Aquello que el Estado se llevó

Recordamos la historia de los toros de Costitx y su salida de Mallorca, ahora que el gobierno estatal ha denegado su cesión temporal

PalmaCasi al mismo tiempo, hace solo unos días, nos llegaron dos noticias. Una: el Estado denegaba la cesión temporal de las tres cabezas de toro prehistóricas encontradas hace más de un siglo en Costitx, para ser expuestas en el Museo de Mallorca. “El Ministerio de Cultura se ríe de los mallorquines”, manifestaba el presidente del Consell, Llorenç Galmés. Dos: el hallazgo en la sierra de Tramuntana de una pequeña cabeza de toro –¡justamente!–, que esta sí que se quedará en la isla. Recordamos el hallazgo de los toros y cómo y por qué fueron a parar a Madrid, al Museo Arqueológico Nacional (MAN).

Como ha pasado ahora con la cabeza de toro pequeña, el hallazgo se produjo de manera casual, en 1894, cuando, según relata Rafel Horrach, el propietario de Son Corró, en Costitx, trabajaba en la ampliación de unos márgenes. El hecho salió en los diarios y de inmediato se interesó la Sociedad Arqueológica Lul·liana, una entidad nacida, justamente, para la defensa y conservación del patrimonio histórico.

Un grupo de socios, entre los que se encuentran Estanislau Aguiló y Bartomeu Ferrà, vicepresidente de la Comisión Provincial de Monumentos, se desplazaron hasta Son Corró y tomaron fotografías, dibujos y apuntes. No solo había los tres toros famosos, sino mucho más material, entre el que se encontraba, siete pilares cilíndricos, cerámica y fragmentos de hierro, restos humanos y de animales y cuernos para corresponder ya no a tres cabezas de toro, sino a siete.

Los representantes de la Arqueológica Lul·liana advirtieron al propietario que, igual que en los escenarios de los crímenes, no debía mover nada. La desagradable sorpresa que se encontraron, al volver, fue que los pilares habían sido arrancados y la tierra, removida. Parecía como si el propietario hubiera creído en aquella leyenda, tan extendida en Mallorca, sobre los tesoros escondidos por los ‘moros’ al tener que huir por la conquista, y que pensaba que tal vez encontraría uno.

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Nadie movió un dedo por los toros

Pero el poseedor de Son Corró sí que había encontrado un tesoro. En aquel momento, la ley preveía que el propietario de las tierras en las cuales apareciera un hallazgo arqueológico podía pedir una compensación económica. Y él puso precio al lote: 3.500 pesetas, una cantidad muy respetable para la época. La Lul·liana no tenía tantos dineros ni de lejos, así que se dirigió a la Diputación Provincial, para que adquiriera todo aquel material y evitar que saliera de Mallorca. La prensa ya se había hecho eco del interés de algunos anticuarios por obtener las piezas.

Fue en vano: la Diputación solo aceptó de pagar 20 pesetas, para hacer unas réplicas de los toros. Tampoco, relata Josep Mascaró Pasarius, ni el Ayuntamiento de Palma, ni el gobierno civil, ni los mallorquines con posibilidades económicas, movieron ni un dedo por los toros de Costitx. Otra cosa habría sido, probablemente, si se tratara de comprarle un barco nuevo a Alfonso XIII, teniendo en cuenta lo que pasaría el siglo siguiente con su nieto. La Arqueológica abrió una suscripción popular para sufragar el gasto, sin éxito. Por cierto, sí que existen, en Mallorca, unas copias: unas en el Museo de Mallorca y otras en la Casa de Cultura de Costitx.

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Ante esta situación y con la perspectiva de que aquellas piezas acabaran en el museo del Louvre, Bartomeu Ferrà y otro miembro de la Lul·liana, Gabriel Llabrés, se pusieron en contacto con el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, al cual enviaron fotografías y dibujos de las cabezas de toro. Aquel material lo vio en una visita al museo el entonces presidente del gobierno estatal, Antonio Cánovas del Castillo, muy aficionado a las antigüedades, que dio orden de desembolsar las 3.500 pesetas al propietario de Son Corroó. “Esta es la historia auténtica y triste, y la verdad desnuda y vergonzosa”, escribe Mascaró sobre el porqué el Estado se llevó a Madrid estas piezas que, muchos años después, tanto han reclamado los descendientes de los mallorquines que las dejaron ir.

Aquello no tenía tampoco nada de sorprendente. Como escribía un indignado Miquel dels Sants Oliver esta misma época: “Las provincias tenían cuadros, armas, antigüedades de mérito, venga todo a la Corte”. Hacia 1831, el nefast Fernando VII obligó al Ayuntamiento de Palma a ceder a la Real Armería de Madrid la cimera del rey Martí, emblema de la fiesta del Estandarte. En 1870, la Biblioteca Nacional adquirió la colección bibliográfica de tema balear de Miquel Capdebou. Esta vez, al menos, aflojando la bolsa, como en el caso de los toros de Costitx.

Era cuestión de tiempo que alguien se diera cuenta de que, si bien era el Estado el que había pagado las 3.500 pesetas por los toros, resulta que el Estado somos todos: también nosotros, y la parte correspondiente venía de los impuestos de los mallorquines. Rafel Horrach recoge como reclamación de hace ya casi medio siglo la que hizo en 1979 la entonces alcaldesa de Costitx, Maria Antònia Munar, solicitando que las cabezas de bronce fueran trasladadas al Museo de Mallorca. Eran los inicios del Estado de las autonomías: con el centralismo desnudo y crudo era dudoso que se hubieran planteado este tipo de cuestiones, y con el franquismo, mucho menos.

