¿Era tan bueno el buen rey Jaime II?

La trayectoria no tan loable del soberano de Mallorca cuando se cumplen 750 años de su proclamación, en septiembre de 1276

05/09/2026 - 17:03 h.

PalmaEs conocido como ‘sabio y buen rey’ y, periódicamente, responsables políticos actuales le rinden homenaje en su sepulcro en la Seu de Mallorca, al conmemorarse el 12 de septiembre (fecha instaurada como nueva Diada de Mallorca) su jura de las libertades y franquicias isleñas. ¿Era tan bueno, el buen rey Jaime II? Esta es la pregunta que nos hacemos cuando se cumplen 750 años de su coronación, hacia septiembre de 1276.

Por supuesto, no nació en Mallorca, ni tampoco pasó mucho tiempo en las Islas durante su reinado. Ni siquiera cuando las tuvo bajo su dominio, que no fue siempre. Vino al mundo el 30 de mayo de 1243 en Montpellier, en Occitania, donde había nacido su padre, Jaime I, y recibió el mismo nombre. Era el tercer hijo del Conquistador y el segundo de su matrimonio con Violante de Hungría. Parece que era el favorito de la madre, que se habría empeñado en que recibiera una corona.

Jaime II fue rey de Mallorca de carambola. De joven, quería ser fraile. Su padre iba cambiando testamentos y haciendo nuevos repartos, a medida que nacían más hijos, o morían. En un principio, le tenía que tocar el reino de Valencia. Finalmente, se creó para él la corona de Mallorca: un rompecabezas disperso que reunía las Islas, el Rosellón –la Cataluña Norte– y Montpellier, herencia de la madre de Jaime I.

El joven Jaime compareció en Mallorca en 1256, a los trece años, para jurar como heredero del nuevo reino y lo hizo en la iglesia de Santa Eulalia, en Palma. Aún en vida del Conquistador, ya asumió tareas de gobierno, y hay que decir que de manera no muy ejemplar. Como iba corto de dinero, concedía los cargos “como pago a los préstamos contraídos”, según narra Guillem Morro. Aquello generó el “furor populi Maioricarum” –no hace falta saber latín para entenderlo–, y el padre tuvo que intervenir para calmar los ánimos.

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Los años siguientes, los súbditos isleños lo vieron a ratos. Hasta que en 1276, hace ahora 750 años, al haber muerto el padre, fue coronado: quizá el mismo día 12 de septiembre, cuando juró las libertades y franquicias del reino, y de ahí que se haya establecido esta fecha como Diada de Mallorca, alternativa a la tradicional e histórica del 31 de diciembre.

El peligro de los cuñados

Después, adiós y buen viento. Como subraya Josep-David Garrido, Mallorca, por mucho que diese nombre a este reino nuevo de trinca, era un territorio periférico –como siempre. Jaime II y también sus sucesores preferían residir en el continente. Las cortes las llevó a cabo en la que era su capital, Perpiñán, y de paso, según recoge J. Ernest Martínez Ferrando, “repartió copiosos privilegios” entre los personajes influyentes, “un buen número de los cuales eran amigos de su juventud”.

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El rey ‘sabio’ no se distinguió por su perspicacia. Es cierto que lo tenía complicado: sus dominios, bastante magros, quedaban entre dos reinos poderosos: la Corona de Aragón de su hermano Pedro el Grande, que nunca se resignó a la partición del padre, y la Francia del cuñado –casado con una hija del Conquistador– Felipe el Atrevido. No llevaba ni dos años de rey cuando ya se dejó enredar por otro cuñado, Bernardo Roger de Foix, hermano de su esposa, Esclarmonda, en una revuelta de la nobleza catalana. Bernardo fue vencido, se reconcilió con Pedro el Grande y quien pagó los platos rotos fue el no muy sensato Jaime: se tuvo que declarar vasallo del hermano, él y sus sucesores. Al supuesto reino independiente de Mallorca apenas le había durado la independencia dos años.

Jaime se vio metido en un conflicto tras otro. Primero en Montpellier, por las ambiciones del cuñado Felipe el Atrevido, del cual tuvo que sacar las castañas del fuego el hermano, Pedro el Grande. Después, con Pedro: por haber obtenido el reino de Sicilia, el papa excomulgó al rey de Aragón y entregó su reino a un hijo del monarca francés. Y aquí se pregunta Garrido si el monarca ‘mallorquín’ “había perdido el juicio”: olvidando la promesa de obediencia al hermano hecha al padre, olvidando la condición de vasallo, Jaime, ahora ‘el Traidor’, permitió a los franceses cruzar sus territorios para obtener los dominios de Pedro, a cambio de quedarse con el reino de Valencia.

Muy caballeroso y fraternal no es que fuera aquel comportamiento, aunque Pedro no era tampoco una hermana de la Caridad. Si la jugada le hubiera salido bien, todavía. Pero salió fatal. Los franceses fueron derrotados. Y Pedro, con un enfado espectacular, se plantó en Perpiñán para pedirle explicaciones. Jaime huyó por el alcantarillado y dejó colgada a la mujer, Esclarmonda, y a los hijos.

