La alegría de vivir de los obreros del 'boom' turístico

En los años 60 y 70 la construcción en las Baleares de hoteles fue fuente de prosperidad para canteros, herreros, carpinteros, alicatadores y yeseros, que olvidaron así el duro trabajo en el campo de sus padres. Ahora el sector se ha precarizado y se sostiene sobre todo con trabajadores africanos y latinoamericanos

05/09/2026 - 17:01 h.

PalmaA sus 82 años, el poblense Joan Pons Gost se mira los callos de las manos y repasa sus cinco décadas trabajando de picapedrero. “Aprendí el oficio en 1957, a los 13 años. Había perdido a mi padre siendo muy pequeño y, para ayudar a la economía familiar, empecé de peón en diferentes reformas que se hacían dentro del mismo municipio de sa Pobla. Con una carretilla, me enviaban de arriba para abajo a buscar material. Después ya me enseñaron a hacer cemento y a poner bloques”.

Al cabo de pocos años, la fiebre constructora del boom turístico requirió mucha mano de obra. “Yo –dice Pons– fui a levantar el hotel Los Príncipes, en Playa de Muro. Aquello era un arenal donde no había nada y de repente se llenó de hoteles. Entonces los picapedreros teníamos trabajo de sobra. Casi todos éramos de sa Pobla y de Sineu. De forasteros, había muy pocos. Cada día con unos cuantos compartíamos coche para ir hasta la obra. Entre nosotros había mucha compañerismo”. Las jornadas laborales eran extenuantes: “Un hotel podía estar terminado en dos años como máximo. Enseguida nos poníamos a construir otro. Llegábamos a hacer 10 horas seguidas, sábados incluidos. Daba igual si llovía, hacía viento o un sol de justicia. Entonces las medidas de seguridad en la construcción eran muy precarias, pero por suerte no tuvimos ningún accidente grave”.

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Orgullo de picapedrero

La canción Paradise of love (1964) de Los Javaloyas fue la banda sonora de aquella época de prosperidad que hizo olvidar los ‘años del hambre’ de la posguerra. El estribillo decía “cada día es fiesta en Mallorca”. “Los picapedreros –asegura el habitante de Muro– estábamos contentísimos de ver que cada año venían más turistas. Para nosotros, aquellos récords eran sinónimo de trabajo. Trabajábamos a destajo, por trabajo hecho”. El fin de semana era el momento más esperado. “Era cuando recibíamos los sobres con el dinero. Dábamos saltos de alegría. Después ya pasamos a cobrar a través de una cuenta corriente. Yo me pude hacer una casa en Muro, que es donde me casé. Y después me compré una segunda residencia en Can Picafort. Para conseguirlo, sin embargo, con mi mujer ahorramos mucho. Ahora la gente se lo gasta todo en viajes”.

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Pons se jubiló hace 20 años. “Ahora me vuelven los problemas de salud. Tengo sobre todo reumatismo. En cualquier caso, me siento orgulloso de haber podido ganarme la vida en algo que me gustaba, a pesar de que fuera pesado”. Hoy el oficio ha cambiado mucho. “Antes se ganaba mucho más. Además, empezabas de aprendiz e ibas aprendiendo la técnica, lo cual garantizaba un producto más artesanal”. 70 años después del estallido del ‘boom’ turístico, el habitante de Sa Pobla tiene sentimientos contrapuestos. “Es lo que me dio de comer, pero, vista la actual masificación de Mallorca, podríamos haber construido menos hoteles. Me da pena ver cómo hemos destruido la isla”.

Sineu, fábrica de artesanos

El boom turístico también dio mucho trabajo a herreros, carpinteros, soladores y yeseros. Son oficios que integran lo que antiguamente se conocía como el sector de la artesanía y que actuaba como una industria paralela a la agricultura. En Mallorca, Sineu era su capital, con el tren como correa transmisora de mercancías –estuvo en funcionamiento de 1878 a 1977. “Yo –dice Joan Roig, de 75 años–, empecé de herrero en uno de los tres talleres que había en el pueblo. Éramos una veintena de trabajadores. A los 14 años, siendo un chaval, me enviaron a soldar piezas a un hotel de Camp de Mar (Calvià). El hotel aún no estaba acabado y ya tenía turistas alojados. A partir de 1968 fue cuando se construyeron más en toda la isla”.

