Formentera, el paraíso que los docentes temen: "La mitad del claustro es provisional"

La rotación de profesionales desestabiliza escuelas e institutos, impide consolidar proyectos y obliga a empezar cada curso de cero

La casa de colonias de Formentera.
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PalmaFormentera es la isla poblada más pequeña de Baleares y también una de las más frágiles a la hora de sostener un sistema educativo estable. La triple insularidad, la carencia de vivienda asequible y la presión del modelo turístico convierten cada inicio de curso en una carrera contra reloj para completar las plantillas. Los centros educativos de la isla arrancan cada curso con la incertidumbre de no saber cuántos docentes llegarán, cuántos resistirán todo el año académico y cuántos tendrán que marcharse antes de que acabe. Muchos profesionales temen que les toque ir a la isla. No encontrar vivienda es un problema real, pero siempre les queda, si cabe, la opción de alojarse en la casa de colonias (destinada a estancias cortas).

Durante buena parte del año, Formentera acumula cientos de viviendas vacías, de propietarios que no quieren arrendarlas porque las quieren disponibles en marzo. Es con la llegada de la temporada turística cuando se destinan al alquiler vacacional y se encarecen hasta ser inasumibles para el sueldo docente. Esta realidad expulsa al profesorado de forma sistemática e impide arraigar un proyecto vital mínimamente estable. La consecuencia es una rotación constante, especialmente de interinos procedentes de otras islas, que a menudo sólo pueden (o quieren) quedarse un curso, o incluso menos.

En el IES Marc Ferrer de Sant Francesc esta situación es estructural. El director Jaume Ferrer explica que es un problema que se repite cada curso. "Es habitual: cada vez hay más falta de profesorado porque la profesión docente está cada vez menos valorada. No encontramos a gente que quiera venir a Formentera", lamenta. Ante la falta de candidatos, el centro acaba recurriendo a vías extraordinarias: "Al final, completamos las listas como podemos, con personas que llegan mediante los procesos urgentes, que no siempre tienen los requisitos para impartir docencia, pero que vienen a solucionar un problema educativo. Y lo hacen lo mejor que pueden", explica.

En Formentera, explica Ferrer, es habitual recibir docentes sin experiencia porque es uno de los últimos destinos que la gente elige. El problema no es la llegada de profesorado novel –"somos felices de recibir a la gente que quiere venir", asegura el director–, sino que, cuando ya se han formado y han cogido rodaje dentro del centro, se marchan. "Estamos atrapados en el tiempo. Cada curso es igual, y eso afecta de forma mortal a cualquier proyecto a medio plazo: vivimos al día", dice.

Volver a empezar

La falta de continuidad obliga a los equipos directivos a reiniciar el centro cada septiembre. "Cada año debemos explicar cómo funciona el instituto desde cero y arrancar", señala el director, que reclama medidas específicas para retener al profesorado. "La Conselleria debería sacar normas que premiaran a la gente que viniera a trabajar a Formentera", reclama. Propuestas como contratos blindados de varios años o una puntuación especial en los concursos de traslados aparecen como algunas de las pocas vías para dar estabilidad.

El IES Marc Ferrer tiene 94 profesores, pero sólo una treintena son fijas. El resto de la plantilla cambia constantemente, limitando enormemente la capacidad de consolidar proyectos educativos. "El trabajo del día a día lo hacemos, pero eso no permite iniciar casi nada educativamente, ni consolidar procesos, ni tener un proyecto estable", reconoce Ferrer. Esta provisionalidad también afecta a la organización interna: cuando se proponen cargos o responsabilidades, a menudo todo recae en las mismas personas –las estables.

