Esporles, "la pequeña Rusia" represaliada

En julio de 1936 los falangistas se ensañaron con el importante movimiento obrero que germinó en las seis fábricas textiles del pueblo de la sierra de Tramuntana. 157 esporlerins sufrieron todo tipo de vejaciones: torturas, encarcelamientos, destierro y confiscación de bienes. Una veintena fueron asesinados

PalmaSituado a los pies de la sierra de Tramuntana, a 14 kilómetros de Palma, a principios del siglo XX Esporles era conocido como la ‘pequeña Rusia’ de Mallorca. Sus seis fábricas textiles habían conseguido forjar una fuerte conciencia proletaria. La inauguración en 1930 de la Casa del Pueblo sería un reflejo de aquel orgullo de clase. Ya en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 el municipio sería de los pocos de la isla donde triunfó la izquierda. A los dos días el rey Alfonso XIII partía al exilio y se proclamaba la Segunda República.

El 18 de julio de 1936, el día del alzamiento militar, un grupo de obreros armados no dudó en movilizarse para defender el orden constitucional. Sin embargo, tres días después, los falangistas ya tuvieron el ayuntamiento esporlero bajo control y la Casa del Pueblo, convertida en su cuartel general –antes habían incendiado gran parte de la biblioteca. Haciéndoles costados estaría el médico Mateu Palmer Ferrer (1908-1986), que sería jefe provincial de Milicias, y el rector, el felanitxero Mateu Tugores Maimó (1870-1953), que facilitó una lista negra con nombres a tener en cuenta. Algunos de los ‘señalados’ corrieron a esconderse a la Sierra, a rincones que conocían bien gracias al contrabando. Los fascistas les salieron a ‘cazar’ con perros. Desde Navarra, las órdenes del general Emilio Mola, el ‘director’ de la insurrección, eran claras: “Hay que sembrar el terror, hay que dejar la sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos aquellos que no piensen como nosotros”.

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Batle crucificado

La brutalidad ejercida en Esporles durante la Guerra Civil y la posguerra se puede rastrear en el libro Las huellas de los olvidados, que en 2016 publicaron Guillem Mir, Arnau Alemany y Bartomeu Garau, miembros del grupo de memoria histórica del municipio. Es un inventario de la biografía de 157 represaliados a partir de la documentación encontrada en causas judiciales y archivos. Muchos fueron torturados, encarcelados y víctimas de confiscación de bienes. Quince fueron desterrados al centro penitenciario de La Savina, en Formentera, entre ellos, Sebastià Coll Xigues, el último alcalde republicano. Otros, una veintena, fueron asesinados.

A menudo el horror comenzaba en forma de delación. Fue el caso de los socialistas Miquel Seguí Seguí, de 37 años, hermano de Tomàs, en Ramellí (el primer alcalde republicano), y Josep Comes Ferrà, alias Largo Caballero, de 27, padre de un hijo de solo un mes –en 1933 había vuelto entusiasmado de un viaje que hizo a la URSS. Ambos fueron capturados una noche que bajaron de la montaña al pueblo. De inmediato fueron conducidos a la Casa del Pueblo de Palma. En 2005, Rafel Nadal Bestard, hijo de represaliado, detalló en una entrevista a Margalida Capellà el calvario que sufrieron: “[A Seguí] le cortaron la lengua por no confesar dónde se encontraba su hermano [...]. [A Comes] le quitaron un tatuaje [que tenía en el pecho] arrancándole la piel [...]. Después [el 14 de octubre de 1936], en el cementerio de Palma, los fusilaron”. El Diccionario rojo de Llorenç Capellà da más información de las últimas horas de Comes: “Cuentan que, antes de matarlo, había sido terriblemente torturado. Le decían: ‘Di Viva España’. Y él decía Viva Rusia”. Al cabo de tres años, en 1939, después de un consejo de guerra, también sería ejecutado su hermano Bartomeu, de 36 años.

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Otra víctima de la locura fascista fue Joan Canyelles Capllonch, de

Las heroínas de la desgracia

Otra víctima de la locura fascista fue Joan Canyelles Capllonch, de Can Manent. Era un picapedrero de 31 años, afiliado a la agrupación socialista y padre de dos niñas pequeñas. Su ‘desaparición’ ha marcado la vida de su nieto, Guillem Mir, de 63 años. “Se escondió –aseguró– dentro del leñero de casa, de donde salía para comer cuando no había nadie. En diciembre, el día antes de Navidad, dos guardias civiles y un falangista lo fueron a buscar a casa, avisados por una vecina. Al oírlos, volvió corriendo al leñero. En aquel momento, sin embargo, le salió al encuentro mi madre, que tenía dos años, y le dijo ‘papá, papá’. Acto seguido los agentes le insistieron que, si revelaba el escondite de su padre, le darían un caramelo. Fue así como lo acabaron deteniendo. Mi madre siempre se sintió culpable. Se lo llevaron encadenado hacia el Ayuntamiento. De camino, se encontró con la hija mayor, de cuatro años, que salía de la escuela. Aquella escena la impresionó mucho”.

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(‘piedra que hace viajar’) en recuerdo de su padrino. También se pusieron otras dos dedicadas al matrimonio formado por Jaume Nadal Ensenyat, “Déjalo estar”

De su infancia, Mir solo recuerda lágrimas. “La abuela y la madre siempre se ponían a llorar cuando les preguntaba por el abuelo. Se llegaban a estirar los cabellos”. Al cumplir los 17 años, el joven esporlero se obsesionó en reparar aquel trauma familiar y consultó expedientes en todos los archivos posibles. “Mi madre siempre me decía: ‘Déjalo estar, déjalo estar’”. En 2006 las esperanzas se incrementaron con la constitución de la Associació Memòria de Mallorca. Un año después, el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero aprobaba la primera Ley estatal de memoria històrica.