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El sineuero guarda grandes recuerdos de aquellos años. “Vivíamos mejor. Nos gustaba trabajar, pero hacíamos muchas horas, 60 cada semana. Nos llevábamos muy bien con el maestro de obras. Los herreros nos ocupábamos sobre todo de la decoración de los interiores de los hoteles, de hacer las barandillas de las escaleras, lámparas, candelabros y antorchas de hierro forjado, entre otros. Era un trabajo que estaba muy bien pagado y me permitió comprarme una casa y un coche”. Aquel modus vivendi contrastaba con el de la generación anterior. “Mi padre era agricultor. Tenía una finca pequeña y ahorraba lo que podía. Mi madre se dedicaba a hacer colchones, un oficio que ya ha desaparecido. Iba de casa en casa a rehacer las camas. Descosía los colchones de tela y con una vara cardaba el relleno de lana de oveja para recuperar su volumen y firmeza originales”.

La Mallorca preturística era un mundo de mucha austeridad. “Antes no podías comer tanto como hoy. A mí me daban trozos de patata en fideos o arroz, ya que la carne era un lujo”. Para Roig, la industria de sol y playa fue como maná caído del cielo. “Trabajar en el campo era muy sacrificado. Era un sector que solo permitía la subsistencia de las familias. Como mucho, podían vender al por menor lo que cultivaban. El turismo, en cambio, dio la posibilidad de ganar dinero”. La nevera se convertiría en todo un símbolo de los nuevos tiempos de bonanza. “Los días de fiesta, mi padre ponía una botella de vino y un melón dentro de un cesto que metía un rato en la cisterna para que estuvieran más frescos”. Roig se jubiló hace 14 años, a los 61 años. “Tuve la suerte –reconoce– de trabajar en una época de mucha prosperidad. Ahora, con los salarios tan bajos que se pagan, los más jóvenes lo tienen difícil. Mi generación pudo vivir del turismo. La actual malvive de él”.

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Azulejistas y yeseros

El campanetero Pere Reynés, de 77 años, también hace un buen balance de los 50 años que hizo de alicatador. “En Campanet –dice– había muchos, una treintena. Nos enseñó un vecino que había aprendido una técnica innovadora en Cuba, donde había emigrado durante una temporada. Hasta los 14 años yo fui a la escuela y me dediqué a recoger almendras. El oficio de alicatador me abrió la puerta a otra Mallorca. Mi padre era cortador de pinos y carbonero y mi madre, costurera”. Reynés se puso a trabajar para una empresa de Pollensa: “La actividad era frenética. Alicaté bastantes hoteles, paseos como el de Can Picafort y Peguera y piscinas y jacuzzis de chalets. Muchos de mis compañeros eran de la Península. Se cobraba bien”.

Reynés se jubiló hace 14 años, al cumplir los 63. “Ahora mi empresa, que llegó a tener un centenar de trabajadores, solo tiene una decena. Lo tienen todo subcontratado a empresas extranjeras, de Bulgaria, Escandinavia e incluso de China”. Este campanetero se lleva las manos a la cabeza por la situación actual de Mallorca. “Yo ya lo decía hace diez años a mis colegas: aquí no faltan casas, sobra gente”. Otro gremio muy solicitado durante el boom turístico fue el de los yeseros. El pobler Toni Socias, de 76 años, se dedicó a ello desde muy joven. “A los 13 años aprendí el oficio de dos maestros del pueblo. No me gustaba ir al campo a trabajar con mis padres. Empecé enyesando casas particulares de sa Pobla y de los alrededores. Con el tiempo acabé montando mi propia empresa. Era la época de la construcción desbocada de hoteles en el puerto de Alcúdia, Playa de Palma y Can Picafort”.

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En el momento de más trabajo Socias tuvo una sesentena de operarios en plantilla. “En una temporada podíamos enyesar tres hoteles. Era un trabajo pesado que dejaba la espalda y los brazos baldados, pero estaba muy bien remunerado. Se cobraba por metro hecho. Todos mis trabajadores se pudieron comprar una casa. Hoy en día tener un sueldo no te garantiza un buen futuro como antes. Yo todo lo que tengo es gracias al turismo. No habría prosperado tanto si solo me hubiera limitado a reformar casas particulares”. Ahora la empresa de Socias la lleva su hijo. “El oficio ha cambiado mucho y los jóvenes son reacios a aprenderlo. En la empresa tenemos muchos pakistaníes. Desde hace 30 años son los mejores expertos en el mundo en poner placas de pladur, que es lo que hoy se estila más en lugar de enyesar”.

