Cómo era, Miquela Lladó, según su amigo: “No tenía que golpear ninguna vez sobre la mesa para que la escucharan”
Pere Estelrich, amigo de la cantante y compositora, nos explica los secretos mejor guardados de su infancia
PalmaOyó los primeros jotas y boleros en Valldemossa, de donde era su padre, un pueblo que empezaba, a mediados de los años 50, a ser turístico. Ella nació en 1948 y se crió en Palma, de donde era su madre. En su casa había una pickup que siempre estaba en marcha. Los primeros discos que escuchó fueron Picolíssima Serenata, de Renato Carosone, y Una Casita en Canadá. Le marcaron de una manera especial la canción francesa y los cantautores italianos, pero también desarrolló el gusto por la música clásica: “Adora profundamente Bach”. Es la segunda de tres hermanos: el mayor es Biel, abogado; el pequeño, Rafel, escenógrafo. Ella es compositora, una de las voces más reconocidas de Mallorca: hablamos de Miquela Lladó. Nos la acerca Pere Estelrich, matemático, musicólogo y colaborador de diferentes medios de comunicación.
Se conocieron cuando Pere hacía poco que había estrenado la veintena y Miquela tenía unos 27 años. Eran profesores en la escuela Sant Gaietà de Palma. Conectaron enseguida: “Fue, sobre todo, gracias a intereses compartidos: la sensibilidad por el patrimonio cultural, la música autóctona y una manera muy viva de entender la cultura del país”. Aquella amistad se convirtió en una relación honda y constante, de estas que, dice Pere, “desde el día que conectas no dejas de conectar”.
Recuerda Miquela como una mujer “fresca, en el sentido de alegre y apasionada, con un gran sentido del humor y una energía contagiosa”. Se relacionaba con los alumnos con mucha facilidad. “Era una maestra muy querida, con una autoridad natural que no necesitaba imponerse. No hacía falta que diera ningún golpe encima de la mesa para que la escucharan”, explica. Destaca su gran carácter, vigoroso y sincero: “Si tenía que decir las cosas, las decía. Pero siempre desde una disciplina positiva”.
Miquela era una lectora constante de poesía y ambos compartían muchas complicidades literarias. Pere recuerda especialmente que ella le regaló Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma, y también que le gusta mucho Miquel Martí i Pol. Quizás por eso, incluso ya jubilada, se implicó tanto en los Jocs Florals de Sant Gaietà: “Junto con Puri Reus, era una de las grandes almas: aportaba ideas, ayudaba a los alumnos y mantenía viva la ilusión por el certamen”.
Cantar, bailar y hacer cualquier cosa relacionada con la música era lo que más le gustaba a Miquela cuando era pequeña. Aprendió a tocar la guitarra mirando y escuchando lo que hacían los demás. Y de adolescente descubrió la Nova Cançó. Pere Estelrich dice que, de aquella época, “¡le gustan todos los cantautores!”. Y ella siempre explica que fue en un concierto de Serrat que supo y entendió lo que quería hacer: cantar en catalán. “La música es su vida. Y se emociona con las nuevas propuestas de música popular mallorquina. Ha tenido una mirada abierta y nada crítica con las nuevas generaciones. Le encantan las Pitxorines y tiene debilidad por Aina Tramullas”. De hecho, Pere dice que Miquela “siempre ha sido moderna”: “El primer grupo de música popular que introdujo el bajo eléctrico fue Música Nostra, y también hizo un grupo que se llamaba Siurell elèctric”, explica.
Miquela y Pere se autorregalaron una baldosita con la frase ‘La vida está hecha de pequeños detalles’: ella la lleva en el coche y él la conserva en su casa. Pere cuenta también que Miquela colecciona pisapapeles de cristal y que, siempre que encuentra uno especial, piensa en ella y se lo compra. Son gestos que explican una relación larga y profunda, sostenida durante décadas, y que Pere resume sencillamente: “Ella quiere a mis hijos y yo quiero a los suyos”.