Baleares como 'bien posicional'

El economista austríaco Fred Hirsch, figura clave y precursor fundamental de la economía ecologista, en su obra más conocida, Los límites sociales del crecimiento (1976), acuñó el concepto de positional goods –bienes posicionales, o bienes de estatus– en oposición a los bienes materiales: mientras que estos últimos son aquellos que permiten satisfacer las necesidades, los bienes posicionales serían aquellos que, por su escasez y elevado precio, son de consumo exclusivo por parte de los individuos más ricos, que los compran para significarse y posicionarse socialmente.

El término hizo fortuna y fue recogido por muchos autores que han desplegado las implicaciones de este concepto. Uno de ellos es el politólogo norteamericano William E. Connolly, que distingue dos tipos de bienes posicionales: aquellos que sólo limitan su acceso a quien los pueda pagar, y aquellos otros que, pese a que su disfrute es escaso y reservado a las clases altas, generan consecuencias que debemos pagar entre todos. Los primeros son socialmente inocuos o de bajo impacto, pero los segundos aumentan la desigualdad.

Cargando
No hay anuncios

Connolly pone dos ejemplos. La ortodoncia sería un bien posicional del primer tipo. Cuando apareció en el mercado era carísima, sólo accesible a quien podía pagar la fortuna que valía. Ir a la escuela con la boca llena de chatarra era una demostración de estatus, aunque hiciera daño o provocara llagas. Quienes no podían pagarse podían sufrir de envidia, pero no había otros daños colaterales.

El segundo ejemplo de Connolly es otra cosa: son los SUV, los todos terrenos de ciudad. La industria automovilística los introdujo para sortear normativas de emisiones y seguridad. Antes de su abaratamiento y proliferación, los SUV fueron un caso típico de bien posicional cargado de externalidades: su incorporación a las ciudades ya las carreteras supuso la necesidad de ensanchar el ancho de los carriles, aumentaron las emisiones de CO2, incrementándose la gravedad de los accidentes. No para los que iban con un tanque presumido, claro, sino para los demás que circulaban con uno utilitario. Los departamentos de infraestructuras y de tráfico engordaron sus presupuestos para dar respuesta a las implicaciones de la mayor presencia de vehículos pesados ​​en el tráfico urbano e interurbano. Para Connolly, este tipo de bienes posicionales aumenta el gasto para todos sin que se socialice la ventaja de su disfrute.

Cargando
No hay anuncios

Leer la historia económica reciente de las Islas Baleares desde esta perspectiva ilumina algunos fenómenos, porque la industria turística tiene una fabulosa capacidad de multiplicación de bienes posicionales, sobre todo del segundo tipo propuesto por Connolly. Creíamos que sabríamos transformar el turismo de masas en turismo de calidad, pero al final la masa turística no deja de crecer, y el incremento del turismo de lujo ha hecho proliferar bienes posicionales que sólo disfrutan ellos, pero que pagamos entre todos.

Un ejemplo paradigmático es el incremento de la aviación privada. El aumento exponencial de vuelos de jets privados en nuestros aeropuertos es seguramente la máxima expresión de un bien posicional extremo. Y mientras las administraciones realizan campañas para concienciarnos de que debemos reciclar y reducir nuestra huella de carbono, una minoría consume en veinte minutos de vuelo más CO2 que un ciudadano medio en todo un año. Y Aena no deja de advertirnos de que el incremento del tráfico aéreo obligará a ampliar los aeropuertos, que no pagarán los usuarios de los jets sino nosotros.

Cargando
No hay anuncios

Otro: ya hace tiempo que el ciudadano medio de las Islas Baleares ha dejado de poder aspirar a tener una barca –eslora modesta, motorito discreto–, o un huerto pequeñito para hacerle estirada y un arroz con las amistades, porque el mar y el campo se han convertido en un privilegio que expulsa a los residentes.

Y la vivienda, por supuesto. Tratado por los poderes públicos como una mercancía, es el último bien material convertido en bien posicional, y cada vez más exclusivo. La escasez, el valor de distinción y la exclusividad de determinadas zonas empujan al precio de todas las viviendas hacia arriba. Y la turistización de los pueblos y las ciudades, cuyo radio cada vez se ensancha más a partir de los núcleos históricos, provoca un efecto parque temático sin marcha atrás, con la pérdida de la vida comercial de barrio y su sustitución por negocios que dan servicio a los visitantes, no a los locales.

Cargando
No hay anuncios

El puerto de llegada de este viaje es la conversión de las Islas Baleares, enteras, en un enorme, desbocado y obsceno bien posicional. Por último podremos cumplir el sueño de ser un destino de calidad: una calidad tan alta que el precio de la entrada incluye nuestra propia expulsión. No podemos quejarnos: nos gastamos una fortuna en infraestructuras y servicios para los que nos visitan que, cuando tengamos que partir de nuestra casa para no poder pagar el alquiler, podremos decir con la cabeza alta que hemos vivido una temporada en la mejor residencia privada del Mediterráneo.