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Por orden de Pedro, su hijo y heredero, el futuro rey Alfonso el Franco, le arrebató las Islas. Si tan bueno y sabio era Jaime, y tan querido por sus súbditos, se supone que estos se habrían resistido a la invasión. Pero no fue así, salvo por el mítico episodio de Cabrit y Bassa en el castillo de Alaró. Jaime no las recuperó hasta 1298, cuando, a cambio de volver a declararse su vasallo, se las devolvió el sobrino Jaime el Justo de Aragón, el siguiente hijo de Pedro el Grande.Se supone que aquí empezó una segunda etapa de su reinado: la del monarca reformador que sí que se preocupó –¡ya era hora!– por el Archipiélago. Se ve, sin embargo, que no tenía prisa. No volvió a las Islas hasta 1300, un año y medio después de la devolución. Este fue el momento de las Ordinaciones, una reestructuración del mapa de Mallorca que generó descontentos –caso de Capdepera– entre aquellos que debían poblar los núcleos establecidos y que no querían dejar sus casas. Además, pasó por encima de la autonomía municipal y puso a los jurados, equivalente a los concejales actuales, bajo su control. Algunas de sus reformas no llegaron a ponerse en práctica hasta mucho más tarde: es el caso del desvío del curso de la Riera, cuyos desbordamientos –casualmente– afectaban a sus jardines de la Almudaina.

Este rey tan bueno concedió un perdón general por la actitud de sus súbditos al no haber movido un dedo para defender su autoridad contra la ocupación de los primos de Barcelona, quince años atrás. Ahora bien, le debían indemnizar por aquella traición, solo faltaría. Así que estableció un impuesto general, de nueve años de duración, del cual, por supuesto, fueron exceptuados los privilegiados de costumbre: nobles y clérigos. Al finalizar el plazo, en 1309, y para no quedarse con la caja vacía, estableció otra contribución.

Aumentar la presión fiscal fue una práctica habitual de Jaime II. La transmisión de bienes subió del 20% al 33%. A los mercaderes catalanes les impuso un arancel –Trump no se ha inventado nada–, que después tuvo que retirar: el ‘lobby’ de estos, que se diría ahora, era demasiado poderoso. Con respecto a los judíos, después de haber recurrido a ellos para sus necesidades de dinero, los obligó a confinarse en Ciutat, entre el Temple y la Calatrava, no fuera cosa que contaminaran a los cristianos con sus herejías. A los musulmanes libres que todavía quedaban en Mallorca les subió –¡por supuesto!– los impuestos.

De la contribución general de 1300, dos tercios de los ingresos eran para el patrimonio real, y el tercio restante, para los gastos de la universidad, la entidad de gobierno isleña. ¿En qué se gastó, Jaime II, todo el dinero que recaudó? Puesto que no era un monarca poderoso, quería dar esa impresión con mansiones suntuosas. Solo en Mallorca, la remodelación de la Almudaina, el castillo de Bellver, las residencias de Valldemossa, Sineu y Manacor y el refugio del Teix. Muchos espacios, la verdad, para una familia real que no estaba en la isla prácticamente nunca. Jaime II quería estos palacios, y los quería ya: dispuso que se trabajase también los festivos, y esto a los hombres –y mujeres– libres, porque el resto eran esclavos.

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Se supone que la casa real de Mallorca, por la influencia del franciscanismo, era de notoria austeridad. O quizás no tanto... No era todavía rey cuando ya disponía de un personal de servicio nutrido: caballeros, hombres de armas, palafreneros, halconeros, monteros, cazadores, trompeteros, escuderos, porteros, reposteros, un cocinero, un botellero, un panadero –el encargado del pan–, un barbero, un médico, un acólito, un capellán y un bufón, para entretenerlo. En 1311 –el año de su muerte– pagó por un halcón cien libras, casi lo que ganaba cada año el lugarteniente real, es decir, el virrey.

Jaime II murió en aquella Mallorca que visitaba tan poco el 29 de mayo de 1311. Su cadáver reposó en un sarcófago en la Seu, donde se utilizaba como una especie de atracción turística, hasta su traslado a la capilla real. ¿Había sido un rey ejemplar? Si era así, resulta desconcertante que su supuesto amigo y mentor Ramon Llull no le eligiera como prototipo, al concebir su Rex Bellator, un rey guerrero que debía unir todas las órdenes de caballería y dirigir una nueva cruzada. Según J. N. Hillgarth y Anna Alberni, el candidato de Llull era otro Jaime: su sobrino el Justo, rey de Aragón.

Este fue el ‘sabio y buen rey’ Jaime: un monarca de Mallorca que prácticamente no estaba nunca en las Islas, preocupado esencialmente por sus intereses, poco o nada querido por sus súbditos, a los cuales frió a impuestos, incumplidor de sus compromisos, un desastre en política exterior y con una cierta tendencia a malgastar. Da igual: continuará recibiendo homenajes. No se debe dejar que los hechos históricos te estropeen un buen tópico.

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El palacio de la reina sin reina

Las obras de remodelación de la Almudaina bajo el reinado de Jaime II incluyeron la construcción de un ‘Palacio del Señor Rey’ y un ‘Palacio de la Señora Reina’. Un palacio para la reina sin reina, ya que, según Garrido, no consta que su mujer, Esclaramunda de Foix, fuese ninguna vez a las Islas. Los últimos meses de vida de su marido, cuando este estaba en Mallorca, ella no estaba allí.

Jaime I, algo insólito, dio permiso a su hijo del mismo nombre para casarse con quien quisiera. Pero el matrimonio con Esclaramunda fue –como todos los de los reyes a lo largo de los siglos– por interés: le convenía la alianza con los Foix, poderosos señores occitanos. Tampoco fue tan idílico como se ha pintado: él tuvo al menos una amante, Saura de Montreal, y una hija con ella, también de nombre Saura.

Información elaborada a partir de textos de Josep-David Garrido i Valls, Maria Barceló Crespí, Pau Cateura, Robert Vinas, Gabriel Ensenyat Pujol, Jaume Sastre Moll, Sebastià Trias Mercant, Ana García Sanz, Ricard Urgell, J. Ernest Martínez Ferrando y Marcel Durliat.