Crocs ‘Mondo’

Hay límites invisibles que, una vez cruzados, no puedes deshacer. Simplemente, no hay vuelta atrás. A veces son pequeños gestos. Otras, grandes, como votar a Vox, ir a la oficina en chándal o comprarte unas Crocs. En ningún caso quiero decir que los tres compartan suelo moral, aunque para mucha gente que conozco sí que comparten un mismo subsuelo estético.No es mi caso. Porque, como todo el mundo sabe, vivo entregado a la degradación. No hasta el punto de votar a Vox, aunque dado mi historial de negligencia y falta de dignidad nunca lo descartaría, pero sí que tengo unas Crocs (dos pares, de hecho) y cada vez siento más fuerte la llamada del chándal como vestimenta legítima para el día a día. Es cuestión de tiempo. Me enterrarán disfrazado de yonqui, eso lo tengo claro.Los Crocs son siempre fuente de controversia. Algo que me sorprende, porque, si con un elemento somos especialmente maniáticos en términos de vestimenta, es el calzado y si he elegido los Crocs es por una serie de razones imbatibles que todos deberíais reconocer y, por lo tanto, borrar esa cara de sorpresa. Si yo llevo Crocs, deberíais asumir todos que los Crocs molan y agachar la cabeza —para llorar ante la visión de la barbaridad que hayáis decidido poneros en los pies este verano.Porque no hay otra cosa que revele más sobre una persona que los zapatos que lleva. Es un hecho. Por eso siempre me miro los pies. Es como la ensaladilla rusa en los bares de barrio: si es buena, todas las demás opciones de la carta también serán buenas; si sospechas que estás poniendo en peligro tu vida, es posible que hasta el agua con gas te provoque salmonelosis. De la misma manera, el calzado delata dejadez o una mínima actitud a la hora de vestir. Y no es que quiera ponerme dandi, pero en esta vida hay que molar. Al menos, un poco.La pregunta aquí es si se puede molar con unas Crocs y la respuesta, por mucha brand revitalisation que haya hecho la marca americana de zuecos, es que, francamente, no, nada; pero, cualquier alternativa, excepto el zapato cerrado, es todavía peor. Las chanclas no hacen daño a los ojos, pero son incomodísimas, especialmente si tienes que caminar más de siete metros; me abstengo de opinar de las versiones regionales de los zapatos de verano, porque no tengo ganas de que me queméis vivo, pero los mocasines me dan ganas de hundiros la barca, derramarros el gintònic o prenderle fuego a vuestro chalet. Después están las sandalias, que personalmente siempre me han parecido algo como muy grecorromana: el dórico, jónico y corintio del calzado, un poco como ir vestido de boda todo el año.Es, sin embargo, en el mundo de la sandalia donde encontramos la némesis de las Crocs, las Birkenstock, pero aquí es donde saco mis dos argumentos finales.La capacidad de escandalizar de unas Crocs es imbatible: tienes la sensación de que vas a caballo de un sacrilegio cuando las llevas puestas, como si hubieras entrado en una comisaría de policía con tu camiseta de ACAB. ¿Hay algo de aspecto más inofensivo que alguien con los zuecos de Birkenstock? En cambio, a mí no me cuesta imaginarme a alguien con Crocs —o cualquiera de sus imitaciones— armado.De hecho, por aquí va mi argumento final: el largo recorrido de las Crocs en el ámbito sanitario ha dejado claro una de sus grandes ventajas: es fácil limpiarles la sangre. ¿Habéis probado de quitar sangre de la piel vuelta? Vosotros diréis “¿y por qué narices necesitas quitarte sangre de los zapatos, Joan? ¿La sangre de quién?”. Mi respuesta es sencilla, porque, uno, nunca se sabe; y dos, cuidado con pedir tanto, no sea que la próxima vez que las limpie sea tu ADN el que lleve incrustado.