Sabores, texturas y más cosas
Una velada sabrosa y suculenta en la tercera entrega de una nueva temporada en el teatro Principal de Inca, cuna de la Orquesta de Cámara de Mallorca, que pudimos oír de nuevo en la iglesia de Llubí
PalmaTercera entrega de una nueva temporada en el teatro Principal de Inca, hogar de la Orquesta de Cámara de Mallorca, que pudimos oír de nuevo en la iglesia de Llubí. Un programa que de por sí ya era bastante apetecible, con un grado de dificultad que lo convertía en valor añadido y con una figura indiscutible, Eduardo Ríos, violinista de la Berliner Philharmoniker, como solista encargado para la ocasión de dar vida al Concierto para violín y orquesta en Re mayor, op. 6. Uno de los conciertos más complicados y el único que compuso Ludwig van Beethoven para el instrumento. Una composición que, como tantas otras, lleva acoplada su leyenda. Estrenada por Franz Clement, recibió la partitura muy poco tiempo antes del concierto, y la interpretó como si fuera casi una primera lectura, pero, además, añadió una sonata suya como cadenza tocada sobre una sola cuerda y con el violín al revés. Tan difícil era la ejecución del concierto que los virtuosos de la época decidieron que era intocable, hasta que, treinta y seis años después del estreno, a la edad de trece años, y con Felix Mendelssohn a la batuta, Josef Joachim la colocó en el pedestal que le corresponde y de donde ya no ha vuelto a bajar.
Tan solo la cadenza del final del primer movimiento,de un virtuosismo extremo, una cuidada y exquisita disección del segundo tema de este Allegro ma non troppo, habría pagado el concierto. Pero era mucho más. La orquesta, en su larga y preclara introducción, con Fernando Valcárcel dirigiendo y Ramon Andreu como concertino, dejaron claro que esta había de ser una velada de nivel superior. Lo anunció el timbal con los cuatro golpes iniciales y lo corroboró el solista justo al tomar parte de esta infinita serie de variaciones, que hacen que todo mantenga el equilibrio estructural imprescindible, hasta llegar a un final majestuoso, delicioso e intrincado.
No era tan solo eso. El concierto tenía un estreno, el Preludio entre luces, de Vicente Olivares, una composición que bebe de los cánones más clásicos y de gran solidez. Entre uno y otro, la Orquesta de Cámara de Mallorca interpretó la Suite de Pulcinella, de Igor Stravinsky, a partir del ballet del mismo compositor que se estrenó en París, con escenografía de Pablo Picasso. Ecléctica, versátil e ingeniosa composición que deviene una divertida metamorfosis entre la música barroca de Pergolesi pasada por el tamiz de un rompedor de oficio. En cualquier caso, un mosaico de gran riqueza que se transforma en un rompecabezas de infinitas texturas, las cuales convierten en protagonistas buena parte de los miembros de la formación, con especial énfasis en lo que se refiere a los cabecillas de la cuerda. Velada sabrosa y suculenta.