¿Elegir escuela? ¿O segregar la élite del cabrón?
Hubo un tiempo en que no eran los niños ni las familias quienes elegían escuela. Era la escuela la que los elegía a ellos. Hablamos de una Mallorca que no existe, pero que aún late dentro de los recuerdos de quienes la vivieron y en los cortijos molinados de las casas de aquel tiempo que osan permanecer erguidas en medio del desorden y el desasosiego de hoy.
En casa de mi padre fueron una docena de diez hermanos, y aún hubo uno que no se salvó. El abuelo se fue a La Habana a hacer fortuna. Y debió hacerla, hay que decirlo. Compró Mendia, una posesióncita con capilla del siglo XIV justo enfrente de Santa Cirga, y allí subieron la prole. Hablamos sobre todo de la primera mitad del siglo pasado. Los niños eran espesos, en casa de mi padre (imaginad, dos gemelos consecutivos). Había un maestro, don José, que buscaba alumnos por los alrededores y empezó a hacerles escuela en Mendia mismo. La abuela le daba de comer, como parte de lo que debía cobrar aquel hombrecillo, y para paliar el dicho que ha perdurado hasta hoy: “Pasar más hambre que un maestro de escuela”. Por casa nuestra hay una foto deliciosa, que ilustra este escrito, con el maestro Biel de Son Brun, otro maestro rural que en su casa enseñaba a leer y escribir a los niños de aquel barrio de las afueras. La imagen muestra a los niños y al maestro, boina calada, un día que fueron a merendar al pinar de la Coma, enclave mítico de la memoria infantil manacorense y referenciado también por otro manacorense de aquel tiempo, Guillem d'Efak.
También de aquel tiempo eran las escuelas rurales. La Murtera, tan adentro, lejos de todo, que muchos manacorenses no sabrían encontrarla; el Puig d'Alanar, cerca del mar y cerca de Son Macià; y justo allí al lado, también, la escuela de l'Espinagar, hoy una ruina irrecuperable. El Puig d'Alanar y la Murtera, en cambio, sí han sobrevivido, pero no como escuelas, sino como espacios municipales destinados al disfrute de fiestas pequeño burguesas y otros eventos lúdico festivos. Debieron durar, aquellas escuelas, hasta bien cerca de los años setenta, cuando la vida moderna y el turismo hicieron desvanecerse la Mallorca que los urbanitas de hoy idealizamos acaso demasiado alegremente. Pocos querrían volver, a aquella forma de vivir, si no fuera solo para recuperar la infancia perdida. Ya no hay escuelas rurales, porque los alrededores son una ciudad de miles de habitantes que no viven allí, solo habitan postizamente.
Aquella escuela precaria, sin embargo, sirvió para dar una formación básica a toda una generación que, de otra manera, habría sido analfabeta, como lo eran muchos de sus antecesores directos. Hoy el derecho a la enseñanza es universal e indiscutido. Los hay, sin embargo, que quieren pervertirlo en nombre de la libertad que pregonan los poderosos. El liberalismo nos puede haber caído simpático en la progresión de determinados valores y libertades de carácter más moral o democrático. En cambio, se convierte en una mentira perversa cuando los términos que abordamos suponen una mejora para quienes más lo necesitan. El liberalismo lingüístico es una buena muestra de ello. Después de pisotear durante siglos la lengua de este país para intentar hacerla innecesaria, ahora dicen que cada uno debe ser libre de elegir la que encuentre... Talmente lo mismo pasa con la igualdad entre hombres y mujeres, y ejemplificado en el ingenioso “ni misclismo ni feminismo” que aún hoy algunos cortos de miras miran de enarbolar para mantener su regusto de privilegio.
Y ahora y aquí venimos a hablar del liberalismo escolar, defendido por quienes pretenden blindar los privilegios de quienes ya están instalados en la abundancia y el lujo. El consejero Vera impulsa con vigor inusitado la promesa electoral de la libertad de elección de centro. ¿En nombre de la libertad? ¿O en nombre de la segregación escolar entre la élite y el rebaño? Los niños deben ir a la escuela cerca de su casa y deben socializarse, formarse y educarse con los iguales, con los niños que son vecinos puerta por puerta en la escalera, con los que viven en la misma calle. Las escuelas y los institutos públicos deben adaptarse a las necesidades de su entorno y está claro que deben optar por la metodología que consideren más oportuna y eficaz, pero esto, en ningún caso, debe suponer una excusa para que una familia quiera elegir aquella escuela o aquella otra. De un tiempo a esta parte se usa lo que podríamos llamar 'turismo escolar', una práctica que lleva a cientos de familias a conducir kilómetros y kilómetros cada día para llevar a los niños a la mejor escuela de la comarca, o quién sabe si de la isla. Es una manera más de crear círculos de élite, de desnaturalizar las escuelas que acogen a estos niños externos a sus pueblos y barriadas, y de desnaturalizarlos a ellos, fomentando la egolatría caprichosa que gobierna las cabecitas de tantos de niños y niñas de hoy.
Los colegios e institutos públicos tienen el objetivo de formar a las generaciones futuras. Siempre ha sido así. Pero, en una sociedad diversa, desquiciada y descosida como la de la Mallorca de hoy, su objetivo primordial debe ser garantizar la igualdad de oportunidades entre todos los que vivimos en este paraíso devastado. Y si a los defensores de la libertad no les va bien, que se paguen una escuela privada, que para eso tienen dinero. Elegir escuela no es un derecho. Lo que es un derecho es ir a la escuela cerca de tu casa, recibir una formación igual que la que reciben tus coetáneos y tener las mismas oportunidades que ellos. Si la escuela pública no hace de ascensor social es que no funciona.