Cruces y grietas
Vivimos tiempos de cruis y grietas en la vida y la geopolítica. El episodio de Groenlandia –y Venezuela– recuerda hasta qué punto es todo incierto ya punto de cambiar en cualquier momento. En paralelo, estos días en nuestra casa también hemos visto cómo las infraestructuras sólo 'existen' cuando fallan –sobre todo por las (extremas) derechas. El accidente ferroviario de Adamuz ha dejado a más de cuarenta víctimas mortales, con el tráfico de alta velocidad afectado y un país entero en estado de conmoción.
Podemos entender la ciencia bajo la misma lógica. La investigación es también una infraestructura, aunque menos visible, más distribuida, y con efectos que llegan tarde. Cuando se desajusta, no existe un ruido inmediato como el de un tren descarrilado; hay silencios: proyectos que no llegan a empezar, carreras profesionales que se quedan a medio camino, datos que no se actualizan, consorcios internacionales que pierden ritmo... Y, en un sistema global tan interconectado, un año de gobierno en Estados Unidos puede acabar siendo un año de fricción a medio planeta.
El primer gran vector es la financiación y, sobre todo, la incertidumbre. Según Nature, el Congreso de EE.UU. se prepara para rechazar recortes "enormes y sin precedentes" que la administración Trump había propuesto para la ciencia. Ahora bien, el mismo texto subraya dos cosas que explican por qué el daño internacional puede existir igualmente: por un lado, la inversión civil en I+D todavía se proyecta a la baja; por otro, queda abierto si el ejecutivo acabará ejecutando el dinero "tal y como" lo marca el Congreso. Además, cambios en el modelo de concesión de ayudas pueden presionar a la fuerza de trabajo científica, haciendo las convocatorias más competitivas (de difícil acceso) y expulsando talento, incluso si el presupuesto aparentemente aguanta.
El segundo vector es la retirada de la cooperación internacional. El 7 de enero, Trump anunció la salida de más de 60 organizaciones internacionales, incluidas 32 agencias de la ONU. Entre las afectadas se encuentran nombres clave para el conocimiento y la gobernanza global: IPCC (clima), IPBES e IUCN (biodiversidad y conservación), así como la agencia de renovables Irena. Las instituciones aseguran que el trabajo continuará, pero la contundencia de esa retirada implica efectos colaterales aparentemente invisibles: no es sólo una cuestión de dinero, sino de 'mensaje' y de efecto ejemplo; y, además, puede crear vacíos de liderazgo que otros actores podrían llenar.
Mirando hacia adelante, hay una tensión que hay que sostener con serenidad: la política puede sacudir la infraestructura científica, pero la ciencia no se detiene. En 2026 llega con tecnologías que conviene tener en el radar, ya que tienen el potencial de redefinir salud, energía y seguridad: xenotrasplantes acelerados por edición genética; terapéuticas de mRNA más allá de las vacunas; modelado meteorológico y climático con IA; nueva energía nuclear con reactores modulares pequeños; cartografiado del cerebro; exploración espacial y oceánica; y una computación cuántica que comienza a avanzar en corrección de errores.
Las distintas infraestructuras que ayudan a avanzar el conjunto de la sociedad y que mejoran la vida de los ciudadanos –como el entramado ferroviario, como el sistema sanitario público; como la ciencia– necesitan cuidado y financiación estable para seguir siendo competentes y limitar problemas y accidentes futuros. Por tanto, la pregunta no es si la infraestructura es importante –lo es–, sino si decidimos recordarlo antes de que vuelva a fallar.