Fullana en Bellver
Oír a Fullana tocar el Mary Portman de Guarneri es siempre un placer indescriptible. El jueves, en el tercer concierto del Festival Bellver no fue una excepción, sino todo lo contrario. Francisco Fullana, una vez más, volvió a hacer una exhibición de talento, agradecimiento y compromiso con la que, de alguna manera y sin duda, también es su orquesta y su público. Así lo demuestra una y otra vez. Lo cierto es que, muy probablemente, incluso quienes le escuchamos desde hace años en todas y cada una de sus intervenciones en casa no somos lo suficientemente conscientes de su estratosférico nivel. Quizás sea porque va en nuestro ADN, pero esa es otra historia.
El patio de Armas del castillo de Bellver, una velada abarrotada, con un programa de tanta fama y prestigio como dificultad en su ejecución. Fullana en funciones de solista y director nos regaló una majestuosa lectura del Concierto para violín en mi menor Op. 64, de Felix Mendelssohn, que por conocido y tantas veces interpretado no ha perdido ni un átomo de su grandiosidad y que, por tanto, siempre se convierte en uno de esos inolvidables momentos mágicos para el espectador. Y la magia hizo acto de presencia en el castillo. Un primer movimiento excelso. Todo equilibrado, plácido y sabroso, hasta llegar a la cadenza, para la cual no tengo adjetivos que hagan un mínimo de justicia a este momento en el que se juntan precisión, rigor y sutileza. Ante tanta perfección, excelencia, belleza y exigencia, no hay palabras que lo puedan describir como debería.
Por otra parte, la orquesta, con un Smerald con más responsabilidad y trabajo que de costumbre, no quiso quedarse atrás en la tarea, esa miscelánea de tonalidades que convierten la pieza en un caleidoscopio cromático de tan densa delicadeza. El segundo movimiento, ligado al primero con una nota prolongada del acorde final que interpreta el fagot, no perdió ni intensidad ni magnitud. Llegó el tercero, a partir de un inicio melancólico que va cogiendo impulso hasta una monumental y delicada fanfarria, mientras que del violín de Fullana continuaban surgiendo virtuosas notas, acordes y dobles cuerdas, hasta llegar a otra pequeña cadenza, dentro de un penetrante y asombroso giro rítmico. Hubo bis, claro. Fullana nos obsequió con su espectacular versión para violín de Asturias, de Albéniz.
Podría haber acabado aquí y nadie habría salido decepcionado, pero, como siempre, hubo sinfonía, la número 29, en la mayor, k. 201, de Wolfgang Amadeus Mozart, con Francisco Fullana en funciones de concertino y director. Una lectura densa, con mucha consistencia. Una interpretación cuidada que hizo que músicos y público despidieran a Fullana tal como se merecía, con incluso algún Bravo! desde el escenario.