La vivienda es el gran nudo del problema. "¿Por qué la gente se va? Porque la vivienda es inaccesible", resume el director. En invierno puede haber pisos disponibles, pero muchos desaparecen cuando llega el verano. "Si cada junio tienes que salir del piso, es muy difícil: solo puede aguantarlo profesorado novato y sin cargas familiares", añade. Esta situación afecta directamente a figuras clave como la tutoría. "De los 40 tutores que teníamos planificados este año, 22 ya han partido", dice. Cada año cambian coordinadores, jefes de departamento y miembros de comisiones.

Con el tiempo, los alumnos se acostumbran a esta rotación constante. "Asimilan los cambios porque no tienen otro remedio", explica el director. Cada curso cambian entre 30 y 40 docentes y sólo de forma excepcional algún grupo mantiene al mismo profesor durante varios años. Pese a las dificultades, el instituto funciona gracias al esfuerzo colectivo. "Hacemos trabajo con la mejor voluntad, pero hay problemas que no podemos solucionar". La imposibilidad de crear un proyecto vital a medio plazo, admite, "no invita a quedar en Formentera". "Es una pena, porque mucha gente que viene está a gusto con el centro, pero no pueden quedar", añade Ferrer.

Niños sin referentes

En Primaria, la realidad es muy parecida. En el CEIP Mestre Lluís Andreu de San Francisco, el director, Santi Ramírez, habla de maestros que llegan de forma inmediata para cubrir bajas: "Son un conjunto de profesionales que son 'docentes exprés' y cada semana se organizan según las bajas que hay", expone. El procedimiento urgente se activa después de una semana sin cobertura ordinaria (no es raro que alguien coja la plaza y renuncie a ella). Este sistema permite ganar tiempo pero consolida una dinámica de provisionalidad permanente. De 29 profesores que tiene la escuela, más de la mitad son interinos. "La mitad del claustro es provisional", reconoce Ramírez. A esto se suma el hecho de que un 30% del profesorado tiene la plaza asignada en el centro, pero está en comisión de servicios y muchos de ellos nunca han ido. No les ponen cara. Estas plazas se cubren con interinos, que a menudo no pueden repetir, aunque quieran.

La inestabilidad tiene un impacto directo en los alumnos más pequeños. "Ver las mismas caras es importantísimo para un niño", afirma Ramírez. No es sólo una cuestión organizativa: los vínculos que se crean un curso se rompen lo siguiente cuando el maestro se va. Aunque los niños lo asumen, la situación afecta a la continuidad educativa.

La falta de estabilidad también carga de trabajo al profesorado que sí queda. Año tras año deben hacer de mentores de nuevos docentes, muchos de ellos en su primera experiencia en la escuela pública. Ha habido cursos con casi la mitad del claustro formado por gente muy inexperta, con muchas ganas, pero que requiere un seguimiento constante.

Un camino por recorrer

Las soluciones son conocidas pero difíciles de implementar: incentivos salariales, estabilidad contractual y políticas de vivienda específicas. Ferrer asegura que también es necesario que los jóvenes de Formentera vean la docencia como una opción laboral viable. Mientras, los centros funcionan gracias al compromiso del profesorado que llega, trabaja y se va, convirtiendo la isla, curso tras curso, en un lugar de paso. Con ello, los equipos directivos viven en modo de emergencia, pendientes de bajas difíciles de cubrir, de incorporaciones tardías y de docentes sin conocimiento del centro ni del contexto de la isla.

La Administración aplica soluciones parciales, pero la realidad es frágil: muchos docentes no repiten por la incertidumbre y la precariedad, y la calidad educativa depende más de la voluntad de los profesionales que de una estructura estable. Cada año, mientras los centros educativos intentan cerrar el curso con normalidad, muchos docentes ya saben que tendrán que dejar el piso y buscar otra solución para septiembre, sin garantía de poder volver. Así, realizar escuela en Formentera es un ejercicio constante de resiliencia y adaptación. Mientras no se aborden las causas estructurales, la isla seguirá educando en la provisionalidad, con centros que funcionan, pero difícilmente pueden construir un futuro sólido.

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