De Bad Bunny a la menopausia: de hablar de fiestas y a hablar de médicos

La más animada del grupo nos envía publicidad de fiestas sorpresa al grupo de WhatsApp con la esperanza de ilusionarnos y de forzar que nos veamos. Yo rechacé una, porque el anuncio utilizaba canciones de El Canto del Loco y La Oreja de Van Gogh. No tengo inclinaciones sadomasoquistas. Hay quienes se niegan a las sesiones de remember. La mercantilización de la nostalgia agota y es como si nuestros padres quedaran para bailar canciones de Karina o Los Diablos, como en aquella gira conjunta de viejas glorias que bautizaron como Mágicos 60. Con la insolencia adolescente de entonces, me pareció una cosa de viejos. Ahora, una facción de los amigos cerramos un plan que invita a vivir al límite: merendar un domingo a las diez de la mañana.

Nos citamos en una cafetería que se llamaba algo como Antojo’s o Capricho’s, con un genitivo sajón que solo debería estar permitido a las peluqueras de barrio para que sus salones parecieran internacionales y lujosos.

Cargando
No hay anuncios

El bar me gusta tanto como la voz de Amaia Montero. Carta llena de aguacate y panecillos a diez euros. Como llego con la cara magullada –el ojo, como una berenjena– a consecuencia de un desmayo, estoy obligado a ser el primero en poner al día a los demás sobre cómo me va la vida. Pues, peor que un genitivo sajón en el letrero de un comercio. Bebo un poco del matxa de mi amigo. “Me encanta”, asegura, aunque yo creo que tiene gusto a césped triturado. Nos cuenta que a su padre le han detectado un cáncer inoperable y que ha comenzado la quimioterapia. Otra amiga se ventila y resopla, como si el aire acondicionado no funcionara a pleno rendimiento. Premenopausia temprana. “Va y viene. Me vuelve loca. Y hasta que no pasan un año sin tener la regla no te declaran menopáusica”, nos explica. Me parece fascinante la idea de la menstruación como el Guadiana. “Con los 70 euros que me cobra el psicólogo por sesión, no dedicaré ni un minuto a este tema. Que se vaya y me deje tranquila”, zanja.

Entre mis gafas de ocultación dentro de la cafetería, los sofocos y la perspectiva de que si estuviéramos peor seríamos muertos, les muestro cómo me dejaron el pecho en Urgencias para hacerme un electro. Una oveja a medio esquilar. Reímos y pedimos otra tanda de minicroissants fatxendes, rebautizados con un nombre que ya no recuerdo para poder cobrarlos más caros, mientras especulamos sobre si en las fiestas sorpresa del 2046 ya sonarán canciones de Bad Bunny.