Si Homero estuviera vivo, hablaría de trenes y autobuses
“No hay, ni de lejos, una situación problemática general de transporte público ni de caos”. Estas palabras del consejero de Vivienda, Territorio y Movilidad, José Luis Mateo, me llevan a la conclusión de que este señor no ha cogido un autobús ni un tren en toda la legislatura, excepto cuando se trata de meter una delegación del Gobierno dentro de un vagón vacío para dar algún discurso que encaja dentro del mismo calificativo: vacío.
Estos días hemos sufrido más que nunca las carencias del servicio público que pagamos entre todos. Vivimos una situación distópica y sufrimos una odisea para llegar al trabajo o volver a casa. Si Homero viviera, Odiseo viviría una agonía para volver a casa en un tren de SFM o un bus del TIB. El creador griego tendría material de sobra, porque tenemos un transporte público propio de una ciudadanía de tercera.
Si das un salto por la Intermodal para coger un tren o un autobús, lo primero que notarás es que esta infraestructura no está en absoluto preparada para el verano en una región del Mediterráneo. La temperatura es insoportable. A las personas sanas nos resulta muy molesta, pero para la gente mayor, los niños, los enfermos y las embarazadas es peligrosa. De hecho, me sorprende que todavía no haya habido ningún susto dentro de ese horno. Por no hablar de trabajadores como las mujeres de la limpieza, cuya jornada laboral adquiere la dimensión de un castigo divino. Si el infierno existe, debe ser un lugar muy parecido.
Si coges un autobús, verás cómo el vehículo enfila el camino con el pasillo lleno de gente que no ha podido sentarse, agarrada como puede y resistiendo las sacudidas. Y no pienses que al final te refrescarás. Las sardinas en lata no sienten pasar el aire a su alrededor.
Exactamente lo mismo en los trenes. Basta que mires alrededor y contemples las caras de resignación. Los gobernantes no merecen una ciudadanía como la nuestra, que aguanta situaciones humillantes. Sí, no me he equivocado de palabra: ir en transporte público hoy en día en Mallorca es humillante.
Hablamos de trabajadores, de jóvenes que han quedado con sus amigos, de turistas concienciados que no han alquilado un coche y prefieren usar el transporte público, de señores y señoras mayores que intentan llegar al médico, de personas que tienen la necesidad de arreglar algún papel... Todos humillados por la desidia de los gobernantes, propagandistas que alaban sus hazañas imaginarias y que se desplazan por la isla en vehículo oficial.