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Devolver los toros “atenta contra la unidad”

Munar se entrevistó en Madrid con el entonces director del Museo Arqueológico Nacional, Martín Almagro. Según la prensa, este le respondió que aquella reivindicación “atentaba contra la unidad de las tierras y los hombres de España”, usando una expresión que era uno de los mantras característicos del lenguaje oficial de la dictadura. Se notaba que justo hacía un par de años que se había estrenado la democracia.

No obstante, aquellas gestiones acabaron dando fruto a largo plazo. En octubre de 1995, los tres toros volvieron a Mallorca, en calidad de préstamo temporal, para la exposición del Museo de Mallorca El santuario talayótico de Costitx, coincidiendo con el centenario del hallazgo. En cien años, el coste de la vida había subido de manera notable: las 3.500 pesetas por las que los compró el Estado ahora habían subido a los 150 millones de pesetas en que fueron asegurados, unos 900.000 euros de nuestros días.

Los toros fueron la pieza estelar de una muestra que también incluía dos piezas descubiertas en el yacimiento aquel mismo año: un guerrero talayótico y una divinidad romana. Después, se los volvió a embalar dentro de sus cajas e hicieron el camino de vuelta hacia Madrid, donde aún continúan.

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El mismo 1995, Son Corró, cuyos terrenos había adquirido el Ayuntamiento, fue objeto de una restauración, dado que allí reposaron los pilares que se habían encontrado cien años atrás. Aquello generó una agria polémica científica: el arqueólogo Víctor Guerrero aseguró que la reconstrucción se había hecho sin seguir los planos de Bartomeu Ferrà, que había conocido de primera mano el santuario en el momento en que se había descubierto.

El Ayuntamiento de Costitx también proyectó un pequeño museo, que estaría destinado a alojar los toros, si se conseguía que volvieran definitivamente a Mallorca, lo cual, hay que decir, tiene su lógica: ¿por qué han de ir a parar a Palma, si se encontraron en Costitx? No deja de ser otro centralismo.

Diez años más tarde, en 2005, el posible retorno de los toros lo abordó el Parlament balear, a iniciativa del grupo Esquerra Nacionalista. Se aprobó solicitar el traslado al Museo de Mallorca. Que, por cierto, es del Estado, si bien la gestión la llevó primero el Gobierno autonómico, y actualmente el Consell de Mallorca.

En 2006, se debatió la cuestión en Madrid, en la comisión de Cultura del Congreso: la planteó el entonces diputado Josep Antoni Duran i Lleida y uno de sus argumentos era el atractivo que podían suponer aquellas piezas para el turismo cultural en Mallorca. La propuesta no prosperó, pero el Partido Popular dejó la puerta abierta al préstamo temporal.

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Justamente eso: el préstamo temporal ha sido la última solicitud –por ahora– planteada desde Mallorca, en este caso para una nueva exposición en el Museo de Mallorca, petición que se ha saldado con una negativa. Por qué en 1995 sí fue posible el traslado y ahora no lo es, en ambos casos con gobiernos de diferente color político en Madrid y en Mallorca, es un enigma digno de ser descifrado en otro yacimiento, dentro de unos cuantos miles de años.

Dioses o mascarones de proa?

Las dos grandes incógnitas en torno a los toros de Costitx, además de qué demonios pintan en Madrid, han sido su significado y su origen. Carlos Garrido subraya cómo el toro era, en la época talayótica, “objeto de culto en toda la Mediterránea”. Este animal es símbolo de la fuerza masculina, pero, al mismo tiempo, por sus cuernos, se le relaciona con la Luna, femenina. Su sacrificio ritual representaría una especie de chivo expiatorio. En Rodas se decía que los toros de bronce mugían desesperadamente cuando se acercaba una desgracia.Aparte de los famosos de Costitx y del hallazgo reciente de una cabecita, figuritas de toros y de sus astados, además de restos de estos animales, se han encontrado tanto en Mallorca como en Menorca. En Pollença, unos ataúdes de madera tallados en forma taurina. En Torralba apareció un pequeño toro de bronce a los pies de una de las características mesas menorquinas. Garrido sugiere que servirían de altar donde depositar los toros sacrificados, mientras que Mascaró Pasarius cree que tal vez esta figura en T es una representación del dios toro. Esto, si los toros de Costitx son, efectivamente, representaciones religiosas. Porque existen otras posibilidades. El arqueólogo José María Luzón ha sugerido que podían ser mascarones de proa, procedentes de barcos que habrían sido capturados por los mallorquines primitivos e instalados en Son Corró, como ofrendas, o como una especie de trofeos de guerra. Curiosamente, esta expresión, ‘trofeos de guerra’, es la que utilizaría el grupo Esquerra Nacionalista en 2005, en uno de los eternos debates sobre su retorno, haciendo alusión a cómo estaban expuestas estas piezas en Madrid. Aquí comparece la cuestión de si los toros son de fabricación mallorquina o vinieron del exterior. El arqueólogo Pierre Paris aseguraba que, por su originalidad, habían sido hechos en la isla, e incluso acuñó el ‘estilo Costitx’. Mientras que su colega Antonio García Bellido opinaba exactamente lo contrario: por su factura cuidada, habían de ser importados –¡cómo iban a hacer unas maravillas como estas, unos periféricos! Si se manufacturaron en la isla, tampoco los debieron hacer los antepasados de los mallorquines actuales, ya que la población autóctona prácticamente desapareció a raíz de la conquista catalana.

Información elaborada a partir de textos de Rafel Horrach, Carlos Garrido, Josep Mascaró Pasarius, Miquel Àngel Casasnovas Camps y Bartomeu Bestard, la Gran Enciclopèdia de Mallorca y los diarios Última Hora, Diario de Mallorca y El Día del Mundo.