Entre los jóvenes que hoy trabajan en la construcción está Camilo Podestá, un santjoaner de 22 años. “Para poderme pagar los estudios del grado de Paisajismo, durante algunos meses al año hago de picapedrero en la reforma de una casa señorial de Palma. Cobro 9 euros la hora. Es un trabajo muy pesado físicamente y mentalmente porque a veces algunos oficiales te tratan muy mal”. De la veintena de trabajadores que son, solo hay dos mallorquines. “La gran mayoría son de África y de Latinoamérica y tienen entre 50 y 60 años. Cuando conoces detalles de sus vidas, quedas asombrado. Han vivido experiencias muy duras. Solo quieren trabajar para enviar dinero a casa. Aquí viven hacinados en habitaciones. No tienen ninguna vinculación con Mallorca. Hay quienes han formado una familia en la isla. Otros tienen claro que, al jubilarse, se volverán a su país”.

Los menestrales del campesinado

Tal como indica su etimología latina, los menestrales eran los ‘sirvientes’ (ministri) del arte hecho a mano. Su mecanización se produjo bien entrado el siglo XX, con la llegada de la electricidad. Los que trabajaron para el boom turístico antes lo habían hecho para el campesinado. Eran sobre todo canteros, herreros, carpinteros, alicatadores y yeseros. Hubo otros que no pudieron dedicarse a la construcción debido a su especialidad. Algunos, como los colchoneros, no tenían taller propio y realizaban su actividad en casa del cliente que los contrataba. También los había itinerantes que pasaban periódicamente por los pueblos para hacer arreglos. Entre ellos destacaron los remendadores de ollas, los paragüeros, los caldereros, los boyeros (arreglaban los yugos de las bestias), los silleros y los afiladores, que afilaban cuchillos, tijeras, navajas y todo tipo de herramientas de corte.

En las bodegas eran muy solicitados los toneleros, que hacían botas de vino. Igual de requeridos eran los carreteros, que transportaban cualquier clase de mercancía, y los hojalateros. Estos fabricaban muchos objetos necesarios para la vida cotidiana. Lo hacían con la hojalata, material datado del siglo XV. En los mercados y en las ferias de los pueblos también ofrecían sus servicios para reparar los utensilios que se habían estropeado. Entre las piezas de hojalata más populares, estaban los juguetes, que se hacían con piezas metálicas sobre las cuales se imprimía un dibujo en color. Con la aparición de los centros comerciales y nuevos materiales, sobre todo el plástico, los objetos de hojalata quedaron obsoletos, de modo que el oficio de hojalatero ya no tuvo ningún sentido.

Los talleres de la menestralía, también conocidos como obradores, proliferaron en una época en la que no había grandes empresas como ahora. Fuera de la menestralía, estaban las personas con estudios superiores, que se dedicaban a las profesiones liberales. Eran los maestros, los notarios, los médicos, los boticarios y los veterinarios. Ante la ausencia de un maestro en el pueblo, el sacerdote podía ejercer sus funciones.

La industrialización, el avance tecnológico y posteriormente la globalización condenarían a la desaparición a muchos oficios de menestrales. Aquellos trabajos artesanos constituían un patrimonio etnológico con un lenguaje propio muy rico. En 1965, en medio de una Mallorca ya volcada a la industria de sol y playa, Carmen Polo, la mujer de Franco, inauguró en las afueras de Campanet el centro de Menestralia. Situado en la arteria viaria de la isla, tenía como reclamo un neocastillo medieval, una arquitectura turística muy típica de la época (otros ejemplos serían el Foro de Mallorca, en Binissalem, y Can Alorda y Gordiola, en Algaida). Gabriel Mateu Mairata, que después sería alcalde falangista de Campanet, encargó el edificio al arquitecto del momento, el palmesano Josep Ferragut. Aparte de restaurante, Menestralia acogió un museo y una fábrica de vidrio soplado con demostraciones para los turistas.