedad. Se dice que la inmigración "invade", que "no se integra", que "quita el trabajo" o que "acapara ayudas". Son ideas simplistas, falsas y perversas que buscan generar miedo y rechazo. Un miedo que se traslada a la diferencia –religiosa, cultural, de vestuario o gastronómica– como si ésta fuera, por sí misma, incompatible con la convivencia. No lo es. La sociedad de Baleares lleva décadas diversa, y buena parte de su progreso económico y social se explica también gracias a esta diversidad.
En sectores como el campo o el cuidado de personas, a menudo invisibilizados, la población inmigrante –una parte de ella musulmana– ha sido clave para sostener actividades que, de otro modo, habrían quedado abandonadas. Negar esta aportación es no querer ver la realidad. Pero aún es más grave convertir a esta misma población en chivo expiatorio de las frustraciones sociales. Hoy en día no existen problemas estructurales de convivencia en las Islas vinculados a la religión musulmana. El riesgo es crearlos. Porque cuando desde tribunas políticas y mediáticas engorda la sospecha permanente, se legitiman actitudes discriminatorias que se manifiestan tanto en las redes sociales como, cada vez más, en el espacio físico. El odio verbal abre la puerta al odio real.
En este contexto, polémicas estériles como la propuesta de Vox –con la complicidad del PP– de prohibir el burka en edificios públicos sólo contribuyen a señalar y estigmatizar. No responden a problemas reales, sino a la estrategia de marcar diferencias y obtener rédito político del conflicto identitario.
El resultado de esta deriva es peligroso: la fractura social. Una sociedad fragmentada por su origen o religión es una sociedad más débil, más injusta y más conflictiva. Y esto no beneficia a nadie, ni a los musulmanes ni a ningún otro colectivo cultural o religioso. El camino debería ser justo lo contrario: fomentar la integración, abrir espacios de encuentro, reforzar los vínculos comunitarios. Ésta es una responsabilidad compartida de quien aspira a gobernar, de los medios de comunicación y también de la ciudadanía en su día a día. Sumar y no dividir. Construir convivencia y no dinamitarla. Porque jugar con fuego puede acabar incendiando lo que, entre todos, ha costado tanto construir: una sociedad plural que ha hecho de la diversidad, hasta ahora, una riqueza y no un problema.