Las fiestas de graduación y el silencio

ya no basta acabar un curso. Ahora hay que graduarse. De Infantil, de Primaria, de Secundaria y de Bachillerato. Niños de cinco años con birrete y banda, familias emocionadas, photocall, música épica, discursos trascendentes y una puesta en escena que parece anunciar la entrada a la universidad o el fin de la etapa universitaria cuando, en realidad, solo llega el verano. La ceremonia de graduación se ha convertido en un fin en sí misma.

Es una importación norteamericana, sí, pero sobre todo una vieja tradición de la escuela privada, especialista en convertir cualquier paso administrativo en un acto solemne y preparado para favorecer el consumo. El problema no es la fiesta. El problema es que la escuela pública también se ha apuntado con un entusiasmo sorprendente. Como venía a decir el profesor Josep Ramon Cerdà en X hace unos días, inquieta ver a docentes dedicando esfuerzos a dar trascendencia a un ritual vacío mientras cuesta mucho más encontrar el mismo entusiasmo para discutir qué pasa dentro de las aulas.

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Porque estas graduaciones no surgen de la nada. Se preparan en horas lectivas, movilizan profesorado y alimentan una cultura de la apariencia que tiene poco que ver con el aprendizaje. Es más sencillo organizar un desfile de birretes que afrontar un debate sobre el nivel educativo, la comprensión lectora y el deterioro de la exigencia académica.

Mientras tanto, en Baleares reina un silencio insólito. Mientras los docentes de Cataluña y del País Valenciano han protagonizado movilizaciones para denunciar las políticas educativas, aquí casi no hay protesta. El compañero Jaume Cladera observaba en estas páginas que el conseller Antoni Vera tiene al colectivo satisfecho. Pero no precisamente porque se haya emprendido una reforma profunda para mejorar la calidad de la enseñanza. La receta parece ser otra: complementos económicos, más recursos, menos carga y medidas agradables. Los exámenes se avanzan tanto que en junio muchas aulas funcionan a medio gas, casi vacías. Ahora se añade la promesa de un año sabático para la mayor parte del profesorado, un regalo difícil de explicar cuando cada inicio de curso faltan docentes para cubrir plazas.

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Es una política de satisfacción inmediata. Cada hora dedicada a la fiesta de las graduaciones y cada semana lectiva que se vacía de contenido es tiempo que se resta al objetivo de enseñar. También lo es crear un Bachillerato público reservado a los alumnos excelentes, una idea que recuerda más los modelos selectivos de la enseñanza privada que una escuela pública comprometida con la igualdad de oportunidades.

Pero los docentes casi no protestan. Y todavía hay otro silencio significativo: el de las familias. Durante años plantaron cara a decisiones educativas que consideraban equivocadas. Ahora, demasiados cambios se aprueban sin contar con ellas y sin informarles y su voz casi no se oye. Quizás es porque todo el mundo piensa en la próxima graduación. Siempre es más fácil celebrar una escuela ideal que exigir una mejor.