Truyol y compañía
'Alquilera' es un reto con algunos tirabuzones añadidos en el que se necesitan muchos elementos en torno a la historia para que el proyecto llegue a buen puerto
PalmaInquilina es la última cucavela teatral de la calórica Julia Truyol. Ella siempre elige bien, desde la compañía con la que se han convertido en referente canónico a otros. Su listón está muy arriba y en esta ocasión, de nuevo, lo ha vuelto a franquear con esa naturalidad interpretativa que es marca de la casa. Sin embargo, Inquilina es un reto con algunos tirabuzones añadidos, en el que se necesitan muchos elementos en torno a la historia para que el proyecto llegue a buen puerto. En primer lugar, un buen texto, a partir de una situación a la orden del día, como es el hecho de que un inquilino eche a la inquilina fruto de la desmesura, por decirlo de alguna manera, en la que vivimos ya la que incluso nos hemos acostumbrado como si nada, encogiendo los hombros y uno que le haremos. Poner esta cotidiana circunstancia sobre un escenario tiene el riesgo de convertirla en una pieza costumbrista. No es el caso. Por otro lado, un monólogo necesita muchos alicientes para no adormecer al respetable, que obliga a la protagonista a dar toda una serie de saltos mortales que tan sólo se pueden superar con todo un surtido de registros a un ritmo, si no frenético, con muchas revoluciones, cambiando el tono, yendo desde la desesperación hasta el conformismo, desde el protagonista talante.
Truyol lo hace, va de un lado a otro en una fracción de segundo sin afectación con una sencillez y soltura que hace muy creíble al personaje, tanto que no es difícil pensar que está contando su historia. O acaso deberíamos decir los personajes en los que se va transformando a lo largo de esta hora y pico de un espectáculo muy esmerado. Ya no solo el texto, también el ritmo, preciso y sin descalabro alguno, dirigido por Rubén de Eguía. El espacio sonoro, eficaz y sin mácula, que firma Guillem Rodríguez, ese elemento que siempre parece inexistente y siempre resulta tan importante. Impecable también la iluminación de Mireia Sintes. Todo ello, un espectáculo tan marmóreo como redondo, al servicio de una actriz sin imposibles y un tema tan reiterado como carente de soluciones para resolver una entelequia tan laberíntica y de la que todo el mundo habla. Pero, y si el problema no fuera tan sólo la vivienda. ¿Y si el problema y la solución fueran los sueldos?