¿Dónde se desdibujan las fronteras de la lengua?

Hablamos a menudo de catalán oriental y occidental como si fueran territorios bien delimitados, pero algunos hablares recuerdan que la lengua no acostumbra a funcionar a través de líneas claras: entre un bloque y otro hay zonas de contacto, espacios de transición y, sobre todo, muchos matices

30/05/2026

PalmaSi les demanessin on acaba Mallorca i on comença Menorca, probablement no ho dubtarien gaire. Hi ha una separació física evident, amb molta aigua pel mig, una frontera geogràfica clara i una certa sensació que una cosa queda a una banda i una altra, a l'altra. El mateix passaria si la pregunta fos una mica més petita i ens demanessin on acaba el Baix Camp i on comença el Baix Ebre. Potser el límit exacte no el tindríem tan present (els del Baix Camp i els del Baix Ebre segurament sí, és clar), però d'alguna manera hem assumit que els territoris es poden dividir: hi ha un punt a partir del qual deixem enrere un espai i entrem en un altre.

Ara bé, si la pregunta fos una altra i ens demanessin on acaba el català oriental i on comença l'occidental, probablement la resposta seria bastant menys immediata. I, malgrat tot, sovint tendim a imaginar les llengües d'una manera semblant als territoris. Obrim un mapa dialectal, hi veiem diferents colors delimitats per línies més o menys precises i assumim que els parlars funcionen igual que les fronteres: fins aquí arriba una varietat i a partir d'aquí en comença una altra.

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És una idea intuïtiva i, fins a un cert punt, també és una simplificació útil. Ara bé, la llengua acostuma a ser bastant menys disciplinada que els mapes. Quan els dialectòlegs dibuixen aquestes línies, no és perquè existeixin físicament damunt el territori. Ningú no travessa una carretera i descobreix que a partir d'aquell punt les vocals han decidit canviar o que els verbs s'han reorganitzat: les coses acostumen a passar d'una manera una mica menys abrupta.

Las isoglosas

Las líneas son, en realidad, una manera de representar tendencias, y, en dialectología, permiten observar que un determinado rasgo es más habitual en un lado que en otro, pero estos rasgos pocas veces se mueven todos juntos. En dialectología, estas líneas tienen un nombre: isoglosas. Una isoglosa es, simplificándolo mucho, una línea imaginaria que marca hasta dónde llega un rasgo lingüístico concreto. El problema es que casi nunca coinciden exactamente, sino que la línea que separa dos pronunciaciones puede pasar por un lugar, la que diferencia dos formas verbales, por otro, y la que separa dos palabras distintas, todavía un poco más allá.

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Cuando todas estas líneas se dibujan sobre un mismo mapa, el resultado no suele ser nunca una frontera clara: más bien aparecen zonas donde diversos rasgos coinciden, se superponen o siguen recorridos diferentes. En este sentido, los llamados hablas de transición permiten ejemplificar bien esta situación. De entrada, el nombre podría hacer pensar en una especie de franja situada entre dos variedades claramente diferenciadas, como si existieran dos bloques homogéneos y, entremedias, una zona que compartiera características de ambos. Con todo, como hemos dicho, las cosas suelen ser un poco menos ordenadas.

Un caso que lo ilustra bastante bien es el habla de Masriudoms, un pueblo del Baix Camp. Situado en una zona tradicionalmente más lateral dentro de la comarca y históricamente más vinculada al área de Tortosa y del Ebro que a los núcleos centrales del Camp de Tarragona, presenta formas que lo acercan tanto a las hablas occidentales como a las orientales. Ahora bien, más que una suma ordenada de elementos diferentes, lo que aparece es una distribución un poco desigual, en la que algunas formas apuntan claramente hacia un lado mientras otras siguen una dirección diferente.

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Encontramos, por ejemplo, el mantenimiento del vocalismo átono, uno de los rasgos más característicos de las hablas occidentales. Así, palabras como ‘tomate’, ‘casas’ y ‘hojas’ mantienen diferencias vocálicas que en otras variedades (básicamente las del bloque oriental) se neutralizan. También aparecen formas como ‘mía’, ‘tuya’ y ‘suya’, y el artículo masculino ‘lo’ (que no se debe confundir con el neutro), que acercan esta habla a las variedades occidentales.

En cambio, hay rasgos que lo acercan al bloque oriental. Así, la ‘e’ de palabras como ‘pera’, ‘beure’ y ‘orella’ es abierta, como pasa en Reus, y no cerrada, como en Tortosa. También es bastante habitual el demostrativo ‘aquest’, en lugar de ‘este’ (aunque también lo encontramos), que es más propio del bloque oriental.

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Igualmente, hay casos en que las formas no acaban de fijarse de una única manera. Una misma persona puede alternar ‘caragol’ y ‘cargol’ dentro de una misma conversación, de la misma manera que pueden convivir ‘complixo’ y ‘compleixo’. También pasa con formas como ‘jaure’, que seguiría un modelo más occidental, junto a ‘néixer’ y ‘treure’, que con la vocal ‘e’ se acercan más a los hablantes orientales.

Cuando se miran todos estos rasgos juntos, se hace difícil decir exactamente dónde acaba una cosa y dónde empieza otra. Hay formas que apuntan hacia un lado, formas que se acercan más a otro y casos en que dos posibilidades conviven sin demasiados problemas. Y eso hace que las líneas que aparecen en los mapas dialectales se hagan un poco más difíciles de trasladar sobre el territorio.

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Hablas de transición

Quizá por eso los hablares de transición no son tanto espacios situados entre dos realidades claramente separadas como lugares en que diferentes rasgos coinciden y se superponen. Más que una frontera entre dos bloques, son zonas en que los contornos se van haciendo un poco más imprecisos y en que resulta complicado señalar el punto exacto en que una variedad deja de ser una cosa y pasa a ser otra.