Desigualdad cognitiva

Transcurridos ya algunos años de la pandemia, que implicó una aceleración de la digitalización de la sociedad, llegan a niños a nuestras escuelas que ni siquiera son capaces de sostener la mirada, ni entre ellos ni con una persona adulta. Ocurre sobre todo con las familias con bajos ingresos económicos, porque aunque el uso de las pantallas nos afecta a todos y todas más allá de nuestra condición, son las que más dificultades tienen para acceder a recursos educativos y de crianza para sus hijos e hijas que no impliquen la solución 'fácil' de quedar en casa y enchufarse a una pantalla cada vez más de la televisión, sea del móvil, del gracias a la influencia de internet y las redes sociales. Niños que han socializado, como muchos adolescentes, más con pantallas que con sus iguales, lo que les daría un cierto 'dominio' de la herramienta digital si no fuera porque no tienen la madurez necesaria para su uso responsable.

En Estados Unidos, que está a la vanguardia de muchas cosas buenas, pero bastantes también bien lamentables, la mitad de los adultos no ha leído ni un solo libro durante el año pasado. Y en España, aunque los indicadores del Ministerio de Cultura muestran alguna leve mejora respecto a años anteriores, son todavía una de cada tres personas, el 35%, que dicen no leer nunca o casi nunca. La lectura, como la escritura, no es sólo un instrumento de aprendizaje o de comunicación, sino una herramienta que modela nuestro cerebro, nuestra forma de pensar y nuestra manera de aprender, además de la forma en que nos relacionamos con los demás e interactuamos en sociedad –que es cuanto más aprendemos, en realidad.

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Así es como emerge esta nueva forma de desigualdad social, la desigualdad cognitiva, que va más allá de las desigualdades económicas y educativas, y que afecta a la manera en que nos construimos como seres humanos y nos planteamos el mundo y la vida.

Podemos tratar de rehuir del debate y optar por un optimismo tecnológico que se nos escapa de las manos porque ni siquiera se nos ha permitido el debate social sobre hasta dónde estábamos dispuestos a que internet y los algoritmos colonizaran nuestras vidas –como ahora mismo ocurre con la IA y fenómenos como el uso de imágenes y de imágenes. Pero lo cierto es que deberíamos plantearnos muchas cosas –en la educación y en la sociedad– que nos ayuden a revertir esta tendencia, sin renunciar a lo bueno que nos pueda aportar la tecnología, pero sin perder el control en nombre del negocio de unos pocos.

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Suerte de las familias, que han sido capaces de introducir esta cuestión en la agenda política, y han forzado, en las propias Baleares, a que se limite el uso de los móviles en los centros educativos. Iniciativas loables como el programa FERYA y las acciones de la FAPA-Mallorca también van en el sentido de implicarnos activamente, como progenitores, en este control sobre unas tecnologías que ahora mismo representan una clara amenaza en el aprendizaje y la cognición. Todavía recuerdo la frialdad de Zuckerberg, el dueño de Meta, en la comparecencia ante el Senado estadounidense, para dar cuentas ante las familias con niños víctimas de autolesiones o suicidio por los contenidos que promueven las redes sociales. Las disculpas del multimillonario no han ido acompañadas, dos años después, de ninguna medida reguladora. Por el contrario, uno de los hitos de Trump es proteger los intereses de estas empresas.

La desigualdad cognitiva tiene, por tanto, responsables directos, y estos son los propios dueños de Silicon Valley y las grandes empresas tecnológicas, que curiosamente llevan a sus propios hijos e hijas a escuelas libres de pantallas. El resurgimiento en Europa de escuelas de élite –a menudo con la excusa de un estilo educativo alternativo y pretendidamente 'libre'– sólo accesibles a familias con rentas muy altas, también aquí en Baleares, es una expresión de ello. No todo el mundo tiene acceso a estos recursos reservados para unas pocas familias, y demasiadas veces demasiadas familias ni siquiera pueden permitirse unas extraescolares pagadas.

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Pensar, y sobre todo pensar de forma compleja y crítica, a pesar de ser una necesidad, corre el riesgo de convertirse en un privilegio. La predisposición de una parte de la generación más joven a vivir bajo una dictadura constatada en varios estudios tiene que ver también con esta cuestión. Y la polarización (en la política, en las redes, en la vida cotidiana), como estrategia pensada para mentes que ya operan de acuerdo con estímulos casi pavlovianos.

Cómo nos plantea ese dicho africano: educar no es sólo cosa de los progenitores sino de toda la tribu. Y lo que está en juego ahora mismo requiere grandes dosis de preocupación, pero también de acción. Promover todo lo que implique rescatar a los niños (y también a los adultos) de la esclavitud de las pantallas para que puedan crecer y vivir, efectivamente, libres. Podríamos empezar por volver a impulsar cosas que ya están inventadas, como los clubs de esparcimiento. No haga like, vamos por trabajos.