El color en los ojos del lenguaje

Cómo puede ser que veamos el mismo color, pero lo identifiquemos de manera diferente? Los diferentes nombres de las tonalidades y sus usos son un reflejo más de la evolución de las lenguas y las culturas humanas

PalmaEra hacia finales de la década de los 80 que empecé a ver coches con pinturas metalizadas. Eran unos colores que a ojos de un niño de aquella época eran algo fascinante. Un chico mayor que yo me dijo que aquel color era “verde turquesa”, pero otro lo contradijo, “és azul turquesa”. Yo no sabía qué decir. Pero la verdad es que no llegaban a un acuerdo sobre si verde o si azul. Era un color a medio camino, y no teníamos una etiqueta clara. El lío fue total cuando otro día apareció otro coche y un tercero dijo “¡qué rosa turquesa tan genial!”. Ya tenemos el avispero lleno, pensé. Aquel chico identificaba el efecto metálico con “turquesa”. Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Aquel que decía “verde turquesa” o quien decía “azul turquesa”? Si buscamos en la red, veremos que se usa tanto verde como azul turquesa. Los gaélicos escoceses se decantan por el ‘azul turquesa’ (‘tuirc-ghorm’) y los ingleses, más pragmáticos, simplemente dicen ‘turquoise’. ¿Cómo puede ser que veamos lo mismo, pero lo identifiquemos de manera diferente?

Según la lengua

Todos los humanos modernos que se han desarrollado de una manera típica perciben el mismo rango de colores (las personas con daltonismo, por ejemplo, no lo hacen debido a su condición particular). No en vano somos primates del Viejo Mundo (África y Asia), los cuales pueden distinguir verde, rojo y azul. Sin embargo, resulta que no todas las lenguas tienen las mismas clasificaciones de colores. Percibimos lo mismo, pero clasificamos los colores de diferente manera, y mucho más sorprendente, la cantidad de palabras para diferentes colores también puede ser muy diferente, dependiendo de la lengua.

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Los lingüistas Brent Berlin y Paul Kay dedicaron buena parte de su carrera a estudiar cómo las diferentes lenguas de los cinco continentes nombran los colores. Propusieron una teoría muy interesante para las lenguas humanas: hay un inventario cerrado de términos de colores. Y además, hay una evolución muy concreta a la hora de ampliar el vocabulario de colores. Es decir, que las lenguas no aumentan los términos específicos de color al azar, sino siguiendo unas pautas muy concretas.

Berlin y Kay mostraron que el conjunto mínimo de términos de color era de dos: blanco y negro. El blanco para todos los colores cálidos y el negro para los colores fríos. En efecto, en estas lenguas la misma palabra se usa para el blanco, el rojo y el amarillo; mientras que la otra palabra se refiere al negro, al verde y al azul. Si una lengua desarrolla un tercer término, siempre será el rojo. Y si aparece un cuarto, puede ser el amarillo o el verde. A partir del quinto la cosa ya se complica porque hay varias combinaciones. Pero no deja de ser extraordinario que los humanos sigamos este orden en la evolución de las lenguas.

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El conjunto máximo de términos específicos de colores son doce, como por ejemplo el ruso, lengua que diferencia entre ‘azul oscuro’ (‘sinij’’) y ‘azul cielo’ (‘goluboj’’). Fijaos que en catalán nosotros tenemos que recurrir a ‘marino’ o ‘oscuro’ y ‘claro’ o ‘cielo’ para determinar estas dos tonalidades.

Berlin y Kay destacaban que la evolución de las culturas va de la mano de la ampliación de los inventarios de términos de colores. Las sociedades pequeñas, con una complejidad técnica muy baja, decían, suelen tener el mínimo de términos. En cambio, las sociedades industrializadas suelen tener once (o más, como el ruso). A veces estas ampliaciones se hacen rápido, tomando prestadas palabras de las lenguas vecinas. Por ejemplo, el euskera o vasco tiene la palabra ‘berde’, un indicador claro de que el pasado no diferenciaba el verde léxicamente.

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En castellano también hemos adoptado términos de otras lenguas. Tanto Moll como Corominas coinciden en que se tomó el vocablo ‘taronja’ del árabe (‘turunja’), y de la fruta hemos obtenido nueva etiqueta de color. De hecho, colores como el naranja, el lila, el rosa y el gris serían términos de la última fase de todas, de acuerdo con el modelo evolutivo de Berlin y Kay.

El bermellón y el rojo castellanos

En castellano, según la zona y la edad del hablante, se puede diferenciar entre ‘vermell’ y ‘roig’, siendo este último un poco menos intenso. Si miramos el Atles Lingüístic del Domini Català, podemos ver la distribución desigual de estas dos palabras en los mapas 1278 (vermell) y 1279 (roig). Diremos “terra roja”, “cabellos rojos”, “cielo rogent”, pero decimos “terra de call vermell”. Diversos pájaros tienen ‘cap-roig’ acompañando su nombre: batarà cap-roig, picot cap-roig, morell cap-roig, etc. Incluso tenemos una planta llamada ‘cama-roja’. Pero por otro lado está el “vermell d’ou”, o “nos ponemos rojos”, hay “listas rojas” de especies, uno tiene la “piel roja” o la “cara roja” por causa del sol o de la vergüenza. Debemos tener en cuenta que también se nota la interferencia lingüística en este ámbito. Como ya hace años advirtió Gabriel Bibiloni, a pesar de que inicialmente se decía “Creu Vermella” rápidamente se pasó a “Creu Roja”, posiblemente siguiendo los pasos del castellano. Lo mismo podría haber pasado con los comunistas, decía Bibiloni, que de “vermells” pasaron a “rojos” y su “ejército rojo”. Otras expresiones más modernas también van eligiendo ‘vermell’ en lugar de ‘roig’: alfombra roja, semáforo rojo. Parece, sin embargo, que la distinción entre las dos tonalidades es inestable y se está perdiendo en aquellos territorios donde todavía se percibía y clasificaba.

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En definitiva, los sistemas de colores son un reflejo más de la evolución de las lenguas humanas, junto a su cultura.