La distancia

Cuatro células con infinita carga ética y moral. Un embrión humano de pocos días. 

El 1 de junio, el equipo de Dieter Egli (Universidad de Columbia, Nueva York) publicó en un servidor de preprints (noticia, ni más ni menos, que en el New York Times) la edición de tres genes en embriones humanos con una técnica llamada base editing. Recordemos: los preprints son artículos científicos abiertos al público que aún no han sido revisados por otros científicos de la comunidad.

El base editing, relacionado con el colesterol, y los genes PCSK9’, relacionado con el colesterol, y los genes HBG1 y HBG2, implicados en la producción de hemoglobina. El mismo trabajo, sin embargo, delimita su alcance: la edición no es capaz de llegar a todas las células y –importante– el editor molecular ocasionaba la detención de la división celular. Los autores son explícitos: en el estado actual, la técnica no es aplicable a la clínica.

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El caso reabre un debate de fondo. En 2018, He Jiankui editó embriones con CRISPR y los implantó; nacieron bebés y fue condenado a prisión. Ahora, varios investigadores advierten que estos avances pueden empujar hacia la ‘mejora’ genética de bebés. Pesa también un interés comercial: uno de los coautores del presente estudio es el director clínico de Nucleus Genomics, la empresa de cribado embrionario que financiará la fase siguiente (la investigación con embriones humanos no recibe fondos públicos), polémica por sus anuncios en el metro de Nueva York con la frase "ten el mejor bebé". Editar embriones para curar, recuerda otro investigador, es "una solución que nos empuja hacia un problema mayor", ya que el cribado genético practicado hoy en día ya nos permite seleccionar embriones para esquivar ciertas enfermedades genéticas.

Un caso reciente en España muestra otra grieta en torno a la ciencia y la comunicación. La revista PNAS haretractado un estudio de Mariano Barbacid que había eliminado tumores de páncreas en ratones con una triple terapia. La retractación no cuestiona los datos, sino que responde a un conflicto de intereses no declarado: algunos autores tenían participaciones en la empresa de los fármacos. Meses antes, sin embargo, el anuncio se habíadifundido ampliamente en los medios, y el CNIO recibió una avalancha de consultas de pacientes interesados en un ensayo clínico que aún no existe. El mismo Barbacid había advertido que faltaban años para llegar a él.

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Los dos casos son opuestos: en uno, un resultado preliminar se adelanta a los filtros; en el otro, un trabajo revisado se difunde más allá de lo que los datos sostienen. Ambos con sospechosos conflictos de interés comercial. En el caso de la edición genética de embriones, la empresa implicada se beneficia de una “normalización social” de estos tipos de aplicaciones científicas.

Ya lo hemos comentado en otras ocasiones: la frontera entre promesa e hipérbole es fina. Comunicar bien la ciencia quiere decir situar cada avance con precisión: decir qué se ha demostrado, en qué modelo y hasta dónde puede llegar actualmente. La distancia entre un resultado y una cura no es un defecto a corregir; es el espacio mismo donde la investigación avanza. Mantenerla a la vista, desde el laboratorio hasta el público en general, es también hacer ciencia.