Cuando un universo se confirma todavía más grande
Joan Miquel Oliver inicia el reinicio literario con un nuevo trabajo literario que confirma, amplifica y engrandece su cosmovisión única del mundo y de la movida: La vida no son matemáticas en La Magrana. Se trata de un libro, en efecto, difícil de encasillar y, precisamente por eso, decididamente estimulante. Más que una sucesión convencional de relatos, el volumen se construye a partir de ocurrencias, anécdotas, intuiciones, manías, hallazgos, obsesiones, bromas, chanzas y pequeñas epifanías que se van desplegando con una libertad insobornable. Decir que son ocurrencias no es, en ningún caso, una objeción: es una manera de decir y de reconocer la singularidad de una literatura que no necesita someterse a las convenciones narrativas para acabar siendo original. Oliver escribe como quien abre ventanas inesperadas a la realidad y deja entrar todo aquello que habitualmente queda fuera de campo. Y en este universo tan personal pueden aparecer, con la misma naturalidad, el quiosco Alaska, el añorado maestro Toni Artigues, Alexandra Schneider y Jaume Ripoll, de Filmin, convertidos ambos en piezas clave de un universo personal en el que lo cotidiano, lo absurdo, la deriva y la revelación conviven con alegría de verbena.Hay en esta obra una gracia y un ingenio que son profundamente mallorquines, pero que Joan Miquel Oliver lleva hacia un espacio propio, una suerte de surrealismo vital en el que la realidad parece haber sido ligeramente desplazada de su eje habitual. En este sentido, la operación creativa conecta con la de Alice Rohrwacher, capaz de capturar determinadas esencias italianas sin convertirlas nunca en postales. Oliver alcanza hitas similares con Mallorca y sus rincones queridos: espiga la absurdidad, el caos, la ternura, la decadencia, la mala leche, y lo hace con la extraña capacidad de transformar alquímicamente el costumbrismo naftalinoso en delicioso delirio hasta ahora no aprovechado del todo. También habla de películas, canciones, cuadros, libros y desventuras vitales que conforman lo que podría ser el primer escalón de una autobiografía episódica.Quizás lo más interesante de La vida no són matemàtiques es que Joan Miquel Oliver no se limita a repetir las fórmulas que ya conocemos de su trayectoria: amplía su torrente creativo y se aventura hacia una literatura aún más imprevisible, pionera y libertaria. Quien lo lea puede desconcertarse, evidentemente, porque no siempre ofrece las coordenadas habituales de la narratología o del dietarismo, pero este desconcierto es precisamente una virtud: obliga a abandonar expectativas, a dejarse llevar y a aceptar que la literatura también puede consistir en mirar el mundo desde ángulos insospechados. Y esto, en una literatura atropellada como la nuestra, es una rareza que conviene celebrar.