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En 2010, con el segundo Pacto de Progreso de Francesc Antich, se comenzó a elaborar el primer mapa de fosas comunes de las Baleares. En 2014 el Ejecutivo de Francina Armengol realizó la primera exhumación, en Sant Joan. En 2016 fue el turno de la del cementerio de Porreres. Entonces la tierra reveló la verdad buscada durante tres décadas. “Un día –recuerda Mir con la voz rota– me telefoneó Maria Antònia Oliver, la presidenta de la Associació Memòria de Mallorca. Me aseguró, toda emocionada, que habían encontrado los huesos de mi abuelo. Sus muestras de ADN coincidían con las mías. Yo no podía más que llorar. Entonces mi madre tenía demencia senil y ya no entendía nada”. En el momento de ver los restos, no hubo consuelo. “Abracé el cráneo del abuelo y le di dos besos. Tenía dos orificios de bala en la nuca. Había otros dos en las piernas. Lo encontraron atado a otro represaliado con un cordel en las manos”.

El 14 de enero de 2018 tuvo lugar el acto de retorno al cementerio de Esporles de la caja con los restos de Joan Canyelles Capllonch y los del alcalde Tomàs Seguí Seguí, que también había sido identificado en la exhumación de Porreres. Ese mismo año el gobierno de Armengol daría luz verde a la primera Ley de memoria y reconocimiento democráticos de las Baleares, que completaba la Ley balear de fosas, aprobada en 2016. Ahora el Gobierno del PP de Marga Prohens, atizado por Vox, la acaba de derogar. “De Vox –dice el de Esporles– no me sorprende nada. Más triste es el papel del PP, un partido de derechas teóricamente moderado, que en su momento apoyó parcialmente la norma. Por segunda vez quieren hacer borrar de la memoria colectiva a las víctimas del franquismo”.

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Desde la semana pasada Mir se siente más satisfecho de su lucha contra la amnesia con la colocación en Esporles de una Stolpersteine (‘piedra que hace tropezar’) en recuerdo de su padrino. También se colocaron dos más dedicadas al matrimonio formado por Jaume Nadal Ensenyat, en Pino, y Margalida Bosch Bestard. Él murió en 1953 a causa de las secuelas recibidas de una paliza tres años antes, y ella en 1936 fue salvajemente torturada por negarse a decir dónde estaba quien aún era su pareja. Le raparon la cabeza y le hicieron beber aceite de ricino. Murió en 1952 a causa de una enfermedad.

El alemán de la tienda de fotos

Otra víctima del clima de terror que impusieron los vencedores en Esporles fue Leo Israel Frischer, un alemán de ascendencia judía, oriundo de la ciudad de Breslau, hoy perteneciente a Polonia. Su vida se puede seguir en el documental El alemán de la tienda de fotos (Quindrop), que en 2022 dirigió Luis Pérez con guion de Pedro Echave y con la investigación de Pere Bueno y Joan Pérez. Asediado por el delirio nazi, a finales de 1939 Frischer huyó de Hamburgo con su mujer Elsa y dos matrimonios más. Habiendo hecho escala en Málaga y en Barcelona, el alemán decidió refugiarse en Esporles –su mujer, que no era judía, había conseguido exiliarse en el Reino Unido con la promesa de que se uniría allí con él.Frischer abrió una tienda de fotos en el número 11 de la calle Sant Pere, entonces la más comercial del municipio esporlero –era un negocio que ya tenía en Hamburgo. Al cabo de un año, sin embargo, el 16 de junio de 1940, le llegó una orden de expulsión fruto del convenio que en 1938 había firmado Franco con la Alemania nazi para deportar a cualquiera de los 30.000 alemanes residentes en territorio español, sospechosos de ser judíos. Un mes después, Frischer huyó hacia Barcelona con un pasaporte falso. Fue detenido al intentar cruzar la frontera francesa. Acabó pasando tres años en el campo de concentración de Miranda de Ebro (Burgos). Al ser liberado, partió hacia Gales, donde finalmente cumplió la promesa de reencontrarse con su mujer. Ambos volverían a montar una tienda de fotografía dedicada a reportajes de bodas y bautizos.De Esporles también tuvo que partir el matrimonio formado por Hans Mayer Claassen y Lissy, que había acompañado a Frischer en la aventura mallorquina –él era un jurista que antes había pasado por el campo de concentración de Buchenwald. Esquivaron la prisión. Tenían dinero y pudieron llegar a Nueva York. El suyo es un caso especial porque en 1958 solicitaron volver a Mallorca. Los documentos encontrados por los investigadores Pere Bueno y Joan Pérez constatan que recibieron la autorización pertinente porque entonces el acuerdo de su expulsión ya había quedado “sin efecto”. La pareja se instaló en Cala Llamp (Andratx).El convenio de deportación con la Alemania nazi estuvo en vigor hasta 1942. En Mallorca, generó mucha preocupación entre los conocidos xuetes, los históricos descendientes de los judíos conversos, que desde la Edad Media habían sido objeto del antisemitismo europeo. En 1942 Hitler pidió al gobierno español un censo no solo de judíos, sino también de xuetes mallorquines. El objetivo era enviarlos a un campo de exterminio. Con todo, algunos historiadores afirman que el obispo Josep Miralles detuvo aquellas deportaciones, que habrían podido afectar aproximadamente a un 35% de los habitantes de la isla.