El boomerang
En este mundo se hablan más de 7.000 lenguas. Lamentablemente, sin embargo, más de 3.000 están amenazadas de desaparición. Y no estoy hablando de nuestra lengua catalana, que por mucho que sufra ataques cada día está lejos, todavía, de sufrir las circunstancias que tienen que afrontar las lenguas que de aquí a pocos meses no hablará nadie. Porque estamos dejando morir lenguas a un ritmo furibundo: cada dos semanas desaparece una lengua en este mundo. Esto, en pleno siglo XXI, cuando parece que la IA hace milagros, y que la moralización de la sociedad había llegado a niveles más altos que en ningún otro período de la historia. Porque la inmensa mayoría de personas de este planeta hablan lenguas que son grandes demográficamente hablando, unos pocos centenares de lenguas que acaba hablando el 90% de la población global.
Las razones por las cuales mueren las lenguas, sin embargo, son diversas: pueden morir todos sus hablantes, como ha pasado en África después de algunas epidemias (el sida) o en América después de la llegada de la viruela con la conquista española. Pero lo que las vincula son las presiones de los hablantes de las lenguas dominantes, que acaban convenciendo a los hablantes de las lenguas minoritarias y minorizadas para que las abandonen, convencidos de su irrelevancia o de las pocas oportunidades de ascenso social que les da continuar con su lengua materna. Esto ha pasado sobre todo en Australia, donde, además del genocidio, han sufrido esta marginación en uno de los lugares con más variedad lingüística del planeta, con más de 250 lenguas aborígenes, de las cuales ahora mismo solo hay 14 que tienen una incierta buena salud. Lo que hizo la presión imperial sobre la riqueza lingüística autóctona no nos es desconocido: prohibiciones escolares, desplazamientos forzados, marginación, etc. Palabras que han pasado al inglés y después al catalán, como ‘canguro’, ‘coala’, ‘uombat’ y ‘bumerang’, provienen de lenguas autóctonas australianas, como el dharug, que se hablaba en la zona de lo que sería Sídney, y que, por tanto, recibió más el golpe, tanto de las epidemias que solo afectaban a sus hablantes como la escolarización forzosa en la lengua del colonizador de los niños autóctonos. Sus palabras daban la vuelta al mundo y llegaban a todas las lenguas, pero ellos eran condenados a desaparecer. Toda una lección.
Cuando se pierde una lengua se pierde mucho más que con la caída de un imperio.